viernes, 1 de agosto de 2014

MEDALLA ANTIGUA DE LA SANTA FAZ


Por las características de esta pieza consideré inicialmente que podría tratarse de una tésera romana para el acceso privilegiado al teatro. Pero alguien por internet amablemente me indicó que seguramente estamos ante una medalla religiosa de la Santa Faz, según apuntan otras piezas mejor conservadas y de iconografía similar. Damos por buena esta interpretación, que nos situaría por tanto ante un objeto devocional relacionado con la tradición de Verónica, mujer que, según un episodio no recogido en los evangelios canónicos, secó el sudor y la sangre del rostro de Cristo camino del Calvario con un paño en el que milagrosamente quedó impresa su imagen. Uno de los pliegues de este paño se correspondería según la devoción popular con el lienzo de la Santa Faz, traído a España en el siglo XV, y conservado en un monasterio de religiosas clarisas en la ciudad de Alicante. También en la catedral de Jaén se guarda desde el siglo XIV una tela conocida como “Rostro Santo”, por la posibilidad de haber quedado allí reflejada la imagen del rostro de Jesús. Entre las reliquias italianas de carácter similar destaca el “Volto Santo” de Manoppello, mientras que la llamada “Santa Faz” de Génova se desvincula del gesto piadoso de Verónica, remitiendo en cambio al “Mandylion” de Edesa, imagen que pudo haber sido tomada en plena actividad predicadora de Cristo con una finalidad curativa.

A la pequeña pieza de bronce que ahora analizamos le falta una parte debido a su rotura. Se intuye a pesar de ello que originalmente debió presentar simetría bilateral. El anverso lo constituye una amplia tela de pliegues bien marcados y con un reborde vuelto, el cual se acompañaría de otro similar en el extremo opuesto. Emerge en relieve hacia el centro de la tela una cabeza, la cual podemos asociar con la representación de Cristo sufriente, coronada de espinas entrelazadas y con la boca abierta expresando dolor. Presenta dos cascadas laterales de pelo largo y liso, sobresaliendo también el cabello ligeramente por encima de la corona de espinas. El anverso del objeto descrito lleva una especie de pasta blanca en sus espacios más interiores, por encima de la cual iría una capa de pintura roja, de la que quedan aún algunos restos. El color rojo estaría relacionado con la sangre y la pasión de Cristo, tiñendo la blancura inicial del lienzo. La pieza aludida de estar completa mediría aproximadamente unos cuatro centímetros de ancho. La altura máxima de la parte que se conserva no alcanza por poco los tres centímetros. El tipo de fractura de su zona superior podría revelar que inicialmente la pieza contaba con una perforación intencionada para facilitar su uso como colgante, si bien esto no deja de ser tan sólo una especulación. En el reverso de esta posible medalla religiosa se aprecian varias líneas de escritura, las cuales tal vez recogen una oración. Están separadas unas de otras mediante puntos colocados a distancias regulares. Los signos parecen de varios tipos, conviviendo letras de distinto porte. Se repite en el interior de varias líneas un guión largo situado a una altura intermedia con respecto a las demás letras, actuando quizás como elemento de separación en la enumeración de ideas. El reverso de la pieza se encuentra algo rehundido justo por detrás de la cabeza del anverso, quizás debido al método usado por el artesano para dar mayor relieve a ésta con el metal todavía maleable.

El nombre de Verónica parece imbricado con la expresión latina “vera icon” (imagen verdadera), aunque se valora también su posible procedencia del nombre griego Berenice. La acción piadosa que se le atribuye a Verónica tuvo un amplio desarrollo iconográfico en el arte cristiano desde fines de la Edad Media. Aparece en la sexta estación del viacrucis tradicional, oración centrada en las penalidades por las que pasó Jesús en sus últimos instantes de vida terrena. El nuevo viacrucis de 1991, usado alternativamente con el tradicional, suprimió el episodio en el que Verónica limpiaba el rostro de Cristo, al haber sido tomado de los evangelios apócrifos. Verónica está muy presente en las detalladas visiones que acerca de la vida de Jesús tuvo la beata alemana Ana Catalina Emmerick (1774-1824), monja contemporánea del auge del movimiento romántico. Estas visiones fueron recogidas al dictado durante varios años por el escritor romántico alemán Clemens Brentano, que pasó muchos momentos escuchando a la monja enferma. Según Ana Catalina Emmerick, el nombre real de la mujer que después fue llamada Verónica por los cristianos era Serafia. Veía poco a su marido Sirac, el cual estaba socialmente bien considerado por los hebreos, ocupando un puesto de relevancia en el Consejo del Templo. Serafia tenía una edad parecida a la de la Virgen María. Conocía a la Sagrada Familia desde hacía bastante tiempo, pues por ejemplo cuando Jesús se quedó en el Templo con doce años, ella le dio de comer. El cáliz usado por Jesús durante la última cena fue según la beata entregado a los apóstoles Pedro y Juan por Serafia. Este cáliz había pasado muchos años en el Templo junto a otros objetos preciosos, siendo luego comprado por Serafia a un aficionado a las antigüedades. Jesús lo había usado ya antes de la última cena en otras celebraciones, pasando tras su muerte a ser custodiado por la joven comunidad cristiana.

Según la visionaria, cuando se habían andado unos doscientos pasos desde que Simón ayudaba a Cristo a llevar la cruz camino del Gólgota, Serafia, una mujer alta y de aspecto imponente, salió de su bella casa, con una niña de la mano, arrodillándose ante Jesús y presentándole un paño extendido. Jesús tomó el paño, lo puso sobre su cara ensangrentada y se lo devolvió agradecido. La niña de nueve años que acompañaba a Serafia y que había sido adoptada por ésta hizo un tímido gesto ofreciendo un vaso de excelente vino aromatizado a Jesús, pero los soldados no permitieron que bebiera. Se originó entre la gente un tumulto de unos dos minutos por el brusco trato dispensado al reo, golpeándose a éste de nuevo. Serafia volvió a entrar en su casa, extendió el paño sobre una mesa y se desmayó al ver el rostro de Jesús estampado en el mismo. Al volver en sí manifestó querer dejarlo todo por haber recibido aquel portentoso recuerdo. Según Ana Catalina Emmerick, el paño era de lana fina, tres veces más largo que ancho, del tipo que se solía llevar alrededor del cuello, usándose a veces para mostrar compasión hacia los afligidos. Serafia guardó siempre el lienzo a la cabecera de su cama, siendo tras su muerte para la Virgen María y luego para la Iglesia a través de los apóstoles. Serafia decidió subir al monte Calvario junto con otras mujeres, manteniéndose a cierta distancia del lugar de la crucifixión. Algunas de estas mujeres dieron dinero a un hombre para que lograse que Jesús pudiera beber en su suplicio el vino preparado por Serafia, pero los alguaciles se quedaron con este vino, dando a Jesús una mezcla de vino y mirra. Jesús mojó sus labios en esta mezcla, pero sin llegar a beber de la misma. Según las visiones de la beata, Serafia estuvo también en la comitiva que acompañó el cuerpo muerto de Jesús hasta el sepulcro en que fue depositado.

