domingo, 1 de diciembre de 1996

EL IMPERIALISMO ROMANO EN LA REPÚBLICA TARDÍA


El imperialismo, sin ser tan antiguo como la especie humana, sí que es tan antiguo como su organización social. Roma supo desarrollar grandes impulsos imperialistas, recompensados con la gloria de las victorias. La política exterior romana estuvo en gran medida determinada por una oligarquía gobernante que alcanzó el cenit de su poder en el siglo II a.C. Durante la mayor parte de este siglo la política romana se caracterizó en cierto modo por un sofisticado sistema que quiso disimular su avidez por realizar anexiones territoriales. Esta actitud fue puesta en práctica tras las guerras victoriosas contra Cartago, Macedonia y Grecia. Tito Quinto Flaminio supo presentar a Roma como la liberadora de los griegos. El senado romano esperaba que los griegos pudiesen resolver dentro del orden sus propios asuntos. Pero ante las insistentes solicitudes de ayuda de las ciudades griegas, Roma fue incrementando su intervencionismo en las mismas para restaurar el orden y su prestigio.

De forma progresiva la interferencia romana en Asia y Europa se hizo más abierta e insistente con el fin de eliminar las convulsas ambiciones de todas las grandes potencias. Roma fue dispersando guarniciones militares por ámbitos políticos fragmentados que eran sometidos a una constante vigilancia. Todavía Roma no asumió el control directo de los estados a los que había vencido militarmente, sino que se limitó a salvaguardar su propia seguridad. Parece que la oligarquía sintió durante largo tiempo una aversión natural a ejercer el dominio sobre estados extranjeros, con los que intentó mantener una coexistencia tranquila que se ajustase en demasía a sus propios criterios. Roma mantuvo una actitud distinta frente a los estados considerados civilizados que frente a las regiones percibidas como bárbaras. En estas últimas el poder romano avanzó a través de dilatados procesos de conquista. El estado romano siempre aspiró a ejercer una clara hegemonía en los contextos políticos en los que se podía ver envuelto con otros estados. Su deseo de preeminencia existía incluso cuando se firmaban tratados de hipotética igualdad.

Se aprecian claras contradicciones en la política exterior romana. Los romanos deseaban implantar sus modelos de conquista a los territorios bárbaros antes que aplicarlos sobre los estados desarrollados, pues dudaban de sus capacidades para administrar todo lo anexionado. El tiránico comportamiento del que con frecuencia hacían gala los gobernadores provinciales truncaba los idealistas proyectos estatales de administración directa de un vasto imperio. Pero aun así parecía más productiva la impetuosa conquista que la cautelosa política de no anexión, pues esta última solía desembocar en la necesidad de realizar repetidas intervenciones militares en los mismos ámbitos. Los romanos decidieron desplegar en los territorios bárbaros una política brutal de conquista con la que obtener gloria que amedrentase a los otros estados civilizados mediterráneos. Roma pretendía así que dichos estados aceptasen las directrices de un hegemónico arbitraje. Por tanto en el esquema expansionista romano descubrimos claras concomitancias con las antiguas actitudes bélicas griegas, más propensas a la conmiseración con otros griegos que con los bárbaros.

Dentro de la aristocracia romana el concepto de virtud estaba enormemente arraigado. La virtud era la fuerza motora del general y del hombre de estado. Era un principio casi mágico que hacía que los aristócratas se sintiesen con seguridad llamados a un elevado destino. La virtud caracterizadora de los valores nobiliares impregnó a la sociedad romana, impulsando a la misma en su conjunto a afrontar sin temor la conquista de un amplísimo espacio vital. El prestigio del nombre de Roma encontró su principal soporte en el mantenimiento de los éxitos militares. El triunfo era un componente esencial para la vida política romana. Eran tradicionales en el mundo romano los prolíficos vínculos clientelares desplegados por la nobleza. Muchos de esos vínculos hacían que los aristócratas romanos mantuviesen una carismática superioridad con respecto a gentes que habitaban tanto la propia Roma como otras ciudades. En la nobleza romana se había desarrollado una instintiva tendencia al patronazgo que tuvo luego una traducción imperialista. En la mentalidad nobiliar romana la obediencia de los débiles a los fuertes era casi una eterna ley moral, más todavía si era a Roma a la que correspondía la digna ostentación de la fuerza.

Los estudios centrados en el imperialismo romano suelen descubrir en el mismo una serie de motivaciones económicas. Pero durante la República tardía tales motivaciones estaban subyugadas al rápido y a veces inesperado desarrollo de las circunstancias políticas y militares. Conforme progresaban sus conquistas, los romanos iban estableciendo impuestos en las regiones anexionadas. En los ámbitos conquistados existían recursos naturales que empezaron a ser explotados por los romanos de manera más efectiva y organizada de lo que lo hacían sus anteriores posesores. Los beneficios económicos que las guerras traían consigo eran bien acogidos por los romanos, pero no constituían la única motivación que suscitaba las acciones políticas y militares. Los territorios conquistados pronto se convertían en excelentes mercados en los que se desarrollaban activas operaciones comerciales que redundaban en provecho del estado romano. Badian considera que las motivaciones económicas de la política exterior romana de la República tardía han sido sobrestimadas por muchos historiadores, que las situaron por encima de las causas políticas e ideológicas.

A partir de las posibilidades económicas aportadas por las conquistas, Roma diseñó un amplio y complejo entramado financiero y comercial. Los romanos se percataron con cierto retraso de que la guerra era una provechosa fuente económica, o al menos en sus escritos pretendieron reflejar que lo que provocaba su ardor bélico era ideológicamente más sutil. Los recursos de los territorios anexionados permitían a Roma financiar la conquista de nuevos territorios. La movilización del ejército por sí misma acrecentaba las esperanzas de bonanza económica de los soldados, tanto por la paga y el botín como por el deseo de adquirir la propiedad de lejanas tierras. Los aristócratas proyectaron sus ansias de enriquecimiento en las nuevas adquisiciones territoriales romanas. Las conquistas permitieron que afluyesen al ámbito itálico productos agrícolas baratos que perjudicaron a los campesinos de Italia, pero que facilitaron a la plebe urbana la subsistencia.

El senado durante buena parte de la República tardía tuvo en sus manos el control de la política exterior romana. Muchas veces no aprovechaba las victorias militares para anexionarse ciertos territorios con tal de no adquirir molestas responsabilidades administrativas de dudoso provecho. Algunos nobles romanos obtenían principalmente beneficios económicos de los territorios foráneos incluso antes de que Roma impusiese a los mismos estructuras administrativas bien organizadas. Los políticos romanos se plantearon en ocasiones la conveniencia de detener temporalmente el proceso de engrandecimiento territorial para poner un poco de orden en los asuntos internos del estado. El senado se mostró con frecuencia reacio a entregar la administración de las provincias a individuos que en ellas parecían buscar la gloria y el enriquecimiento personal antes que el beneficio del estado.

Algunas campañas militares fueron impulsadas por personajes de gran prestigio que deseaban con sus victorias acrecentar su renombre con vistas al posible ejercicio de un poder de rasgos autoritarios. Incluso en los momentos de graves tensiones internas, el senado procuró no descuidar la dirección de las empresas expansionistas para de ese modo racionalizarlas, evitando así la adquisición de excesivos territorios que habrían sido materialmente inadministrables. Esta actitud senatorial no recibió apenas críticas populares ni siquiera cuando implicaba la renuncia temporal a la conquista de áreas agrícolamente ricas, como Egipto. Progresivamente los intereses ultramarinos de los senadores se acrecentaron, de modo que la política interna romana quedó definitivamente transida por las implicaciones mediterráneas. Pero hasta la época de la dictadura de Sila (81-80 a.C.), los objetivos de las distintas clases sociales romanas radicaban principalmente en elementos cercanos, espacialmente reducidos, pues la expansión territorial se concebía en cierta medida como una inevitabilidad histórica desencadenada por el elevado destino al que Roma estaba abocada.

