martes, 19 de agosto de 2014

POSIBLE TÉSERA ROMANA PARA EL ACCESO PRIVILEGIADO AL TEATRO



Se trata de una pequeña pieza de bronce a la que le falta una parte debido a su rotura. Se intuye a pesar de ello que originalmente debió presentar simetría bilateral. El anverso lo constituye un telón de pliegues bien marcados y con un reborde vuelto, el cual se acompañaría de otro similar en el extremo opuesto. Emerge en relieve hacia el centro del telón una cabeza flanqueada por dos cascadas de pelo largo y liso. Lleva algún tipo de tocado de escaso desarrollo vertical, siendo visible la continuidad frontal de su base. No se aprecian en esta cabeza los rasgos intencionadamente acentuados de las máscaras utilizadas en los espectáculos teatrales de época grecorromana, salvo la boca desmesuradamente abierta, elemento que permitía incorporar artificios para mejorar el volumen y la sonoridad de las declamaciones. El tocado contribuiría a la fijación de la máscara, mientras que el pelo disimularía las zonas de unión de la máscara con la cabeza. Podría ser pelo tanto natural como postizo, ya que en muchos casos las pelucas servían para caracterizar a los personajes, pudiendo ayudar por ejemplo a que los actores masculinos representasen a mujeres. El anverso del objeto descrito lleva una especie de pasta blanca en sus espacios más interiores, por encima de la cual iría una capa de pintura roja, de la que quedan aún algunos restos. Es curioso que el color que se quiso dar al telón de esta pieza fuese el rojo, color también predominante entre los telones de los modernos espacios teatrales.

En el reverso de la posible tésera se aprecian varias líneas de escritura, separadas unas de otras mediante puntos colocados a distancias regulares. Los signos parecen de varios tipos, conviviendo letras de distinto porte. El aspecto de algunos signos cuadra bien con las letras típicas del alfabeto latino de las monedas romanas, pero la gran mayoría de la escritura recogida en la pieza apunta a otras fuentes caligráficas bastante alejadas del campo de la grabación numismática. Esta disparidad podría apuntar al uso conjunto de varios idiomas. Se conocen téseras bilingües en latín y griego, al ser esta última lengua apreciada entre las clases cultas de la sociedad romana. Mediante otras téseras bilingües las autoridades romanas quisieron granjearse el favor y la confianza de figuras relevantes de los pueblos recientemente sometidos. Se repite en el interior de varias líneas un guion largo situado a una altura intermedia con respecto a las demás letras, actuando quizás como elemento de separación en la enumeración de nombres o ideas. El reverso de la pieza se encuentra algo rehundido justo por detrás de la cabeza del anverso, quizás debido al método usado por el artesano para dar mayor relieve a ésta con el metal todavía maleable. Si aceptamos el uso del objeto como entrada recurrente al teatro lo más probable es que la pieza lleve el nombre o los nombres de sus beneficiarios, la zona de asientos a ocupar (en la “ima cavea”, “media cavea” o “summa cavea”) y el período de validez. La lectura fidedigna de alguno de estos posibles nombres dotaría a la pieza de una gran capacidad de evocación.
            
En el italiano actual, la palabra “tessera” sigue manteniendo su significado de entrada a los espectáculos públicos, en ocasiones haciendo referencia a un abono de larga duración cuya simple presentación basta para el libre acceso al recinto los días señalados, pudiendo servir en determinados casos para ocupar los mejores asientos. El término se puede usar también en los carnets de socio que permiten el uso de piscinas, gimnasios, polideportivos, academias de baile… En latín “tessera” significa “cuadrado”, pues ésta era la forma aproximada que presentaban muchas de las planchitas empleadas por los romanos para hacer patente un determinado privilegio de disfrute reiterado. La forma cuadrangular o rectangular facilitaba la realización y la lectura de las inscripciones, aunque se conocen también téseras romanas con otras formas más originales. Su uso, inicialmente elitista, se fue generalizando, hasta el punto de servir para cuestiones básicas, como la obtención periódica de alimentos, actuando así a modo de cartilla para poder beneficiarse del reparto. La obtención de una tésera y de sus ventajas asociadas podía darse mediante la compra a precio abultado de la misma, o bien por la participación en las redes clientelares de los aristócratas romanos, o como recompensa por haber prestado ciertos servicios destacados al pueblo o a las instituciones. Es de suponer que se alcanzó cierta seriación formal en la fabricación de algunos tipos de téseras para facilitar así el que los vigilantes y guardias las identificasen en los accesos y repartos, variando tan sólo los nombres y datos grabados en ellas.
            