Queremos a través de la posible medalla religiosa comentada introducir una reflexión acerca de si los objetos antiguos permiten no sólo tener un mayor conocimiento del contexto histórico en que fueron utilizados, sino también de las personas concretas que los fabricaron o los tuvieron prolongadamente consigo. En el caso de las monedas, que figuran entre los objetos antiguos más corrientes, el nivel de conexión que se da con el pasado es más bien a nivel de sociedad o grupo amplio, puesto que normalmente las monedas pasan rápidamente de mano en mano para obtener a cambio diversos bienes tangibles. Es decir, las personas no se solían apegar demasiado a ellas, sino que estaban deseando entregarlas para conseguir otras cosas que verdaderamente deseaban. En cambio otro tipo de objetos antiguos pueden tener incorporada una mayor carga vivencial, emotiva y espiritual referida a individuos concretos de otras épocas. Un buen ejemplo podría ser un rosario de cuentas muy desgastadas, utilizado para rezar por la misma persona muchos años. En el caso de un objeto totalmente artesanal, diferente a todos los demás, podríamos rastrear rasgos de la personalidad de quien lo produjo o de quien lo encargó. Si se trata de un objeto de gran belleza o valor lo normal es que fuese cuidado con mimo por una determinada familia, pudiéndose aquí abrir la discusión de si el objeto queda o no impregnado por quienes tantas veces lo contemplaron o lo tuvieron en sus manos, considerándolo especial. Los anillos serían en este sentido objetos de fuerte contenido personal, al sellar el vínculo estrecho entre dos personas. Los anillos son en definitiva la materialización de un fuerte impulso, normalmente pasional, lo que ha llevado en algunas películas a hipotetizar acerca de las sensaciones y sucesos desencadenados por quien se hace con un anillo antiguo, antes perdido o empeñado por necesidad.

Una base de creencias similar está presente en el asunto de las reliquias. Con frecuencia las ropas u objetos personales de los recién fallecidos con fama de santidad eran repartidos y conservados con devoción por quienes esperaban mantener algún signo de unión con él y obtener así algún favor espiritual. E incluso se esperaba a la momificación natural o a la corrupción de los miembros del santo para llevarse de él algún tejido o algún hueso. Cuando alguien se muda a una casa ya anteriormente ocupada por otros habitantes, la reacción con respecto a los objetos que éstos dejaron allí puede ser diversa, de querer conservarlos o de querer deshacerse cuanto antes de ellos. En la resolución tomada influye mucho curiosamente nuestra percepción del ambiente que nos precedió en el lugar, si había discusiones frecuentes o si reinaba la paz. Estos objetos, figuras e imágenes dicen a veces mucho de quienes los compraron, otorgándoles un rol decorativo o funcional en su vida diaria. Si de repente esos objetos llegan a nosotros, inmediatamente pensamos en la conveniencia o no de quedárnoslos, no sólo por nuestros gustos personales, estado de conservación o utilidad real, sino también porque consideramos que retienen algo de su anterior propietario, bien el churre superficial o bien algo inmaterial. Los objetos descartados terminan a veces en la basura y otras veces en los mercadillos de segunda mano, desarraigados hasta que aparece un nuevo comprador, el cual los vivifica atribuyéndoles nuevas connotaciones, en general positivas.

Los arqueólogos, ya vocacionalmente, están predispuestos a experimentar erizamientos del vello de los brazos al sacar a la luz un objeto antiguo, o al abrir una caja de cosas viejas y encontrarse con una pieza cuya tipología sólo habían visto en los libros. Esa reacción tiene bastante de fetichismo, bien entendido, ya que el objeto no sólo permite conocer más de la sociedad en que estuvo inmerso su antiguo dueño, sino que también parece conservar algo intangible de él. A pesar de ello no debemos sobrestimar la importancia de los objetos en el análisis arqueológico, ya que si el objeto llega descontextualizado hasta los investigadores aporta bastante menos información que si es encontrado in situ, dentro de su estrato. La procedencia del hallazgo sirve por ejemplo para insertar el objeto en un mapa de distribución de piezas similares, lo que se traduce en un estudio más exhaustivo del alcance de una determinada cultura material. Una diferencia importante entre la disciplina arqueológica y el ámbito del anticuariado es que este último tiende a despreciar los objetos que no se encuentran en buenas condiciones, mientras que para un arqueólogo el estado de conservación es secundario con respecto a la información que el objeto pueda aportar sobre las formas de vida en el pasado. Incluso se podría decir que un objeto antiguo que está hecho trizas se convierte para el investigador en un reto mayor, de modo que si a partir de unos pocos elementos característicos puede adscribirlo cronológica o culturalmente, la satisfacción personal generada es muy grande. En los rastrillos que venden antigüedades de distintas épocas, las miradas suelen centrarse en los objetos mejor conservados que quedarían bien como elementos decorativos en los hogares. Pero alguien con formación arqueológica empezaría instintivamente a rebuscar entre los pequeños fragmentos metálicos o cerámicos, sintiendo en sus dedos el vértigo del paso del tiempo. Aunque se trate de piezas rotas, pueden aportar datos novedosos, no deben desecharse a la ligera. Sirven para perfeccionar nuestro conocimiento del pasado, sirven para conectar con quien las hizo, sirven para despertar del olvido a quien las utilizó.