El estudio de la República romana es en gran medida el estudio del proceso a través del cual su clase gobernante hizo presente su autoridad en una creciente cantidad de territorios. Mientras que la oligarquía se familiarizaba con el reciente imperio adquirido, individuos concretos de esa clase privilegiada se hicieron con posiciones políticas preeminentes, alimentando su indiscutible prestigio con empresas militares victoriosas. La guerra social y las guerras civiles por las que atravesó Roma durante la República tardía no pudieron detener el afán expansivo romano, ya casi mitificado por la sucesión de los éxitos. La expansión territorial generó en el seno de la sociedad itálica profundas transformaciones. A nivel individual hay que afirmar que los ciudadanos romanos, independientemente de su clase social, ampliaron sus horizontes vivenciales y pudieron dar a sus deseos mayores esperanzas de prosperidad.

Las derrotas inferidas de manera progresiva a los cartagineses, macedonios, seléucidas y griegos no fueron utilizadas por los romanos solamente para adquirir nuevos territorios, sino también para sentar las bases de una futura dominancia administrativamente más madura. En cambio otras regiones más bárbaras sirvieron de campo de experimentación al devastador imperialismo romano. Liguria, Iliria, la península Ibérica y las Galias sucumbieron de manera irrefrenable a las armas romanas, integrando en ocasiones fronteras móviles. Tras las guerras yugurtianas del Norte de África, Mario tuvo que defender las fronteras septentrionales del imperio frente a las incursiones de los teutones y los cimbrios. El reino del Ponto, Armenia y Partia desafiaron con diversa fortuna al poder romano. La Cirenaica y Egipto contribuyeron a ir definiendo el espacio de actuación del estado romano, de ambiciones necesariamente autolimitadas por la precocidad administrativa y por la necesidad de romanizar lo ya anexionado antes de emprender nuevas campañas de conquista.


BIBLIOGRAFÍA:

- Badian, E.; “Roman imperialism in the late Republic”; New York; 1968.

viernes, 1 de noviembre de 1996

LA FALCATA IBÉRICA

“O ferro da minha faca é feito do valor do meu povo”

El escritor romano Pompeyo Trogo nos dice que los iberos amaban más sus armas que su propia vida. En diversas situaciones históricas, ejércitos celtibéricos se negaron a rendirse al exigirles los romanos abandonar sus armas, de modo que prefirieron morir aniquilados. No es que los celtíberos desearan conservar sus armas para emplearlas nuevamente en circunstancias más favorables, sino que se sentían caracterizados por ellas, pues eran además atributos de su libertad. La entrega de las armas suponía una humillación definitiva e inaceptable, equiparable a la vergüenza que se siente al quedar desnudo ante ojos extraños. Los iberos no sólo interpretaban las armas como instrumentos de poder, sino también como elementos vinculados estrechamente a su propio espíritu. Muchos celtíberos preferían morir luchando antes que convertirse en siervos privados de armas. Los pueblos ibéricos y las autoridades romanas con frecuencia cortaban a sus enemigos las manos, para que ya no pudieran manejar sus armas. Eso suponía un castigo humillante. Algunos celtíberos desarmados en 195 a.C. por orden del cónsul romano Catón se suicidaron convencidos de que sin armas nada valía la vida. Los romanos se sorprenden ante estas reacciones, lo que indica que para ellos no existía la inquebrantable asociación entre arma y honor personal que caracterizaba a los celtíberos. Este sentimiento fue considerado por los autores romanos como una costumbre propia de pueblos incivilizados. Los romanos recurrieron al regalo de hermosas armas para atraerse el favor de los iberos. Las armas tenían para los iberos, al igual que entre otros pueblos de la Antigüedad, un fuerte contenido simbólico.

La falcata es una espada de ancha hoja curva, con una peculiar empuñadura que presenta forma de cabeza animal. Pronto la falcata fue considerada por los investigadores como el arma característica de los guerreros iberos. A ello contribuyeron su forma inconfundible, su abundancia y el gran hallazgo realizado por Luis Maraver en 1867 en la necrópolis cordobesa de Almedinilla. Este autor interpretó las curiosas espadas halladas como romanas. Nuevas excavaciones y el interés de investigadores extranjeros contribuyeron a descubrir el carácter prerromano de las falcatas. La falcata presenta una longitud media de unos 60 centímetros, de los cuales 11 pertenecen a la empuñadura. Se caracteriza por una hoja ancha asimétrica, con un filo principal y otro secundario, de modo que tiene el aspecto de un sable corto. La hoja está surcada por profundas acanaladuras, a veces decoradas con damasquinados en plata. La empuñadura se curva para abrazar la mano, y puede presentar forma de cabeza de caballo o de ave. Se conocen también algunas piezas cuya empuñadura tiene forma de cabeza de león o leona, que engulle en algunos casos una cabeza humana. Estas falcatas con empuñadura de felino se fabricaron probablemente en la Contestania, desde donde se exportarían como regalos de lujo. Entre las falcatas completas de que tenemos constancia, abundan especialmente las que nos remiten al siglo IV a.C. Una de las piezas más antiguas, de fines del siglo VI a.C., procede de una tumba de Galera (Granada).

La hoja de la falcata se distingue por su curvatura, marcada por su asimetría y distinta anchura entre la base y la punta. La hoja suele estar formada por tres láminas de metal forjado soldadas entre sí a la calda, siendo la central más ancha y las laterales más delgadas. La lámina central de la hoja se prolonga formando el alma metálica de la empuñadura. Ello permite robustecer el punto más frágil de cualquier espada, la unión entre puño y hoja, lugar que soporta la mayor tensión cuando se descarga un golpe de filo. La parte metálica de la empuñadura, al ser más delgada que la de la hoja, sufre una mayor corrosión por el paso del tiempo, por lo que la encontramos en peor estado de conservación que el resto de la espada. El tamaño de la falcata permite calificarla como espada corta, poco apropiada para ser utilizada como sable de caballería. Como media, la anchura máxima de la hoja alcanza los 6 centímetros, y la mínima 3,75. Las proporciones de los elementos de la hoja oscilan significativamente de unas piezas a otras, lo que permite hablar más de una producción artesanal que de un canon de proporciones. Los herreros ibéricos de cada región peninsular tenían un modelo formal de falcata en su mente, sobre el que aplicaban variaciones de tamaño, peso y proporciones, quizá incluso en función del comprador. La variación formal de la falcata no parece deberse a la evolución de las tradiciones regionales, puesto que aparecen piezas de distintos tamaños pertenecientes a la misma época. En cambio sí que se puede establecer una distinción por regiones, pues las falcatas andaluzas y meseteñas son más pequeñas que las murcianas y alicantinas. El peso medio de las falcatas, difícil de precisar, estaría en torno a los 800 gramos. La concentración de los hallazgos señala una mayor utilización de las falcatas en el Sureste peninsular, territorio adscribible a contestanos y bastetanos.

La hoja de las falcatas presenta una combinación de filo principal y contrafilo dorsal. El filo principal tiene un estilizado perfil en S invertida, con una parte cóncava en la región más próxima a la empuñadura y otra convexa hacia la punta. Esta forma característica permite optimizar la potencia del golpe sin recargar en exceso el conjunto del arma y sin desequilibrarla. En oposición a las espadas rectas, la falcata tiene filo completo en un solo lado de la hoja. Presenta además filo en el tercio dorsal de la hoja más próximo a la punta, lo que la capacita para dar golpes de punta y golpes de revés, además del normal golpe cortante. La falcata posee normalmente un dorso suavemente curvado, de un grosor que oscila en torno a los 0,8 centímetros. El dorso no presenta un nervio resaltado a diferencia de otros sables antiguos mediterráneos, lo que facilita un forjado y templado homogéneos. Aunque el dorso de la falcata suele tener una curvatura suave y constante, algunas piezas presentan un marcado ángulo en el punto en que comienza el filo dorsal. Las acanaladuras en la hoja son un elemento habitual en la casi totalidad de las falcatas ibéricas. En general se trata de una serie de acanaladuras sensiblemente paralelas (aunque no siempre) unas a otras y al dorso de la hoja, en número variable. Arrancan desde la base de la empuñadura y no llegan nunca hasta la punta de la hoja, extinguiéndose a unos 10 o 15 centímetros de la misma. A menudo son bastante profundas y están realizadas con una precisión asombrosa. Tienen un notable valor estético y aligeran el peso de la hoja sin disminuir su resistencia. No parece que se hiciesen con idea de favorecer la entrada de aire en las heridas causadas, aumentando así el daño.