La pieza aludida en este caso de estar completa mediría aproximadamente unos cuatro centímetros de ancho. La altura máxima de la parte que se conserva no alcanza por poco los tres centímetros. El tipo de fractura de su zona superior podría revelar que inicialmente la pieza contaba con una perforación intencionada para facilitar su uso como colgante, si bien esto no deja de ser tan sólo una especulación. De probable procedencia hispánica, esta tésera no haría sino confirmar la fuerte implantación de los espectáculos teatrales en el territorio peninsular ibérico, en consonancia con las imponentes ruinas de algunos de los recintos conservados. En otras piezas tal vez los motivos iconográficos variarían en función de si lo que se quisiese garantizar fuese el acceso a las luchas cruentas del anfiteatro o a las carreras de caballos disputadas en el circo, las cuales convirtieron al lusitano Diocles en el auriga con mayor número de triunfos. Otras téseras tuvieron en época romana finalidad eminentemente militar, actuando como salvoconducto para la libre circulación o como garantía de pertenencia a un determinado bando en los frecuentes episodios de conflicto civil. Entre los indígenas del ámbito celtibérico las téseras inscritas habían tenido connotaciones diferentes, sirviendo principalmente para remarcar los pactos, los contratos y los vínculos de afecto, confiriendo a los mismos un carácter sagrado y perdurable. Estas téseras no sólo relacionaban a individuos concretos, sino que podían también sellar lazos de amistad entre comunidades enteras. Su forma era con frecuencia zoomorfa, lo que revela el destacado carácter simbólico e identitario atribuido desde épocas remotas a las distintas especies animales, tanto salvajes como domésticas. Otras veces se trataba de figuras geométricas, manos entrelazadas, piezas complementarias… Una simple moneda cortada de manera irregular podía utilizarse como tésera de hospitalidad. En el emotivo reencuentro de los amigos o de sus descendientes ambas partes de la moneda volvían a casar.
            
El origen del teatro en Roma estuvo relacionado con las festividades religiosas. Los miembros del coro, situados en la “orchestra”, contribuían a reforzar las invocaciones y plegarias, señalando el tránsito de unos actos a otros. A los temas míticos, legendarios e históricos, tratados al principio con gran respeto, se fueron uniendo progresivamente asuntos más desenfadados que buscaban por encima de todo el entretenimiento, hasta el punto de caer en la ridiculización de los grandilocuentes temas iniciales. Las comedias centraban con frecuencia sus sátiras en la vida cotidiana de personajes comunes, muy avezados en el arte de la supervivencia. Muchos de los personajes distaban de ofrecer al pueblo modelos de conducta, conectando precisamente con el espectador por su falta de dominio de las pasiones o de los instintos violentos. San Agustín, en su obra “La Ciudad de Dios”, escrita a principios del siglo V, criticó con dureza los excesos alcanzados por las representaciones teatrales, indicando además que los legisladores romanos decidieron poner límites a la libertad poética de los guionistas cuando éstos pretendían atentar contra el buen nombre de ciudadanos concretos, permitiendo en cambio que se siguiesen escenificando toda clase de comportamientos abusivos si eran los dioses los protagonistas. En este sentido el teatro griego fue mucho más libre, devastando con burlas la reputación de toda clase de figuras importantes. La religión romana tradicional hizo desfilar por la escena a todos sus dioses, considerando que esto les agradaba e incluso les aplacaba, predisponiéndoles favorablemente hacia sus fieles. Los edificios públicos destinados a los espectáculos y las obras representadas en los mismos servían como excelente sistema de propaganda, muy útil por ejemplo en la extensión del culto dispensado hacia el emperador. Posteriormente los juegos escénicos realizados al aire libre perdieron pujanza religiosa en favor de los cultos mistéricos, en los que el iniciado se convertía a través de diversos ritos secretos celebrados en las profundidades en miembro activo de la secta.
            