miércoles, 1 de enero de 2014

ERITREA A TRAVÉS DE SU SISTEMA MONETARIO


La moneda de Eritrea recibió el nombre de Nakfa en honor al lugar en que se hizo más palpable la resistencia del Frente Popular para la Liberación de Eritrea con respecto al ejército unionista etíope. Desde que la pequeña ciudad cayó en manos de los rebeldes en 1977, ésta se mantuvo en su poder hasta la consecución final de la Independencia en 1993. Nakfa se emplaza en la provincia denominada Región Norte del Mar Rojo, a unos 70 kilómetros de la costa en línea recta. Se sitúa a algo más de 1700 metros de altitud, a los pies de diversas formaciones montañosas que sirvieron de refugio a los soldados cuando se producían los ataques etíopes. Prácticamente toda la ciudad fue destruida por los insistentes bombardeos y ataques de artillería, si bien la mezquita fue escrupulosamente respetada, manteniéndose siempre en pie. Los rebeldes eritreos excavaron durante el conflicto largas redes de trincheras, las cuales rodeaban la ciudad o distintas posiciones montañosas. En estas trincheras se vivieron episodios bélicos terribles, con angustiosos intercambios de disparos y granadas, traducidos en la muerte de muchos hombres de ambos bandos. En los alrededores de Nakfa los eritreos construyeron instalaciones semiescondidas o incluso subterráneas, tales como hospitales, centros productivos, imprentas, una estación de radio y un colegio, todo ello con miras a resistir un prolongado asedio. Se trataba de estructuras rudimentarias de piedra, en las que fueron creciendo los vínculos de amistad entre los rebeldes, cuyo número se iba incrementando con voluntarios procedentes de otras provincias. El ejemplo de la resistencia de Nakfa favoreció la extensión de las ideas independentistas, si bien las principales ciudades eritreas siguieron controladas largo tiempo por las autoridades etíopes. Desde 1974, año en que fue derrocado el emperador etíope Haile Selassie, hasta 1987, en que se establece una República Democrática Popular, gobernó en Etiopía una junta militar comunista conocida como Derg, dirigida por Mengistu, y que era partidaria de la total represión del movimiento soberanista eritreo. Al conflicto civil se sumaron graves sequías, como la que en 1984 provocó una devastadora hambruna. Mengistu logró mantenerse en el poder hasta 1991, abriéndose con su caída definitivamente las puertas para que Eritrea buscase por cauces más pacíficos su Independencia, reconocida de manera oficial por Etiopía dos años después. La nueva administración eritrea convirtió la ciudad de Nakfa en gran referencia simbólica, hasta el punto de dar dicho nombre a la moneda nacional.


Actualmente Eritrea se divide en seis regiones administrativas llamadas “zobas”, establecidas en 1996 conforme a criterios geofísicos antepuestos de manera intencionada a otros de índole histórica o étnica. Estas regiones son las siguientes: Maekel o Central (pequeño distrito diseñado para la capital del país, Asmara); Región Norte del Mar Rojo (con capital en la ciudad portuaria de Massawa); Región Sur del Mar Rojo (con capital en la ciudad portuaria de Aseb); Anseba (hidrónimo con capital en Keren); Gash-Barka (con capital en la ciudad de Barentu); y Debub o Sur (con capital en Mendefera). Durante la época colonial italiana (1890-1941) la división provincial de Eritrea tuvo más en cuenta aspectos étnicos y lingüísticos, así como la compartimentación territorial derivada de la influencia de las distintas noblezas locales. Por entonces Eritrea tenía ocho provincias: Hamasien, Sahel, Semhar, Denkalia, Senhit, Barka, Seraye y Akele-Guzay. Este esquema organizativo pervivió durante el período de administración británica (1941-1952), durante la época de federación con Etiopía (1952-1962) y durante el período de anexión por Etiopía (1962-1993). Al independizarse, Eritrea optó inicialmente por mantener en términos generales las provincias anteriores, pero introduciendo dos cambios: la creación de una provincia capitalina para Asmara, separándola del resto de Hamasien, y la división de la provincia de Barka, que era bastante extensa, en dos. Una de ellas, más septentrional, siguió llamándose Barka, y la otra pasó a ser denominada Gash-Setit. La reducción a seis provincias históricamente más artificiales llevada a cabo en 1996 tuvo partidarios y detractores. Los primeros argumentaron que la nueva división administrativa, diseñada en función de los recursos de cada territorio, ayudaría a una gestión más optimizada de los mismos, permitiendo además terminar con las viejas disputas étnicas por el uso agrícola o ganadero de determinadas tierras que antes se situaban en zonas fronterizas. Los últimos pensaban en cambio que la reorganización provincial pretendía alterar de manera encubierta el delicado tejido étnico-cultural del país, para caminar así más fácilmente hacia una redefinición nacional que uniformizase al conjunto de la población.


La sociedad eritrea presenta una gran diversidad cultural, plasmada en la existencia de nueve grupos étnicos oficialmente reconocidos, algunos de los cuales habitan también en Sudán, Etiopía, Yibuti o Somalia. Esta circunstancia señala cómo las fronteras de los estados africanos, herederas del pasado colonial del continente, no siguen en muchos casos criterios étnicos o lingüísticos, sino otros bastante artificiosos. Teóricamente, cuando las sociedades africanas alcancen niveles altos de desarrollo y civilización (aunque la definición actual de este término deba ser puesta en cuarentena), podrían generarse a nivel identitario dos tipos de fenómenos. Por un lado, una gran fragmentación, con la aparición de numerosos estados nuevos que ocasionalmente integren zonas de estados actualmente distintos, alumbrándose la utopía romántica del rehermanamiento dentro las mismas culturas. En cambio por otro lado podría producirse la aceptación de los hechos históricos consumados, integrándose en los mismos estados actuales diferentes grupos étnicos sobre los que se hubiese operado un proceso de convergencia cultural dirigida desde los aparatos del poder, equilibrando con astucia el respeto a las respectivas identidades con la creación de grandes potencias económicas. Y es que la prosperidad o la penuria económica serán factores claves que determinen si los pueblos africanos eligen la soberanía basada en cuestiones étnicas y lingüísticas o la cómoda pertenencia a una realidad social ya fuertemente estructurada. Cuanto más se dilate el proceso, más probable es que no se generen demasiados estados nuevos, ya que los movimientos poblacionales internos entre regiones convertirán el escenario en tan diverso que se alcanzará otro tipo de utopía: la mezcla étnica absoluta, compensando tal vez la paz obtenida el que se pierdan los elementos definitorios de las culturas de partida.