La empuñadura de la falcata presenta una curvatura extraña en el mundo antiguo, a veces prolongada con una cadenita o barra maciza hasta la base, favoreciendo una mayor fijación y protección de la mano. La lámina metálica de la empuñadura es la misma que la lámina central de la hoja, y aparece cubierta con cachas fijadas mediante un pequeño número de remaches, uno de los cuales puede servir de ojo decorativo para la cabeza de caballo o de ave propia de la empuñadura. Las cachas debían de ser de materiales orgánicos, como madera y hueso, si bien las más ricas presentarían parcialmente una estructura metálica. Las empuñaduras con forma de cabeza de ave y de caballo se dieron simultáneamente y en las mismas regiones, si bien en las fases más tardías terminó predominando la forma de cabeza de caballo. Otro tipo de empuñadura presenta forma rectangular, a veces con los ángulos curvados. Podría tratarse de piezas descuidadas en lo decorativo y reforzadas en lo verdaderamente funcional, puesto que la barra de unión pasa a ser una protección maciza. La empuñadura suele presentar en su base una cazoleta para proteger la mano, a veces ricamente decorada. Las tipologías de estas guardas basales han sido profundamente estudiadas por Emeterio Cuadrado. El espacio libre de las empuñaduras de las falcatas ibéricas es de corta longitud para asegurar su sujeción, estando en torno a los 8 centímetros. Ello no parece prueba de la pequeñez de las manos de los iberos, y consecuentemente no nos permitiría hablar de que fueran gentes de pequeña estatura.

Las falcatas presentan distinto grado de curvatura. Cuanto más curva es la falcata, más apta es para el golpe tajante en perjuicio del punzante. Se ha observado que cuanto más corta es la falcata menor es su curvatura. La evidencia arqueológica parece indicar que la mayoría de las falcatas tenían una vaina de cuero, con cuatro refuerzos horizontales de hierro. Los dos refuerzos centrales permitirían sujetar también un cuchillo. El extremo de la vaina podía estar rematado en una bola. La espada se colgaba del hombro mediante un tahalí de cuero que cruzaba el pecho. La fase formativa de la falcata debe de ubicarse hacia el siglo VI o principios del V a.C. Aunque aún es pronto para asegurarlo, parece que la falcata apenas evolucionó formalmente durante su larga vida.

La falcata es un arma muy representada en distintos soportes, hasta el punto de alcanzar un carácter emblemático. Muchas de las esculturas ibéricas fueron erigidas en forma de monumentos para honrar a miembros destacados de la sociedad. El hecho de que en ellas aparezcan guerreros y armas es un rasgo indicativo de la mentalidad y gustos de la elite dirigente. Al mismo tiempo indicaría que la autoridad le vendría dada a los jefes principalmente por su capacidad militar. Destaca el conjunto escultórico de Porcuna, en el que se representa un combate idealizado, con una base real o mítica. La contraposición de guerreros completamente armados y otros presentados sin armamento defensivo puede tener una función narrativa que divide a los combatientes en dos bandos, uno de ellos vencedor, sin que ello refleje necesariamente un acontecimiento real. La representación de las armas portadas por las figuras sería un reflejo de los ideales aristocráticos de la época. Las esculturas de Porcuna permiten remontar la antigüedad de la falcata al menos a la primera mitad del siglo V a.C., si bien en las tumbas apenas se han hallado ejemplares tan antiguos. El torso de guerrero procedente de La Alcudia de Elche presenta un lujoso pectoral adornado con una cabeza de lobo, de carácter protector y quizá funerario. Por tanto las representaciones de guerreros y de sus armas tienen además de un carácter descriptivo un rico valor simbólico. Las armas son representadas con fiabilidad y detallismo. En una de las caras del cipo funerario de Jumilla un jinete protegido con casco lleva lo que pudiera ser una falcata levantada por encima del hombro en posición de acometida. Del santuario del Cerro de los Santos proceden dos esculturas que portan bajo un manto sendas falcatas envainadas. Es curioso observar cómo en la Andalucía más occidental aparecen representaciones escultóricas y monetales de falcatas, cuando en realidad en esta región no abundan los hallazgos de falcatas. En uno de los relieves de Osuna aparece una de las falcatas mejor representadas, con acanaladuras y empuñadura de cabeza de caballo. Este conjunto escultórico, fechado hacia el siglo II a.C., nos muestra una de las posibles formas en que se combatía con la falcata, por bajo, dándole un uso punzante. Algunas espadas representadas en arcos romanos del Sur de Francia han sido interpretadas como posibles falcatas, si bien este tipo de arma no abundaba en la región, por lo que sólo tendrían un valor iconográfico indicativo de la barbarie atribuida por los romanos a los vencidos.

Figuras de hombres armados aparecen representadas en cerámicas pintadas. Estas piezas cerámicas hay que inscribirlas en un contexto aristocrático y ritual, pueden presentar anacronismos e inducen fácilmente a errores interpretativos. El esquematismo de las figuras que aparecen en las cerámicas pintadas se ve compensado por la mayor libertad para narrar escenas. La cronología de las piezas cerámicas en que aparecen falcatas es en general muy tardía, y algunas de estas cerámicas proceden de zonas en que no fue muy frecuente el uso de la falcata. Destacan las representaciones que aparecen en las cerámicas de Liria. En general, la falcata es más representada como arma de infantes que de jinetes, y aparece más veces envainada que desenvainada, puesto que en su lugar figura la lanza como arma principal. Ello podría indicar la subordinación táctica de la falcata a las armas arrojadizas. Algunos pequeños exvotos ibéricos de bronce portan armas, reflejadas con poco detallismo. Estos exvotos ofrecen información acerca del modo en que se llevaba la falcata, envainada, cruzada casi horizontalmente a la altura de la cintura y al lado izquierdo del cuerpo, suspendida de un tahalí que pasaba sobre el hombro derecho. La falcata figura individualizada, junto con la caetra y alguna otra arma, en tres series monetales de época romana. Se trata de las monedas de Turirecina, una moneda acuñada en Cartago Nova, y algunos denarios emeritenses acuñados en torno al 23 a.C. por el legado Carisio para conmemorar la conquista de Galicia.

El término “falcata” no aparece en las fuentes literarias antiguas como sustantivo, sino que fue adoptado por eruditos de fines del siglo XIX para designar a un tipo característico de arma ibérica prerromana. El término procede de la palabra latina “falx”, hoz. En la bibliografía actual lo más frecuente es suponer que la falcata tuvo su origen en un arma supuestamente griega llamada “machaira” o “kopis”. Pero hay que tener en cuenta que ambos términos podían designar multitud de instrumentos metálicos cortantes caracterizados por presentar un solo filo. A ello hay que añadir la imprecisión de que hicieron gala los autores grecolatinos para designar los distintos tipos de armas. La única referencia literaria precisa a la falcata es una de Séneca, tomada a su vez probablemente del autor Asinio Polión, que luchó en Hispania en el siglo I a.C.