En contraste con la sociedad actual, y a pesar de sus dotes interpretativas, los actores no solían estar muy valorados en el mundo romano, viéndose como su cometido prioritario el satisfacer la necesidad de ocio del pueblo. De manera habitual las representaciones quedaban deslucidas por el comportamiento inadecuado de un público en general poco respetuoso. La utilización de máscaras macrocéfalas con expresiones exageradas por parte de los actores impedía a éstos ganar popularidad por sí mismos. Las máscaras teatrales, influidas inicialmente por las de las orgías dionisiacas, fueron haciéndose cada vez más realistas, llegándose a fabricar piezas muy bellas de rasgos serenos. Causaba también cierto impacto entre los asistentes el ver a los actores de las tragedias sobre sus coturnos, calzado alto con suelas de corcho, destinado a sobredimensionar a los personajes nobles o a las divinidades. El telón fue ganando en prestancia, peso y opacidad, utilizándose para marcar el comienzo y el fin de cada acto, convirtiéndose así en metafórica entrada a un mundo imaginario. También se desarrollaron amplias telas que cubrían parcialmente o por entero los recintos para protegerlos de la lluvia o para proporcionar sombra a los asistentes. En el graderío, cada vez de estructura más sólida, se situaban los espectadores en función de su rango social. Todavía hoy en día la asistencia a los espectáculos públicos se estratifica según el nivel económico, el cual permite obtener una mejor o peor posición para disfrutar de los eventos. Entre la gran variedad temática encontramos en el teatro de la antigua civilización romana asuntos que han preocupado de manera transversal a todas las generaciones humanas, como la necesidad de aprovechar al máximo cada momento, la lucha contra la adversidad, la negación del destino o el sometimiento al mismo, el encuentro con lo supuestamente prodigioso, el deber, el honor, la lealtad, la volubilidad de la fortuna, y el premio o el castigo que no siempre acompañan al ejercicio del vicio o de la virtud.
            
Queremos a través de la posible tésera comentada introducir una reflexión acerca de si los objetos antiguos permiten no sólo tener un mayor conocimiento del contexto histórico en que fueron utilizados, sino también de las personas concretas que los fabricaron o los tuvieron prolongadamente consigo. En el caso de las monedas, que figuran entre los objetos antiguos más corrientes, el nivel de conexión que se da con el pasado es más bien a nivel de sociedad o grupo amplio, puesto que normalmente las monedas pasan rápidamente de mano en mano para obtener a cambio diversos bienes tangibles. Es decir, las personas no se solían apegar demasiado a ellas, sino que estaban deseando entregarlas para conseguir otras cosas que verdaderamente deseaban. En cambio otro tipo de objetos antiguos pueden tener incorporada una mayor carga vivencial, emotiva y espiritual referida a individuos concretos de otras épocas. Un buen ejemplo podría ser un rosario de cuentas muy desgastadas, utilizado para rezar por la misma persona muchos años. En el caso de un objeto totalmente artesanal, diferente a todos los demás, podríamos rastrear rasgos de la personalidad de quien lo produjo o de quien lo encargó. Si se trata de un objeto de gran belleza o valor lo normal es que fuese cuidado con mimo por una determinada familia, pudiéndose aquí abrir la discusión de si el objeto queda o no impregnado por quienes tantas veces lo contemplaron o lo tuvieron en sus manos, considerándolo especial. Los anillos serían en este sentido objetos de fuerte contenido personal, al sellar el vínculo estrecho entre dos personas. Los anillos son en definitiva la materialización de un fuerte impulso, normalmente pasional, lo que ha llevado en algunas películas a hipotetizar acerca de las sensaciones y sucesos desencadenados por quien se hace con un anillo antiguo, antes perdido o empeñado por necesidad.
            