Una solución intermedia que evitase la desaparición de las culturas minoritarias radicaría en la creación de provincias federadas dentro de cada estado, ajustándose los límites de cada provincia a la realidad étnica del territorio, como ocurre actualmente en Etiopía. Las divisiones administrativas que pretendan saltarse a la ligera la composición cultural de cada estado con vistas al establecimiento de un orden nuevo basado en valores universales y criterios productivos podrán conseguir grandes logros sociales y económicos, pero harán peligrar el patrimonio cultural inmaterial de muchos pueblos. Si en el contexto africano a cada hipotética provincia federada se le dan los medios institucionales para velar por el cultivo de su lengua y tradiciones, ello podría derivar bien en el correcto ensamblaje de cada estado o bien en la madurez independentista, sin que se deba ver deslealtad en esta última opción, siempre libre y mayoritariamente elegida. Con frecuencia los estados africanos actúan obcecadamente a través de sus élites como si fuesen organismos vivos, temiendo perder cualquiera de los miembros territoriales que la evolución histórica les confió, viendo en ello una gran tragedia, una traición a los constructores de sus recientes patrias. En cambio el concepto decimonónico de nación, ajeno hasta hace poco al ámbito africano, es mucho más natural que el concepto de estado, porque la nación toma conciencia de sí misma en el momento oportuno y decisivo, existe independientemente del reconocimiento oficial que se la dispense. Si se siente peligrar, busca los medios para sobrevivir, cayendo en ocasiones en el extremo de readoctrinar, de renaturalizarlo todo para hacerse más fuerte. Se evitarían muchos conflictos si viésemos la nación desde la óptica de los círculos concéntricos, es decir, se puede ser de una nación que pertenece a otra nación, siendo la primera tan valiosa para la segunda como si ocupase su mismo centro. El ciudadano del estado compuesto por varias naciones podría aludir a esta situación, si la sinceridad de sus sentimientos se lo permitiese, mediante la expresión: “Hay en mi nación naciones que hacen que mi nación sea nación de naciones”. Los estados africanos tienen el reto de incrementar el bienestar material de su población sin convertir a los ciudadanos en meros súbditos napoleónicos, incidiendo en cambio en el orgullo de pertenencia a sus respectivas comunidades locales, por mucho que el mosaico étnico resultante parezca difícil de gestionar.


De los nueve grupos étnicos existentes en Eritrea, tres de ellos (tigriña, tigre y rashaida) hablan lenguas semitas. Cuatro de ellos (afar, saho, bilen y hedareb) hablan lenguas cusitas. Y dos de ellos (kunama y nara) hablan lenguas nilo-saharianas. La etnia tigriña constituye aproximadamente el 55% de la población. Ocupa áreas centrales del país, incluyendo la capital Asmara, si bien hay que valorar que en dicha ciudad confluyen gentes procedentes de todos los puntos de Eritrea, convirtiéndose por tanto en un gran núcleo intercultural. La lengua tigriña, con su peculiar alfabeto, actúa junto con el árabe y el inglés como lengua vehicular, en la que volcar por ejemplo los mensajes oficiales dirigidos al conjunto de los ciudadanos del país. La etnia tigre, distribuida por territorios septentrionales del Interior, agrupa al 28% de la población de Eritrea. La etnia rashaida, que habita las costas desérticas de la Región Norte del Mar Rojo, constituye más o menos el 2% del total de la población. Los primeros rashaidas llegaron a Eritrea a mediados del siglo XIX procedentes de la península arábiga. La etnia afar, establecida en las costas desérticas de la Región Sur del Mar Rojo, representa el 3% de la población. La etnia saho, ubicada en la costa central del país, aglutina de manera aproximada al 4% de la población de Eritrea. La etnia bilen, concentrada en la ciudad de Keren (que es la segunda más importante del estado) y áreas próximas, suma el 2% del total de la población del país. La etnia hedareb, que puebla áreas norteñas interiores cercanas a la frontera sudanesa, constituye más o menos el 3% de la población de Eritrea. Y las etnias kunama y nara, correspondientes al Suroeste del país, suponen respectivamente el 2% y el 1% del total de la población. Todas estas etnias tienen sus lenguas propias, utilizándose también a nivel educativo el árabe (por su valor estratégico y religioso), el inglés (por su valor comercial) y el italiano (por los vínculos históricos). Aproximadamente la mitad de la población de Eritrea profesa la religión islámica. Los cristianos, concentrados principalmente en las regiones Maekel y Debub, constituyen más o menos un 40% de la población total, con más seguidores de la Ortodoxia Oriental que católicos, y con más católicos que protestantes. Las antiguas creencias tribales y animistas están especialmente arraigadas entre las etnias kunama y nara.


El referéndum de autodeterminación celebrado en Eritrea en abril de 1993 dio una amplia victoria a los secesionistas, de modo que el país se proclamó como un estado independiente, oficialmente reconocido por Etiopía y el resto de la comunidad internacional, el 24 de mayo de 1993, justo dos años después del derrocamiento de Mengistu como Presidente de Etiopía. Afewerki, que desde 1987 era el Secretario General del Frente Popular para la Liberación de Eritrea, se convirtió en el primer y hasta ahora único Presidente del nuevo estado, imponiendo un régimen unipartidista. El desencanto ocasionado por el hecho de que no se adoptase un sistema democrático se acompañó de actitudes excesivamente militaristas que impidieron la estabilidad de una economía ya de por sí bastante pobre. El gobierno eritreo fijó sus intereses a fines de 1995 en el archipiélago de Hanish, situado en el Sur del Mar Rojo, y habitado tan sólo por algunos pescadores yemeníes. Esta reclamación territorial sin demasiado sentido se hizo a pesar de que Eritrea ya cuenta con un archipiélago mayor, el de Dahlak, así como con otros islotes dispersos próximos a su costa continental. Se decía que entre los motivos ocultos del conflicto estaría el deseo de realizar en la zona prospecciones petrolíferas o el poder negociar con supuestos aliados internacionales la instalación de una base militar. El asunto fue puesto en manos de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya, que dictaminó en 1998 que el archipiélago de Hanish estaba sujeto a la soberanía del Yemen. Eritrea aceptó el veredicto, retirando sus tropas de dichas islas.