La gran mayoría de los restos de falcatas que se conservan han aparecido en las provincias de Alicante y Murcia, en el Este de la provincia de Albacete y en el Alto Guadalquivir. Estas zonas, tradicionalmente bien interconectadas, estuvieron pobladas en época prerromana por dos grupos étnicos principales, el de los contestanos y el de los bastetanos. La falcata es por tanto un arma esencialmente bastetano-contestana. Las falcatas halladas en regiones del interior, Portugal, Sur de Francia y resto del Mediterráneo español corresponden en muchos casos a un momento tardío, no anterior a fines del siglo III a.C. Extraña la abundancia de falcatas encontradas en el enclave portugués de Alcácer do Sal (la antigua ciudad de Salacia), donde se han hallado también materiales arqueológicos de procedencias dispares. La explicación podría estar en que dicho lugar, próximo al estuario del río Sado, actuó como punto al que acudían los guerreros susceptibles de ser contratados como mercenarios por las potencias imperialistas litigantes. Otros probables emporios abiertos al comercio y leva de mercenarios procedentes de toda la península fueron Villaricos (Almería), la ciudad de Cádiz y Cástulo (Linares; Jaén). Quizá las falcatas alcanzaron una mayor difusión peninsular durante las convulsiones provocadas por el dominio militar de los Barca. Desde mediados del siglo III a.C. en las necrópolis parece observarse una reducción significativa del número de falcatas, lo que podría indicar una mayor necesidad de utilización bélica de las mismas que no permitiría apenas su uso funerario. O tal vez el escaso conocimiento de las tumbas de esa época ha impedido encontrar más ejemplares. Estrabón recoge una referencia de Posidonio en la que se incluye la “kopis” como arma típica de los lusitanos, si bien los testimonios arqueológicos no son generosos al respecto en cuanto al número de hallazgos. La estatua dedicada en la localidad portuguesa de Viseu a Viriato optó por representarle con falcata y caetra, pero ambas de tamaño quizás excesivamente pequeño. Ya con la romanización sí que es claro el retroceso del uso de la falcata.

A los guerreros les gustaba tener armas elegantes y bellas. La decoración de las armas suponía una expresión de riqueza y posición social. El ornato recargado o sencillo del armamento hacía que el soldado brillara entre los demás ciudadanos. Puede que las decoraciones en el armamento aúnen varios significados, de carácter estético, mágico, identificativo y social. La decoración está presente en una amplia gama de armas, y alcanza en las falcatas gran complejidad y desarrollo. Especial maestría revela la técnica del damasquinado, que realza las acanaladuras y ocupa principalmente las zonas de la hoja más próximas a la empuñadura. Los prótomos de aves y caballos que configuran las empuñaduras pudieron tener un significado protector para el guerrero. La cabeza de caballo en la empuñadura es casi exclusiva del mundo ibérico, y es que entre los iberos el caballo alcanzó un fuerte valor simbólico indicativo de prestigio, bravura y protección divina. En los motivos decorativos de las falcatas se aprecia el gusto por las espirales, las curvas, la vegetación y los animales, si bien no faltan tampoco los trazos rectilíneos. Muchos de estos elementos no tendrían un simple valor artístico, sino también importantes connotaciones de carácter subjetivo y significados comúnmente aceptados. Así, la hoja de hiedra, frecuente en las falcatas, estaría asociada a la inmortalidad. Muchos de estos motivos decorativos proceden del mundo griego, y fueron readaptados por los iberos de forma más fiel con respecto a los modelos originales de lo que lo hicieron los celtas peninsulares.

Quesada considera que la falcata tuvo su origen en el Sur de Albania y Norte de Grecia a fines del siglo VII o principios del VI a.C. Los griegos consideraban la falcata como propia de bárbaros aficionados a las matanzas sin tregua ni compasión. Parece tener también connotaciones relacionadas con los ritos sacrificiales, debido a su similitud formal con el cuchillo curvo del sacrificador. Durante la segunda mitad del siglo VI a.C., la falcata cruzaría el Adriático y llegaría a Etruria, desde donde marcharía a Córcega en el tránsito del siglo VI al siglo V a.C. Pocos años después algunos ejemplares itálicos llegarían a Iberia. Los iberos la adaptarían introduciendo algunas modificaciones formales. La acortaron. Mejoraron la ligereza y resistencia de la hoja. Eliminaron el nervio dorsal. Aumentaron el número y la profundidad de las acanaladuras. Añadieron un filo dorsal dotándola así de capacidad punzante. La vía de llegada de la falcata a nuestra península pudo ser el comercio griego, el expansionismo púnico o el regreso de mercenarios ibéricos tras sus campañas mediterráneas. La adopción de la falcata por parte de los iberos y el esfuerzo empleado en su transformación pudo deberse no únicamente a su capacidad bélica, sino además a su atractiva procedencia de una cultura superior y a su apropiado empleo como elemento funerario. Por tanto parece que la falcata estuvo dotada de un fuerte simbolismo. No era sólo un rasgo distintivo de poder y riqueza, sino también un elemento relacionado con el mundo de ultratumba. Algo lógico si consideramos que podía arrebatar la vida, llevar a otra vida. Su llegada a Iberia se daría a través del Sureste peninsular, que ha aportado la mayoría de los ejemplares más antiguos. En este sentido destaca la “machaira” encontrada en Elche, precedente tipológico de la falcata, de tamaño mayor que ésta.

La mayor parte de las falcatas ha sido hallada en las tumbas formando parte de los ajuares. Dentro de los ajuares funerarios, las armas suelen estar colocadas con gran cuidado junto a la urna. Seguramente fueron depositadas siguiendo patrones precisos. Las armas pueden aparecer apiladas unas sobre otras, cruzadas en ángulo recto o en aspa… con un significado desconocido. Las armas ofensivas pueden colocarse sobre el escudo, y las falcatas están normalmente orientadas en dirección Este-Oeste. Otras veces las armas aparecen hincadas junto a la urna o dentro de ella. En otros casos las armas fueron depositadas sobre la sepultura, quizá porque no eran consideradas simples objetos de ajuar. Es habitual que las armas aparezcan quemadas, lo que indica que fueron arrojadas o depositadas en la pira junto con el cadáver, y también dobladas. Las falcatas presentan el filo mellado intencionalmente. Estas inutilizaciones permitían sellar eternamente el vínculo personal existente entre el guerrero y sus armas, las cuales le defenderían simbólicamente en el Más Allá. Nadie más podría volver a usarlas en la tierra. La falcata no presenta una posición preeminente en los ajuares con respecto a otras armas, pero sí que es destacable el hecho de que su número es similar al de las lanzas, las cuales eran más utilizadas en la guerra por los iberos que las falcatas. Ello confirma el especial valor funerario de la falcata. Algunas armas han aparecido en santuarios, lo que indica que pudieron ser empleadas también como ofrendas rituales. La existencia de exvotos en miniatura en forma de falcata corrobora el carácter simbólico de esta arma.

Los iberos optimizaron la capacidad para matar de la falcata. Era un arma eficaz, si bien algo corta en ciertos casos. Algunas de las piezas más hermosas pudieron ser empleadas sólo como elementos de lujo, de parada o funerarios, y no en combate. Ello no nos ha de llevar a considerar que cuanto más bella es una falcata menos probable es que fuera utilizada en la guerra. Paradójicamente, la falcata ibérica es más práctica empleada como arma punzante que como arma tajante. La anchura creciente de su hoja causa heridas anchas y graves. En las representaciones predomina más el golpe recto que el golpe de arriba a abajo. La escasa longitud de la falcata obligaba al guerrero que la empuñaba a acercarse mucho al enemigo, lo cual resultaba arriesgado. La falcata destaca por su multifuncionalidad. Es más apta para ser empleada por infantes que por jinetes. Sus sablazos podían ser devastadores, llegando a hendir casco y cráneo. La insistencia secular en su uso por parte de los pueblos ibéricos a pesar de sus limitaciones prácticas pudo deberse en gran medida a que había adquirido un carácter identitario.


Bibliografía:

-Quesada Sanz, Fernando; “Arma y Símbolo: La Falcata Ibérica”; Instituto de Cultura Juan Gil-Albert; Alicante; 1992.

martes, 1 de octubre de 1996

EL COMERCIO MICÉNICO


LA ASUNCIÓN DEL RELEVO COMERCIAL MINOICO

Desde los inicios del Heládico Reciente, ya algo avanzado el siglo XVI a.C., las gentes micénicas se aficionaron a la navegación y al comercio ultramarino. En los períodos heládicos anteriores, los pobladores del continente griego se mostraron más bien reacios a la participación en empresas marítimas. Incluso la pesca tenía entre ellos un desarrollo limitado. La influencia sociocultural minoica, llegada a la Grecia continental gracias en parte a los comerciantes, hizo que los micénicos perdiesen progresivamente su respeto al mar. Individuos micénicos se involucraron en las empresas comerciales desplegadas por los cretenses en las costas del Mediterráneo Oriental. Quizás los micénicos fueron inicialmente acogidos en los barcos cretenses en calidad de soldados, de modo que se encargarían de proteger los productos transportados y de cooperar en eventuales razzias y operaciones militares de castigo. La participación de los micénicos en las empresas comerciales minoicas, que no se reduciría a la colaboración militar, les permitió conocer rutas y mercados. Cuando el mundo minoico de los segundos palacios se fue disolviendo a lo largo del siglo XV a.C., los micénicos se aprestaron a asumir el relevo de la proyección comercial ultramarina cretense. Serían bien acogidos en la mayor parte de los mercados, pero no en todos. Prolongarían ciertas rutas y abrirían otras. Los mercados externos que primeramente cubrieron los comerciantes micénicos fueron las Cícladas, el Dodecaneso y la costa suranatólica, así como la misma Creta.