Una base de creencias similar está presente en el asunto de las reliquias. Con frecuencia las ropas u objetos personales de los recién fallecidos con fama de santidad eran repartidos y conservados con devoción por quienes esperaban mantener algún signo de unión con él y obtener así algún favor espiritual. E incluso se esperaba a la momificación natural o a la corrupción de los miembros del santo para llevarse de él algún tejido o algún hueso. Cuando alguien se muda a una casa ya anteriormente ocupada por otros habitantes, la reacción con respecto a los objetos que éstos dejaron allí puede ser diversa, de querer conservarlos o de querer deshacerse cuanto antes de ellos. En la resolución tomada influye mucho curiosamente nuestra percepción del ambiente que nos precedió en el lugar, si había discusiones frecuentes o si reinaba la paz. Estos objetos, figuras e imágenes dicen a veces mucho de quienes los compraron, otorgándoles un rol decorativo o funcional en su vida diaria. Si de repente esos objetos llegan a nosotros, inmediatamente pensamos en la conveniencia o no de quedárnoslos, no sólo por nuestros gustos personales, estado de conservación o utilidad real, sino también porque consideramos que retienen algo de su anterior propietario, bien el churre superficial o bien algo inmaterial. Los objetos descartados terminan a veces en la basura y otras veces en los mercadillos de segunda mano, desarraigados hasta que aparece un nuevo comprador, el cual los vivifica atribuyéndoles nuevas connotaciones, en general positivas.

Los arqueólogos, ya vocacionalmente, están predispuestos a experimentar erizamientos del vello de los brazos al sacar a la luz un objeto antiguo, o al abrir una caja de cosas viejas y encontrarse con una pieza cuya tipología sólo habían visto en los libros. Esa reacción tiene bastante de fetichismo, bien entendido, ya que el objeto no sólo permite conocer más de la sociedad en que estuvo inmerso su antiguo dueño, sino que también parece conservar algo intangible de él. A pesar de ello no debemos sobrestimar la importancia de los objetos en el análisis arqueológico, ya que si el objeto llega descontextualizado hasta los investigadores aporta bastante menos información que si es encontrado in situ, dentro de su estrato. La procedencia del hallazgo sirve por ejemplo para insertar el objeto en un mapa de distribución de piezas similares, lo que se traduce en un estudio más exhaustivo del alcance de una determinada cultura material. Una diferencia importante entre la disciplina arqueológica y el ámbito del anticuariado es que este último tiende a despreciar los objetos que no se encuentran en buenas condiciones, mientras que para un arqueólogo el estado de conservación es secundario con respecto a la información que el objeto pueda aportar sobre las formas de vida en el pasado. Incluso se podría decir que un objeto antiguo que está hecho trizas se convierte para el investigador en un reto mayor, de modo que si a partir de unos pocos elementos característicos puede adscribirlo cronológica o culturalmente, la satisfacción personal generada es muy grande. En los rastrillos que venden antigüedades de distintas épocas, las miradas suelen centrarse en los objetos mejor conservados que quedarían bien como elementos decorativos en los hogares. Pero alguien con formación arqueológica empezaría instintivamente a rebuscar entre los pequeños fragmentos metálicos o cerámicos, sintiendo en sus dedos el vértigo del paso del tiempo. Aunque se trate de piezas rotas, pueden aportar datos novedosos, no deben desecharse a la ligera. Sirven para perfeccionar nuestro conocimiento del pasado, sirven para conectar con quien las hizo, sirven para despertar del olvido a quien las utilizó.