En el mismo año de 1998 Eritrea se enfrascó en una nueva ofensiva territorial, esta vez frente a Etiopía, y a pesar de la buena voluntad que ésta había mostrado en 1993 hacia el nuevo camino independiente emprendido por Eritrea. Las fronteras establecidas entre Eritrea y Etiopía habían seguido las fijadas durante la época colonial italiana, pero existía el inconveniente de que algunos tramos de las mismas no estaban bien definidos por los documentos antiguos. Además, tras la conquista de Etiopía (Abisinia) en 1935, Mussolini desplazó unos kilómetros al Sur la frontera con Eritrea para beneficiar a ésta, lo que a la larga ha supuesto una fuente de conflictos. La codicia territorial expresada por el nuevo estado se le hizo insufrible a las autoridades etíopes, que en 1993 habían tenido que aceptar la humillación de perder su salida al mar, con los perjuicios económicos que ello acarreaba. El mayor desacuerdo en cuanto a extensión se daba en torno a la pequeña ciudad de Badme y al Suroeste de la misma. El ejército eritreo invadió esta región, dando lugar inicialmente a pequeños enfrentamientos con las tropas etíopes. Eritrea acusó luego a Etiopía del asesinato de varios funcionarios, y amparándose en ello penetró con numerosas fuerzas en territorio etíope. Al tomar dicha iniciativa Eritrea no valoró adecuadamente su propia capacidad militar, numéricamente muy inferior a la de Etiopía. Además, no era lo mismo luchar por una causa justa, como su Independencia, en la que obtuvo el éxito, que por una dudosa causa relacionada con el expansionismo territorial. Etiopía declaró la guerra a Eritrea, bombardeó su capital, rompió las líneas defensivas enemigas, destruyó buena parte de sus infraestructuras y ocupó la cuarta parte del territorio eritreo. El conflicto provocó numerosas bajas en ambos ejércitos, así como más de medio millón de desplazados. Eritrea, exhausta, solicitó el alto el fuego en el año 2000. Por los acuerdos de Argel, ambos estados, muy dependientes de la ayuda económica exterior, se comprometieron a aceptar las resoluciones de los tribunales internacionales acerca de sus fronteras comunes. Se estableció una zona desmilitarizada de 25 kilómetros de ancho, dentro de Eritrea, vigilada por los cascos azules de las Naciones Unidas. La Comisión de Límites de La Haya señaló en 2002 que Badme y Tsorona debían ser de Eritrea, mientras que Zalambessa y Bure quedaban bajo soberanía etíope. Este dictamen benefició mucho en extensión territorial a Eritrea. Etiopía, dolida en cuanto a que la victoria en el terreno militar le había correspondido a ella, sigue sin abandonar algunas áreas de Badme, de modo que la tensión continúa presente a los dos lados de la larga frontera.


Las malas relaciones diplomáticas existentes entre Eritrea y Etiopía lastran su desarrollo económico, y suponen además un drama para muchas familias mixtas, pues los lazos consanguíneos entre ambas poblaciones son grandes. Eritrea destina al gasto militar una parte excesiva de su presupuesto. Su actitud beligerante le ha llevado a intervenir también, con la excusa de los vínculos étnicos y la estabilidad interior, en los asuntos de Somalia y Sudán (país del que se segregó en 2011 Sudán del Sur). También las relaciones de Eritrea con Yibuti son malas, pues Etiopía decidió desviar sus cuantiosas operaciones comerciales marítimas desde los puertos eritreos a Yibuti, que pasó así a ser un gran rival económico en la región. Entre Eritrea y Etiopía se da en cierta forma también una disputa financiera, ya que la introducción en 1997 en el primero de estos países de la nueva divisa, el Nakfa, sustituyendo allí al Birr etíope (tras tres semanas de convivencia de ambas monedas), incrementó los recelos económicos mutuos. El aumento de los costes comerciales que esta medida suponía para Etiopía provocó la disminución de las transacciones entre ambos países, incrementando el desempleo y provocando la emigración de muchos jóvenes. Era lógico que Eritrea tuviese una moneda propia, importante signo de autoafirmación, pero quizás debería haberse acordado previamente su paridad con el Birr, manteniéndose así los dos países en el mismo espacio económico. Lo que debería ser una relación fluida, marcada tanto por el determinismo geográfico como por las relaciones interpersonales, se ha transformado en cambio en un fuerte perjuicio bilateral. Algunos observadores apuntan a que se aprecia en Eritrea un sentimiento de superioridad por su mayor occidentalización, lo que la aleja del misticismo panafricanista etíope. El régimen centralizado y uniformizador vigente en Eritrea plantea graves incógnitas sobre el futuro del país. Su prosperidad pasa a nuestro entender por recomponer pacíficamente sus relaciones con Etiopía e iniciar una rápida transición democrática.


El gobierno colonial italiano acuñó para Eritrea, entre los años 1890 y 1896, monedas de plata de cuatro valores distintos: 50 centésimos, 1 lira, 2 liras y 5 liras (pieza esta última equivalente a un tálero), ajustándose todas ellas a los estándares de la Unión Monetaria Latina. Las tres primeras monedas, cuyo peso respectivo era de 2’5, 5 y 10 gramos, presentaban una pureza de 835 milésimas, mientras que la de 5 liras, de gran módulo y peso algo superior a los 28 gramos, tenía una pureza de 800 milésimas. Todas ellas llevaban en su anverso el busto del rey de Italia, Humberto I, realizado por el grabador Filippo Speranza. El rey es representado con corona cerrada y traje militar, así como con su característico y poblado mostacho. Entre los adornos del cuello de su indumentaria puede apreciarse el emblema italiano de la estrella de cinco puntas, “stellone”, protagonista del actual escudo republicano de Italia. En el reverso de las piezas de los tres valores menores va el nombre de la Colonia Eritrea en italiano, tigriña y árabe. La decoración se compone de una estrella rutilante de cinco puntas y de dos ramas de olivo entrelazadas, junto con la consignación del valor y la inicial de la ceca. Las piezas de 50 centésimos fueron acuñadas en Milán, mientras que las monedas de 1 y 2 liras fueron realizadas en Roma. Las piezas de 5 liras, las cuales no tienen marca de ceca, presentan en su reverso un elaborado escudo. Se trata de un águila imperial coronada, de alas explayadas, sujetando con sus garras un cetro, una vara decorada con cruces, y el collar de la Orden de la Santísima Anunciación. Esta orden honorífica fue fundada en 1362 por la Casa de Saboya para incentivar la unión y la fraternidad entre los poderosos, de modo que se evitasen las guerras y los conflictos de diversa índole entre ellos. El collar alterna nudos y rosas, teniendo como elemento principal una escena de la Anunciación. El pecho del águila se protege con las armas heráldicas de la Casa de Saboya. Buena parte de las monedas de los cuatro valores mencionados fueron retiradas años después de la circulación, refundiéndose para su posterior reacuñación conforme a la nueva iconografía del poder. Y es que Humberto I murió de manera inesperada, en 1900, asesinado por un anarquista, contrario a la política conservadora y hostil a los sindicatos llevada a cabo por el rey.