CONTROL PALACIAL E INICIATIVA PRIVADA EN EL COMERCIO MICÉNICO

La economía micénica, como las del mundo antiguo en general, se basaba en las actividades agrícolas y ganaderas. Las pobres condiciones naturales del continente griego tuvieron que ser sin duda un acicate para el comercio. Los archivos micénicos transmiten la impresión de que las actividades económicas estaban fuertemente estatalizadas. Parece que los palacios controlaban los resortes necesarios para la fabricación de ciertos artículos destinados parcialmente a la comercialización. El sistema palacial micénico recuerda mucho a los sistemas desarrollados desde épocas remotas en el Oriente Próximo, tanto por su capacidad para organizar las producciones especializadas como por su capacidad para almacenar y redistribuir los productos. Mientras que Chadwick cree que el comercio micénico tendía a ser un monopolio estatal, Darcque por el contrario piensa que no se debe asimilar la actividad económica palacial descrita por las tablillas con la de la sociedad en su conjunto. Darcque admite que cuando un centro palacial funciona, su poder económico aparece relativamente fuerte y centralizador en un marco regional. López Melero señala que es muy posible que los talleres palaciales trabajaran esencialmente para la exportación, y no para cubrir las necesidades de la población del principado en general dentro de un marco económico redistributivo. Para ella, muchas actividades artesanales se debieron de seguir desarrollando como en épocas anteriores en ámbitos domésticos y reducidos con vistas a la satisfacción de la demanda propia y con vistas al intercambio por otros productos. Parece que en el mundo económico micénico había tanto iniciativa pública como privada. La redistribución de los productos sería organizada y estimulada por el palacio, a pesar de que éste no controlaba toda la producción. Una parte de lo producido por los trabajadores libres llegaría al palacio por vías fiscales.

Dentro de un sistema que imagina rígidamente controlado por el palacio, Chadwick encuentra dificultades para reconocer la existencia de las actividades comerciales independientes desplegadas por individuos particulares. Es probable el establecimiento de mercados locales dentro de las distintas ciudades micénicas. López Melero considera que el que la arqueología no haya descubierto grandes plazas en las ciudades micénicas no es un argumento suficiente para descartar los mercados locales. Pequeños comerciantes itinerantes montarían periódicamente sus tenderetes en lugares consabidos sin dejar huellas arqueológicas de su actividad. Llevarían un control particular de sus propios negocios sin recurrir a tablillas de barro. Estos pequeños comerciantes podrían ser los “praktewones” que mencionan las tablillas palaciales. Para Chadwick, los mercados locales intraurbanos servirían principalmente para que cambiasen de manos los excedentes productivos, no para el modesto enriquecimiento de mercaderes ambulantes. Este autor opta por calificar como discutible la presencia de comerciantes libres y regulares en el mundo micénico.


EL COMERCIO ENTRE LOS PROPIOS PRINCIPADOS MICÉNICOS

El palacio almacena una gran cantidad de productos procedentes tanto de sus propios talleres y tierras como de los ámbitos sobre los cuales ejerce un control impositivo. Algunos de estos artículos se redistribuyen a una población más o menos dependiente en forma de raciones alimentarias, materias primas o productos terminados. No se redistribuye el total porque el palacio debe separar un excedente intercambiable por los productos de los que carece. Ya Chadwick había observado que la capacidad productiva de ciertas industrias palaciales, como la broncista y la textil de Pilo, rebosaba las necesidades intracomunitarias. Ello nos lleva a hablar de los intercambios establecidos por cada principado con otros principados y con ámbitos no micénicos. Determinados productos, como cerámicas, tejidos y aceite, eran elaborados por el palacio ya con conciencia de destinarlos a la exportación. Los distintos principados micénicos se intercambiarían artículos para librarse de sus excedentes y cubrir sus carencias. Ruipérez y Melena indican que la homogeneidad bioproductiva de todo el continente griego hacía insuficientes los intercambios regionales, convirtiendo en casi una necesidad el comercio a mayor escala con ámbitos foráneos. El espíritu aventurero de los griegos micénicos suplió la pobreza con que la naturaleza había dotado a sus tierras y les lanzó a un activo comercio exterior. Aun así es exagerado asegurar que los micénicos cimentaron su prosperidad sobre el comercio. Tenemos escasas pruebas de los intercambios intracontinentales. Una de las pocas pruebas escritas de este tipo de transacciones es una tablilla de Micenas que menciona el envío de tejidos a Tebas. El comercio de cada principado con otros principados sería distinto al comercio mantenido por el centro palacial con otros ámbitos griegos no sometidos a la autoridad de ningún principado. Pero estas diferencias nos resultan bastante desconocidas.


LA APERTURA DE RELACIONES COMERCIALES CON PODERES FORÁNEOS

¿Se hacían expediciones diplomáticas puras para establecer relaciones comerciales u otras más chabacanas acompañadas de atractivas y convincentes baratijas? Probablemente las dos, según el carácter de los interlocutores. Parece que el establecimiento de contactos comerciales con otros pueblos lejanos no sólo se debía a la iniciativa palacial. Ésta correspondería más bien a las relaciones mercantiles que se deseasen propiciar con poderosos estados o con ciudades comerciales de primer nivel. La iniciativa palacial también se haría patente en la búsqueda de productos especialmente necesarios, bien directamente a través de funcionarios estatales o bien por medio de particulares. Es lógico suponer la existencia de navegantes que guiados por un afán de enriquecimiento comercial proporcionaban a sus centros principescos de poder los artículos adquiridos tras muchas peripecias en lugares lejanos. Por tanto habría un interesado entendimiento entre el palacio y comerciantes parcialmente independientes. El comercio exterior micénico sería probablemente más ventajoso cuanto menos desarrollados estuviesen los sistemas socioeconómicos de los pueblos con los que se contactaba. Algunas de las naves comerciales micénicas serían enviadas por el palacio bajo la responsabilidad de funcionarios encargados de abrir y controlar ciertos mercados.

Chadwick señala la indistinción arqueológica de los lugares y estructuras frecuentados por funcionarios mercantiles palaciales y por supuestos comerciantes independientes. El mítico príncipe tebano Cadmo aparece en las fuentes con el apelativo de fenicio, lo que posiblemente aluda a su habilidad mercantil. Este dato es una muestra de la importante iniciativa palacial en lo referente al comercio exterior. El palacio es posible que dirigiese o regulase buena parte de los contactos mercantiles establecidos con ámbitos foráneos. López Melero cree que el intercambio de productos por el sistema del don y el contradón no puede haber sido un instrumento adecuado para la importante proyección comercial exterior de los reinos micénicos. Cabe imaginarlo más bien como una acción diplomática destinada a abrir y garantizar unas relaciones comerciales amistosas entre las partes. Otro factor a tener en cuenta en las exploraciones comerciales micénicas sería la práctica ocasional de la piratería y el saqueo, cuando las circunstancias fuesen propicias y no importase manchar el buen nombre del principado del que se procedía o al que se representaba. Los navegantes que en el mundo antiguo realizaban viajes de carácter comercial no solían descartar las acciones piráticas puntuales. Éstas podían consistir en el asalto de una nave perteneciente a un pueblo o estado no amigo. Otras veces la piratería se cebaba con enclaves costeros mal protegidos frente a inesperadas agresiones foráneas. Parte del botín capturado podía servir a los navegantes como elemento de intercambio en ámbitos en los que adoptaban una actitud amistosa. Lo restante del botín y las adquisiciones comerciales acompañarían a los marineros en el viaje de regreso a sus casas.


COMERCIO PREMONETARIO

Para la época micénica, muy anterior a la invención de la moneda, Ruipérez y Melena consideran que no debemos pensar en un comercio de simple trueque. Tal procedimiento impone una fuerte limitación, pues requiere la coincidencia de dos personas interesadas cada una en el artículo que ofrece la otra. Quizás había funcionarios estatales encargados de redistribuir los géneros que previamente se habían intercambiado globalmente. El intenso comercio micénico invita a pensar en el establecimiento de unos valores relativos. Los convencionalismos de valores no se podían implantar así como así a los pueblos foráneos con los que se comerciaba, por lo que en el comercio interestatal las relaciones de valor serían sólo indicativas, y variables según las áreas. En la Grecia primitiva el precio de un objeto se podía fijar aludiendo a un determinado número de cabezas de ganado. Así Homero fija en bueyes el precio de una armadura. Los lingotes de bronce que aparecen en contextos micénicos pudieron ser una forma de moneda premonetaria. Incluso algunos presentan intrigantes marcas. Tienen forma de piel de buey, la unidad primitiva de equivalencia destinada a facilitar los intercambios comerciales. Sus dimensiones varían entre 22 por 34 centímetros y 72 por 42 centímetros. Una mayoría de los mismos se agrupa en torno a los 28 kilogramos de peso, lo que nos lleva a acordarnos del talento. Otros autores piensan que estos lingotes de bronce eran simples bloques cuya forma estaba ideada sólo para su mejor manejo y transporte.

En el mundo antiguo coexistieron múltiples sistemas métricos patrocinados por entidades diferenciadas. Darcque piensa que los pocos pesos encontrados en Vafio, Micenas, Atenas y Perati no permiten aún reconstruir un sistema de medidas. Ese autor cree que los elementos de balanzas hallados en las tumbas de los lugares citados no tenían seguramente ya ninguna utilidad práctica por sí mismos. López Melero considera que quizás los micénicos practicaban el tipo de intercambio comercial que estaba vigente en los distintos centros que frecuentaban, es decir, una compraventa con pago en especie dentro de un régimen de precios fluctuantes. En esta actividad cabrían prácticas elementales como el trueque y la subasta según las circunstancias. Se establecerían en ocasiones compromisos de intercambio o suministro de productos en unos términos fijados previamente de mutuo acuerdo. Materiales no perecederos, de amplia demanda y cotización tendente al alza, pudieron ser considerados como una forma de pago siempre aceptada, y por tanto serían atesorados con fruición. Es el caso del cobre, que además podía ser utilizado en momentos de necesidad para la fabricación de armas. Parte del cobre estatal procedente de impuestos se guardaría en los templos junto al de las ofrendas. Las actividades comerciales internas recurrirían según López Melero al pago en especie, parcialmente regulado en base a un patrón determinado, como unidades de grano y animales domésticos. Chadwick considera que el precio de un bien se podía expresar a través de un peso dado de metal precioso, pero todavía la investigación tiene que clarificar cuáles eran los patrones micénicos que regulaban las transacciones.


LA ESCASA INFORMACIÓN COMERCIAL DE LAS TABLILLAS

Las tablillas palaciales aportan escasa información acerca de las actividades comerciales micénicas. Esta ausencia de datos es sobrevalorada por Chadwick, como si ella convirtiera en improbable la existencia de mercaderes libres. En opinión de Darcque, las palabras “mercader” y “precio” no parecen constar en las tablillas, lo mismo que el verbo “comprar”, excepto en lo relativo a la adquisición de esclavos. Por tanto a partir de los archivos palaciales es de momento imposible deducir la existencia de comerciantes profesionales en el mundo micénico. Chadwick piensa que, en el caso de que hubiera mercaderes independientes, la inexistencia de moneda limitaría mucho sus posibilidades de enriquecimiento. Discrepa de Darcque en cuanto a que cree que la palabra “o-no” de las tablillas podría significar “precio”. Los textos en que aparece la palabra “o-no” parecen aludir según Chadwick a algún tipo de trueque. Estaríamos por tanto ante textos comerciales de difícil interpretación. El silencio que guardan las tablillas sobre las actividades mercantiles micénicas es poco tenido en cuenta por López Melero, que considera absurdo el determinar a partir de la ausencia de datos escritos la inexistencia de la compraventa, la noción de precio y los mercados. Para ella, la amplia dispersión mediterránea de los productos micénicos es la mejor prueba de los avanzados criterios y mecanismos comerciales de las gentes micénicas.


LOS TRANSPORTES

Los reinos micénicos contaban con una red de caminos interiores que facilitaban el tránsito de las caravanas y los desplazamientos de efectivos militares. Son pocos los restos arqueológicos que se conservan de calzadas. Puestos de vigilancia situados a cada tramo controlaban los caminos para intentar hacerlos más seguros. Es posible que la utilización frecuente de los caminos implicase el pago de un peaje. Los caminos articularían sólo una pequeña parte del comercio interior del continente griego, pues la navegación era más utilizada por sus ventajas de todo tipo y por las características del territorio egeo, lleno de costas recortadas y de islas. Las dificultades propias del transporte terrestre limitaban el comercio, pues sólo los artículos de poco peso y mucho valor merecían el esfuerzo de ser llevados a regiones interiores. Esta apreciación explica el por qué en regiones foráneas los restos arqueológicos de productos micénicos abundan más en las costas que en el transpaís continental de las mismas.

Los barcos permitían un transporte voluminoso y barato. Las representaciones figurativas de barcos que se incluyen en los frescos multicolores de las construcciones de la isla de Thera aportan información sobre los medios de navegación propios de la época del tránsito de los comerciantes minoicos a los micénicos. Se trata de barcos con quilla aplanada, lo que permitía arribar a puertos de poco calado y vararlos en las playas. Tenían elevada proa y espolón en popa, el cual servía como palanca para moverlos en tierra. Contaban con remos dispuestos en fila, cabina para pasajeros y una única vela. Un gran remo situado en la popa servía como timón. Las anclas solían ser grandes piedras de forma regular con una o más perforaciones. Darcque difiere de Ruipérez y Melena en cuanto a que considera que las escasas representaciones figuradas y los escasos modelos reducidos impiden hacerse una idea clara de cómo eran las naves micénicas. Ruipérez y Melena señalan que las embarcaciones, bastante frágiles, seguían preferentemente rutas costeras. Los marinos preferirían no estar mucho tiempo sin avistar tierra. Las navegaciones por alta mar serían minoritarias. Parece que en ocasiones los barcos se dejaban arrastrar por las corrientes marinas, pues el trazado de algunas de ellas engloba los enclaves costeros en que hicieron acto de presencia los comerciantes micénicos.

Los dos conjuntos de pecios encontrados en las costas suranatólicas, cerca de los cabos de Ulu Burun y Gelidonia, proporcionan indicaciones importantes sobre los intercambios realizados en época micénica. El pecio de Gelidonia es de fines del siglo XIII a.C., mientras que el de Ulu Burun es del siglo anterior. Ambos transportaban esencialmente lingotes de cobre con forma de piel de buey. El barco hallado en el cabo Gelidonia llevaba además herramientas, cestos, cerámica para uso doméstico, algunos objetos preciosos y pescado, que pudo servir como alimento a la tripulación. El pecio de Ulu Burun contenía vasos sirios, chipriotas y micénicos. La multiplicidad de orígenes de los productos transportados por ambos barcos impide conocer la “nacionalidad” de éstos, pero al menos se sabe que en el momento de hundirse seguían una ruta de Oriente a Occidente. Como el estaño y ciertos instrumentos están presentes en los barcos hundidos, Darcque piensa que la fabricación y reparación de objetos broncíneos podrían realizarse en el interior de las naves durante las escalas.


¿QUÉ SIGNIFICA HALLAR CERÁMICA MICÉNICA FUERA DEL MUNDO MICÉNICO?