En 1918, reinando en Italia Víctor Manuel III, se acuñaron en Roma para Eritrea algo más de medio millón de táleros, los cuales pretendían competir comercialmente en el área del Mar Rojo y el cuerno de África con el popular “thaler” austríaco de María Teresa, producido con asiduidad por varias cecas internacionales, y todavía hoy en día por Viena. Las monedas realizadas tras el fallecimiento de la emperatriz austriaca, acaecido en 1780, optaron por seguir consignando como fecha dicho año. Podemos ver en ello cierta trampa numismática orientada a que la supuesta antigüedad creciente de tales piezas reforzase la confianza en las mismas como instrumento comercial, sobre todo en ámbitos coloniales o para las transacciones entre estados. Esta medida dificulta a los estudiosos actuales averiguar el año exacto de producción, resintiéndose por tanto uno de los elementos que acrecentarían el valor de dichas monedas argénteas: su antigüedad real. Italia calcó en 1918 el peso del “thaler” de María Teresa, 28’0668 gramos, aumentó ligerísimamente su pureza (de 833 a 835 milésimas) e imitó a través del grabador Attilio Silvio Motti su iconografía. Este artista se valió en los anversos de una alegoría femenina del reino de Italia, con escote de encaje, manto de armiño, diadema, broche en el pelo y poblada cabellera de rizos, dando a la imagen un intencionado aspecto propio de fines del siglo XVIII. El reverso también se inspiró en algunos elementos del “thaler” de María Teresa, incluyendo por ejemplo una cinta decorativa para la corona y utilizando como recurso una larga inscripción latina con abuso de abreviaturas: “AD NEGOT. ERYTHR. COMMOD. ARG. SIGN.” Completa dicha inscripción sería: “Ad negotiorum Erythraeorum commoditatem argenteum signatum” (Moneda batida en plata para la comodidad de los negocios de los Eritreos). El elemento principal de los reversos era, como en el tálero de Humberto I, un águila imperial coronada, con las alas extendidas, luciendo las armas de la Casa de Saboya. A pesar de los esfuerzos realizados por las autoridades italianas, la moneda argéntea de 1918 generó recelos en el ámbito comercial del Oriente africano, de modo que se decidió no acuñarla nuevamente. Esta desconfianza entre los indígenas se debió en parte a que la nueva moneda no tenía ningún elemento de acusado relieve que permitiese valorar fácilmente su futuro desgaste.


El tálero de 1918 llevaba inscrito por triplicado en el canto el “motto” de la Casa de Saboya, FERT, partícula de significado discutido adoptada en el siglo XIV, en tiempos del Conde Amadeo VI. La mayor parte de las interpretaciones consideran FERT como un acrónimo latino. Enumeramos aquí algunas hipótesis tradicionales: “Foedere Et Religione Tenemur” (Nos mantienen unidos el Pacto y la Religión); “Fides Est Regni Tutela” (La Fe es la Protección del Reino); “Fortitudo Et Robur Taurinensis” (Fuerza y Robustez turinesa); “Fortitudo Eius Rhodum Tenuit” (Su Fuerza preservó Rodas); “Fors Eius Romam Tenuabit” (Su Fuerza destruirá Roma); Entre las teorías que no consideran la partícula exaltadora FERT como un acrónimo está la que la traduce del latín tardío como “Soporta” y la que la relaciona con el acortamiento de un antiguo término italiano válido para “Fortaleza”. Se habla de un torneo celebrado en Chambéry al cual Amadeo VI acudió con varios de sus caballeros, portando como divisa identificativa un collar como los usados por los lebreles de caza, y en el que figuraba la leyenda FERT en letras de oro. Esta partícula fue incluida por Amadeo VI en el collar de la orden honorífica de la Santísima Anunciación, sin especificarse su significado concreto o diluyéndose el mismo a lo largo de las épocas posteriores.


Desde el año 1993 y hasta la entrada en vigor del sistema monetario de Eritrea, el país realizó diversos ensayos numismáticos mediante acuñaciones conmemorativas efectuadas por la ceca privada Pobjoy. Se trata de piezas de cuproníquel de 1 dólar, monedas de plata de 10 dólares y pequeñas monedas de oro de 100 dólares. El anverso de todas estas piezas es común: un paisaje costero del Mar Rojo en el que figura una embarcación tradicional de vela con dos tripulantes. Parte de la costa representada es abrupta y parte arenosa. Un dromedario, animal emblemático del escudo eritreo, está parado junto a una palmera, mientras dos aves revolotean en el cielo. Los nombres del país en inglés, árabe y tigriña van separados por grupos de tres estrellas. En cuanto a los reversos, destaca el de la primera moneda conmemorativa acuñada por Eritrea, el cual festeja el día de la Independencia, “24 de Mayo de 1993”, y que muestra el antiguo símbolo de las tres ramas de olivo, dos de ellas dispuestas circularmente en torno a otra vertical. La guirnalda de olivo es un icono pacifista empleado también en el emblema de las Naciones Unidas, cuyas gestiones favorecieron el que Eritrea pudiera segregarse de Etiopía. Los demás reversos incorporan en inglés, al igual que monedas conmemorativas acuñadas por otros estados, el mensaje “Preserva el Planeta Tierra”. Las piezas de 1993 se valieron de animales extintos de otras eras geológicas: el triceratops, el ankylosaurus y el pteranodon. Las monedas de 1994 recurrieron a la imagen de un guepardo (“Acinonyx jubatus”) con cuatro crías, una cabeza de rinoceronte negro (“Diceros bicornis”) y un mono colobo negro y blanco (“Colobus guereza”). Las piezas de 1995 utilizaron la imagen de un búho del Cabo (“Bubo capensis”) y de una leona (“Panthera leo”) protegiendo a una cría. Las monedas de 1996 se sirvieron de una pareja de grullas carunculadas (“Bugeranus carunculatus”) y de un halcón lanario (“Falco biarmicus”) posado bajo otro ejemplar de la misma especie en pleno vuelo.


La actual moneda nacional de Eritrea, el Nakfa, se divide en cien centavos. Hay piezas de seis valores: 1, 5, 10, 25, 50 y 100 centavos. La moneda de 100 centavos se corresponde por tanto con 1 Nakfa, valor que también existe en billete. Curiosamente la pieza de 100 centavos lleva inscrita dicha denominación en vez de la de 1 Nakfa, para evitar que dos monedas diferentes de curso legal lleven el mismo valor numérico de 1. Las seis monedas están realizadas en acero recubierto de níquel, metal este último que actúa como una capa protectora frente a la oxidación (acción conjunta del oxígeno y el calor) y frente a la corrosión (acción conjunta del oxígeno y la humedad). Todas las piezas tienen el reborde ligeramente elevado, recurso técnico que aminora su desgaste y facilita su apilamiento. La moneda de 1 centavo presenta el canto liso. Las de 5, 10, 50 y 100 centavos tienen el canto estriado. Y la de 25 centavos alterna en su canto partes lisas y estriadas. En el anverso de todas las monedas aparece la misma imagen, un grupo de soldados avanzando en un enclave montañoso. Uno de ellos sostiene la bandera del Frente Popular para la Liberación de Eritrea, la cual inspiró en sus rasgos generales la actual enseña de Eritrea, en la que en lugar de la estrella amarilla de cinco puntas figura el antiguo emblema eritreo de las tres ramas de olivo. Ocupa un lugar destacado en los anversos el año 1991, durante el cual se estableció en Eritrea un gobierno provisional de aspiraciones soberanistas, si bien la Independencia definitiva con respecto a Etiopía no se alcanzó hasta 1993. En la parte superior aparece en inglés la consigna “Libertad – Igualdad – Justicia”, la cual recoge tres aspiraciones esenciales para los ciudadanos del nuevo estado, expresadas de forma más directa en el lema nacional de Eritrea: “Nunca jamás arrodillarse”. En los reversos el inglés se utiliza, dado el carácter plurilingüe del país, como lengua vehicular para escribir el nombre del estado y los valores de las monedas en centavos. También figura en las piezas el año 1997, que es cuando Eritrea introdujo su propio sistema monetario. Las monedas van adornadas con animales representativos de la fauna autóctona. En las piezas de 1 centavo encontramos una gacela de frente roja (“Eudorcas rufifrons”) macho, de cuernos anillados. Las monedas de 5 centavos muestran sobre un tronco a un leopardo (“Panthera pardus”). En las piezas de 10 centavos figura un avestruz (“Struthio camelus”). Las monedas de 25 centavos llevan una cebra de Grévy (“Equus grevyi”). En las piezas de 50 centavos aparece un kudú mayor (“Tragelaphus strepsiceros”) macho, de retorcida cornamenta. Y las monedas de 100 centavos exhiben un elefante africano (“Loxodonta africana”) hembra, con una cría. Es un acierto la elección del animal terrestre de mayor tamaño para la moneda de mayor módulo. El hecho de que en Eritrea haya tan sólo un centenar de elefantes convierte a este animal en un buen icono para los proyectos nacionales de defensa de la biodiversidad. 


Las monedas y los billetes de Eritrea fueron diseñados por el artista afro-americano Clarence E. Holbert, perteneciente a la Oficina de Grabado e Impresión del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, organismo en el que había comenzado a trabajar tiempo atrás como vigilante de seguridad, ascendiendo de manera progresiva. Recibió el encargo en 1994, y trabajó en el mismo durante tres años y medio. Durante este tiempo analizó numerosas fotografías que reflejaban distintos aspectos de la vida de los eritreos, y viajó a Eritrea en varias ocasiones para impregnarse de experiencias vividas en el país. Fue allí donde encontró la inspiración necesaria para el diseño de los aspectos más relevantes de la nueva moneda nacional de Eritrea. Siguió la consigna recibida por las autoridades del país de que en los billetes debían aparecer los ciudadanos corrientes y no los dirigentes políticos del estado. En la zona central del anverso de cada billete optó por el mismo esquema compositivo, consistente en la representación de tres personas, de modo que el conjunto de los billetes mostrase la diversidad étnica existente en el país. En cinco de los seis billetes el tríptico central es totalmente femenino, representándose a tres niñas con los adornos, indumentarias y peinados propios de sus distintos contextos culturales. Sólo en un billete el tríptico es masculino, mostrando la conexión intergeneracional mediante un niño, un adulto y un anciano. El gran protagonismo concedido a las mujeres en la iconografía monetaria eritrea va más allá del recurso a valores estéticos, homenajeándolas por la destacada participación que tuvieron en el conflicto de autodeterminación, tanto en las operaciones armadas como en el sostenimiento de sus familias. Otro aspecto que destaca en los billetes eritreos es la juventud de la gran mayoría de las personas representadas, sirviendo su frescura como metáfora de la corta vida que en comparación con otros estados tiene de momento Eritrea. Las quince niñas, el niño, el adulto y el anciano que componen los trípticos de los seis billetes eritreos son personas reales y concretas, no meras idealizaciones, lo que dota de mayor fuerza expresiva y carga emocional a esta divisa africana.


Inicialmente todos los billetes eritreos tenían las mismas proporciones, duplicando su largo a su ancho: 140 por 70 milímetros. Pero más tarde se decidió que el formato de los dos billetes de mayor valor fuese ligeramente más grande, de modo que desde el año 2004 el billete de 50 Nakfas mide 143 por 71 milímetros, y el de 100 Nakfas 147 por 72 milímetros. Como color básico se utilizó al principio para todos los billetes el verde, introduciéndose pocos matices de otros colores, presentes éstos especialmente en los anversos. La preponderancia del verde apunta de manera clara a la imitación del color del dólar. Desde el año 2004 el billete de 50 Nakfas pasó a ser eminentemente rosado y el de 100 Nakfas violeta. La producción de los billetes eritreos es realizada por la empresa alemana Giesecke & Devrient, que cuenta con plantas de fabricación en Múnich, Leipzig, Barcelona, Ottawa y Kuala Lumpur. En los seis billetes hay un pequeño espacio reservado para una imagen muy similar a la que figura en los anversos de las monedas de curso legal: un grupo de soldados avanzando en la montaña con la bandera del Frente Popular para la Liberación de Eritrea. La marca de agua consiste en la cabeza de un dromedario. En la banda holográfica, presente en los cinco billetes de mayor valor, aparecen dromedarios de colores, mirando unos a la derecha y otros a la izquierda. Otra silueta de dromedario, sobre un suelo irregular, aparece coloreada en los anversos y blanca en los reversos. La frecuente utilización iconográfica que hace Eritrea de este camélido nos remite al escudo del país y supone también un intencionado distanciamiento con respecto al león imperial etíope. Todos los billetes tienen hilo de seguridad, número de serie, el logo del Banco de Eritrea y las firmas del Presidente y del Gobernador de dicho organismo. La fecha de emisión puede variar en el año (1997, 2004 y 2011), pero mantiene siempre el 24 de Mayo, día en que se celebra la Independencia del país. Prima en los billetes el uso del inglés, consignándose incluso la expresión “Legal Tender” (moneda de curso legal), apareciendo en cambio muy poco el tigriña y el árabe.