Darcque considera que los habitantes del continente griego no siempre acompañaron a las cerámicas encontradas fuera de éste. La cerámica micénica implica la existencia de un contacto con la cultura micénica, pero quizás sólo indirecto. Su significado parece variar mucho de una región a otra, en función de la cantidad y la tipología de los materiales. Evaluar la difusión de la civilización micénica a partir de la dispersión de la cerámica sería una incoherencia. Darcque señala que teorías exageradamente difusionistas han dado paso a otras que determinan que objetos muy similares pueden ser fabricados en regiones alejadas por influencias culturales que no siempre implican migración de gentes. Este autor alude al fracaso de quienes, a partir del estudio de la composición de las materias primas importadas por los micénicos, han pretendido dilucidar los ámbitos frecuentados por los mismos. Las investigaciones que sólo tienen en cuenta las producciones utilitarias únicamente permiten establecer la existencia de intercambios de un punto a otro o revelar eventuales influencias de orden cultural. Si se quiere señalar la presencia real de micénicos en una región foránea debe recurrirse a vestigios arqueológicos dotados de un significado sociocultural más profundo que el de los objetos utilitarios. El estudio de las construcciones, las costumbres y el mobiliario funerario no señalan la prolongada presencia micénica en muchos de los lugares donde hay cerámica micénica. Ello nos obliga a revisar viejas tesis partidarias de un masivo colonialismo micénico, a la vez que nos invita a pensar en la rápida transformación de la cultura de los micénicos emigrados.

Los ámbitos no griegos en que han aparecido figuritas micénicas y sellos micénicos son más susceptibles de haber conocido una presencia de gentes llegadas del continente griego que aquellos ámbitos en los que sólo hay cerámica micénica. Darcque señala la aparente contradicción que existe entre la amplia difusión de la cerámica micénica y la limitada difusión de elementos probatorios de la presencia de gentes micénicas. Esta contradicción quizás revela que los micénicos mantuvieron constantes relaciones comerciales con los otros pueblos de la ribera mediterránea sin necesidad de instalar factorías o colonias. La ocupación efectiva de los lugares con los que comerciaban los micénicos sería por parte de éstos minoritaria. Es reseñable el hecho de que regiones muy cercanas al mundo micénico, como Macedonia y Tracia, recibieron ínfimas cantidades de material micénico, mientras que otras más alejadas importaban cantidades considerables. La difusión de artículos micénicos en el mundo mediterráneo enseña más sobre la dirección tomada por los intercambios que sobre su naturaleza.


INDICACIONES ARQUEOLÓGICAS SOBRE EL COMERCIO EXTERIOR MICÉNICO

Los datos de que disponemos para conocer el comercio exterior micénico son principalmente restos arqueológicos. Del comercio de los productos perecederos apenas quedan huellas arqueológicas. En cuanto a los objetos de metal, fueron en su mayoría refundidos en épocas posteriores para su nueva utilización. Los tejidos y otras sustancias orgánicas se descompusieron inevitablemente antes de llegar hasta nosotros. Es sin duda la cerámica la gran protagonista de los indicios arqueológicos del comercio micénico. Las más numerosas huellas cerámicas del comercio micénico corresponden al Heládico Reciente III B, período comprendido entre 1300 y 1190 a.C. aproximadamente. El hecho de que encontremos en el mundo micénico pocos objetos procedentes de otras áreas indica que la balanza comercial era ampliamente favorable a los micénicos, si bien parte de los productos importados es irrastreable por su carácter efímero. El comercio exterior micénico fue sin duda expansivo y vigoroso. Alcanzó un volumen nada despreciable. Recurriría a intermediarios para llegar a regiones excesivamente lejanas. A su vez los micénicos actuaban como intermediarios comerciales entre regiones distanciadas. Los micénicos obtenían importantes cantidades de materias primas a cambio de productos manufacturados de escaso valor intrínseco. Algunas de las materias primas importadas a bajo coste eran transformadas en productos lujosos susceptibles de una ventajosa exportación.


IMPORTACIONES

Entre las importaciones efectuadas por los comerciantes micénicos podemos incluir en primer lugar ciertos metales, como el cobre, el estaño y el oro. Como el cobre balcánico era escaso, los micénicos tenían que recurrir al foráneo, procedente en su mayor parte de Chipre. El propio nombre de esta isla deriva del término griego que servía para designar al cobre: “Kypros”. El oro era cicládico y nubio. Este último lo obtenían los micénicos empleando como intermediarios comerciales a los egipcios. El nombre griego de oro, “Khrysos”, es un préstamo semítico, cuya introducción en el mundo micénico sólo puede atribuirse al comercio. La procedencia del estaño importado por los micénicos ha dado lugar a discusiones. Quizás el primer estaño era de origen oriental, como defiende Darcque. Más tarde los micénicos abrirían rutas hacia Occidente para abastecerse de este metal, que entraba en un diez por ciento aproximadamente en la aleación del bronce antiguo. Chadwick considera que los micénicos buscaron alumbre, que encontraron fundamentalmente en Chipre. El alumbre servía para que los tejidos asumieran por más tiempo y con más viveza los colores de los tintes.

En los yacimientos micénicos nos encontramos con objetos de marfil, materia que evidentemente no se daba en el continente griego. Las técnicas de manufacturación del marfil revelan que éste procedía principalmente del ámbito sirio, donde desde el 1600 a.C. está atestiguada la presencia de elefantes, llevados por los egipcios. Un porcentaje menor del marfil importado era de origen africano. Los artesanos micénicos tallaban primorosamente el marfil, con el que ornamentaban cofres y piezas de mobiliario. De las orillas del Báltico llegaba el ámbar, resina fósil apreciada por su color, su brillo, sus inclusiones y sus sorprendentes propiedades eléctricas. Era utilizado para realizar cuentas de collares y amuletos. El ámbar llegaba por rutas centroeuropeas hasta el Adriático, donde era adquirido por los navegantes micénicos. La mayor concentración arqueológica de ámbar se da en las tumbas de la costa Oeste del Peloponeso. A inicios del Heládico Reciente III, hacia 1400 a.C., las importaciones de ámbar, que tan considerables habían sido durante los dos siglos precedentes, disminuyeron de forma notable. Y es que quizás se encareció su obtención o se pasó de moda. El ámbar, aunque más escaso, pasó a estar más disperso. Con piedras preciosas importadas los micénicos realizaban objetos suntuarios que luego parcialmente exportaban. Entre estas piedras preciosas estaba el lapislázuli. En las islas Lípari y en la isla cicládica de Melos los comerciantes micénicos se abastecían de obsidiana, vidrio oscuro de origen volcánico que se fractura con aristas muy vivas. La obsidiana servía para hacer puntas de flecha, hojas de cuchillo y otros utensilios cortantes. Su utilización fue mayor cuando escaseaban los metales.

Entre los productos fungibles importados por los micénicos destacaba probablemente el trigo, que servía para paliar el casi permanente déficit del mismo del que adolecía el continente griego. Del marco ugarítico y próximo-oriental se traían ciertas especias, como el comino y el sésamo. Se pretendía así hacer más agradables al paladar los alimentos. Las palabras griegas que aluden a ambos productos son préstamos semíticos. Y es que a veces los micénicos optaban por importar no sólo artículos, sino también sus nombres, ligeramente modificados. Aunque en el continente griego había bastantes bosques, los micénicos importaban de Oriente algunas maderas preciosas, como el ébano y el cedro, destinadas en parte a su reexportación. Los “doero”, esclavos, fueron objeto de comercio en el mundo antiguo. Entre los micénicos parece que el número de esclavos no fue grande. El status de los mismos no está muy claro en la información aportada por los archivos palaciales. Tanto el comercio como la piratería servirían a los micénicos para hacerse con esclavos. No sabemos si los micénicos actuaron como intermediarios en el comercio de esclavos. Ruipérez y Melena indican que la calidad artística de ciertas producciones micénicas de los siglos XVI y XV a.C. hace pensar en la llegada de artesanos procedentes de Creta. Por lo tanto es posible que los micénicos de los períodos Heládico Reciente I y II se hiciesen con los servicios de artesanos foráneos para aprender de ellos complejas técnicas manufactureras. Algunas veces emplearían la amable persuasión y otras la violencia para llevarse a estos artesanos al continente griego.