El reverso del billete de 1 Nakfa muestra a un grupo de niños aprendiendo en una escuela semiescondida entre los árboles. Se trata de una referencia a la época anterior a la Independencia, cuando los rebeldes eritreos se refugiaron en el entorno montañoso de la ciudad de Nakfa, donde establecieron sus precarios servicios públicos. En el reverso del billete de 5 Nakfas se representa una escena de pastoreo que aprovecha la sombra de un sicomoro gigante. Estos árboles tienen un gran significado simbólico para los eritreos, pues junto a ellos se realizaban pactos, matrimonios, ritos, reuniones sociales… Su gran longevidad supone una forma de enlazar con las antiguas generaciones de eritreos, que utilizaron el mismo espacio para cuestiones importantes a lo largo de los siglos. El aprecio de los eritreos por estos árboles de gran tamaño se manifiesta en el hecho de que cada uno de ellos recibe un nombre concreto, susceptible de ser modificado por los avatares que afectan a las comunidades próximas. Esta personalización de cada árbol está presente también en las tradiciones y el folklore de otros pueblos del planeta. En el caso del billete mencionado, el sicomoro que aparece en él es un árbol real próximo a Segheneyti.


En el reverso del billete de 10 Nakfas nos encontramos con un tren pasando por un puente de piedra sobre el río Obel, en Dogali, cerca de Massawa. Como locomotora se emplea un ingenio consistente en un camión ruso dispuesto sobre ruedas de tren. Mediante esta imagen se alude a la reconstrucción del recorrido ferroviario que une el puerto de Massawa con la capital del país, Asmara. Es el único tramo que de momento ha podido hacerse volver a funcionar de los 280 kilómetros de la línea que realizaron los italianos en la época colonial, y que unía las ciudades de Massawa, Asmara, Keren, Hagaz, Akordat y Bisha. La utilización propagandística de esta imagen revela lo prioritario que es para el gobierno eritreo el restablecimiento de una adecuada red de transportes para el movimiento de personas y mercancías, tras los estragos causados sobre las infraestructuras por los diferentes conflictos armados que vivió la región. También esta imagen alude al uso que se le sigue dando en Eritrea a muchas de las obras proyectadas por los ingenieros y arquitectos italianos. Algunas de ellas conservan aún inscripciones con lemas fascistas, como el “Cueste lo que cueste” exhibido sobre un puente. El colonialismo que desplegaron las potencias europeas en África intentó disfrazar su sed de recursos con la idea de que se le estaba llevando el progreso al continente, para lo cual era esencial la realización de grandes proyectos industriales, como la implantación del ferrocarril.


El billete de 20 Nakfas se vale en su reverso de tres escenas agrícolas: un hombre arando mediante un dromedario, una mujer cosechando y una mujer manejando un tractor. Muchas de las labores agrícolas y productivas son desarrolladas en Eritrea por las mujeres, si bien en algunos de sus contextos étnicos ello no conlleva su plena participación en las principales decisiones que afectan a sus comunidades. La mecanización del trabajo agrícola en Eritrea está todavía muy por detrás de los sistemas tradicionales, que recurren habitualmente a la tracción animal, bien de dromedarios o bien de bueyes. Destaca la implicación del dromedario en el transporte y otras actividades humanas, ya que su resistencia a los rigores del clima le convierte en muchos casos, ante la falta de otros medios, en necesario colaborador. El billete de 50 Nakfas presenta en su reverso barcos de carga amarrados en el puerto de Massawa. La imagen expresa la importancia que el comercio marítimo tiene para la economía de Eritrea. A través de los puertos de Massawa y Aseb el gobierno eritreo confía en generar una mayor actividad económica en la región, si bien para que el flujo de exportaciones e importaciones alcanzase un ritmo adecuado sería necesario que Eritrea restableciese unas buenas relaciones con Etiopía y los demás países de su entorno. El Mar Rojo, que a través del griego da nombre al país, debe ser aprovechado por Eritrea para dar salida comercial tanto a sus propios productos como a los de otros ámbitos más interiores del continente africano. En el reverso del billete de 100 Nakfas figura en primer plano una mujer arando mediante una pareja de bueyes. Más al fondo aparecen otros granjeros haciendo lo mismo. El reservar el billete de mayor valor para una escena agrícola se corresponde claramente con la importancia vital del desarrollo agrario, premisa fundamental para el correcto abastecimiento alimentario del país, de modo que no se vuelvan a repetir las anteriores hambrunas.


En los mercados internacionales el Nakfa eritreo, cuyo código de tres letras es ERN, mantiene un cambio fijo con respecto al dólar estadounidense desde hace varios años, establecido en 15 Nakfas por 1 dólar. Por tanto en función de las oscilaciones del dólar, el Nakfa fluctúa con respecto a las demás divisas. El gobierno de Eritrea controla estrictamente el uso interno de la moneda extranjera, limitando el acceso a la misma y su disponibilidad. Al no existir en el país una verdadera economía de mercado, las empresas extranjeras se abstienen de invertir en Eritrea. El gobierno busca la colaboración de otros países para poder explotar satisfactoriamente sus recursos mineros. La mayoría de la población está centrada en las actividades agrícolas, que rara vez sirven para superar la mera subsistencia. Las escasas lluvias y el mantenimiento de la tensión bélica con Etiopía dificultan el desarrollo agrario. Las ayudas económicas que los eritreos emigrados a otros países envían a sus parientes están sometidas a determinados impuestos, mediante los cuales el gobierno intenta obtener recursos suplementarios con los que llevar a cabo sus políticas, económicamente bastante restrictivas. Los niveles de analfabetismo son todavía elevados, impidiendo a mucha gente aumentar su capacitación de cara al establecimiento de nuevas estrategias productivas. Si el país girase hacia la democracia y el pacifismo (disminuyendo el gasto militar y llegando a un sólido acuerdo territorial con Etiopía) se abrirían para Eritrea nuevas oportunidades económicas, traducidas en la llegada del capital extranjero. Eritrea es un ejemplo de que la consecución de la Independencia, derecho inalienable de todos los pueblos, no supone por sí misma la llegada de la prosperidad, menos aún si el nuevo orden pretende cimentarse en el militarismo y en la limitación de las libertades básicas. El arrollador impulso militar que condujo a Eritrea a su emancipación debería transformarse cuanto antes en otro tipo de energías, sin que el desarrollo administrativo y económico llegue a amenazar nunca las particularidades de sus nueve etnias.