EXPORTACIONES

Hay muestras de cerámica micénica diseminadas por buena parte de las costas mediterráneas. Y es que la cerámica era uno de los principales artículos exportados por los micénicos. El éxito mediterráneo de la cerámica micénica se debió en gran medida a que ésta resultaba atractiva a los clientes potenciales. En general, este atractivo le venía dado por la calidad de su barro, la técnica de cocción a altas temperaturas, la perfección de sus formas y la belleza de su decoración. Junto a los vasos y ánforas hay que aludir a los jarrones con asa en forma de estribo. La cerámica micénica era adquirida por otros pueblos mediterráneos tanto por sí misma como por servir de contenedor de los productos exportados por los micénicos. Sólo una pequeña parte de la cerámica exportada era de producción palacial. Las cerámicas hechas en los talleres palaciales eran las más valoradas por los mercados foráneos, pues su carácter suntuario hacía que fuesen utilizadas por los compradores como elementos de ostentación social. Los palacios también asumían la producción de vestidos y objetos metálicos, que estaban destinados parcialmente a su comercialización en mercados exteriores. Armas y herramientas cupríferas y broncíneas proclamaban en los mercados mediterráneos el poderío y esplendor económico micénico. En líneas generales, las producciones de los palacios eran más refinadas que las de los artesanos particulares. Objetos importados eran trabajados con preciosismo para su posterior reexportación. Por tanto los micénicos abastecían de arte los mercados tras tallar y modelar las materias primas adquiridas en los mismos.

Los micénicos actuaban como intermediarios en el comercio de algunos artículos. Así, canalizaban hacia Egipto el ámbar. Los micénicos también suministraban a los egipcios madera, tanto la de sus propios bosques como la obtenida en mercados próximo-orientales. Los egipcios denominaban a los comerciantes micénicos “tinai”. Éstos reemplazaron a los “keftiu”, comerciantes minoicos que en las representaciones egipcias aparecen portando ofrendas destinadas al faraón. Y es que los egipcios tendían a ver como inferiores a todas las gentes llegadas desde fuera de su territorio. El comercio egipcio-minoico había estado acompañado de una especial diplomacia del regalo. Con los micénicos las relaciones comerciales fueron quizás más expeditivas y menos ceremoniales. Parece que fue durante el reinado de Amenhotep III (1391 – 1353 a.C.) cuando se produjo el paso de los “keftiu” a los “tinai”. La producción textil de la Creta palacial micénica estaría orientada en gran medida hacia los mercados egipcios. La dispersión que se produjo por entonces de cuentas de pasta vítrea por la cuenca mediterránea se debió seguramente en gran parte a los comerciantes micénicos. Entre los productos fungibles exportados por los micénicos estaban el vino y el aceite. En opinión de López Melero, los compradores de aceite daban a éste varios usos entre los cuales el alimentario era marginal. También los micénicos exportaban óleos perfumados. Entre los metales que abundaban en la Grecia continental estaban la plata y el plomo, que serían posiblemente artículos de exportación.


LA EXPANSIÓN MICÉNICA

El estudio del comercio micénico nos lleva con facilidad a hablar de la expansión colonial micénica por el Mediterráneo. Ya sabemos las dificultades que existen para distinguir, a partir del hallazgo de objetos micénicos, un comercio indirecto, una presencia real, un enclave con producción “in situ” y una auténtica colonia. En Creta fueron fundados asentamientos de colonos micénicos que desarrollaron su vida a la par de los poblados minoicos. El proceso de helenización no afectó por igual a todas las regiones de la isla, si bien se aprecia una distribución bastante homogénea de los poblados y necrópolis micénicos. Uno de los principales y más antiguos enclaves micénicos de Creta fue Cidonia. En los alrededores de los destruidos palacios minoicos surgieron edificaciones micénicas que actuaron como centros de poder. López Melero no cree que la cultura tradicional minoica resurgiera al eclipsarse el mundo micénico. En las Cícladas se aprecia la progresiva sustitución de la influencia minoica por la influencia micénica. A veces la ruptura cultural parece más rápida, pero Darcque no la atribuye a un naciente imperialismo micénico. Este autor distingue tres fases en las relaciones mantenidas por el continente y las Cícladas desde mediados del siglo XV a.C. hasta mediados del siglo XI a.C. Hasta 1250 a.C. los micénicos ejercieron un control notable sobre emplazamientos cicládicos concretos, entre los que destaca Filakopi. Durante el turbulento período posterior se aprecia la fortificación aislacionista de muchos asentamientos cicládicos, que no sufrieron en general importantes destrucciones. Y ya en el siglo XII a.C. se experimenta en las Cícladas un período de relativa prosperidad que favoreció la reanudación de las relaciones con el continente, de cuya degeneración se contagiaron a lo largo del siglo XI a.C.

En el Dodecaneso en un principio los comerciantes micénicos establecieron contactos con los lugares frecuentados antes por los minoicos. Y a partir de estos enclaves extendieron su red de relaciones. López Melero ve la isla de Rodas como el centro micénico más importante fuera de la Grecia continental. A pesar de la presencia en Ialysos de tumbas de cámara de tipo micénico y de piezas micénicas realizadas “in situ”, Darcque cree que los micénicos aparecieron en Rodas no para colonizar la isla, sino para controlar mejor las redes de intercambio que conectaban con ámbitos más orientales. En la isla de Kos y en la Caria anatólica no hubo para Darcque una presencia micénica muy fuerte, si bien estas regiones cuentan también con tumbas de características similares a las del continente griego. Este autor reduce a contactos esporádicos la presencia micénica en el resto del Dodecaneso, en Cilicia y en el Noroeste anatólico, al menos hasta la diáspora causada por la caída de los principados. El principal enclave anatólico de los micénicos era Mileto, que contaba con poderosas estructuras defensivas. Éstas se nos presentan quizás como una prueba de las dificultades que encontraron los comerciantes micénicos para penetrar en mercados anatólicos. Incluso se ha llegado a hablar de un bloqueo hitita al comercio micénico como explicación de la falta de restos arqueológicos que indiquen contactos entre ambos mundos. Los textos hititas hacen referencia a un reino llamado “Ahhiyawa”, término que quizás revela la prolongada presencia aquea en un contexto anatólico. La abundancia de cerámicas micénicas en la Tróade nos invita a pensar en los intereses que las gentes de la Grecia continental tenían en esta región, estratégica para el control económico y militar del Helesponto (Estrecho de los Dardanelos). López Melero concede más crédito histórico a la guerra troyana relatada por Homero que Darcque, el cual tiende a desbaratar las viejas tesis que veían micénicos en todas partes.

La presencia económica micénica fue constante y fuerte en Chipre desde inicios del siglo XIV a.C. Parece que las gentes de la isla asumieron inicialmente para los micénicos el papel de intermediarios en el comercio con Oriente. Chadwick indica cómo en tablillas micénicas de diferentes palacios alusivas a transacciones aparece la palabra “kuprius”, que podría significar “el chipriota”. La confirmación de este dato probaría la función de enlace comercial ejercida por los chipriotas. Además, cerámicas chipriotas acompañan constantemente a las micénicas en los yacimientos del Levante mediterráneo. Parece que Chipre pudo permanecer neutro a las ambiciones de hititas y egipcios, lo que le permitiría desplegar activas operaciones comerciales con el patrocinio micénico. Los signos de presencia micénica aumentaron progresivamente en la isla. La arqueología ha documentado un período de destrucciones tras el cual la isla adquiere un mayor carácter griego. Y es que posiblemente las turbulencias de los principados micénicos motivaron el establecimiento masivo de colonos griegos en Chipre.

En el Levante mediterráneo, de Amman a Karkemish, hay más de ochenta establecimientos en los que se ha hallado cerámica micénica. Se trata principalmente de enclaves costeros que en ocasiones canalizaron objetos micénicos hacia regiones interiores. Ugarit (Siria), establecimiento favorecedor del comercio internacional, parece que contó con un barrio de comerciantes egeos. López Melero indica que Ugarit fue una vía fundamental para la interrelación cultural, religiosa y literaria de los mundos semita y micénico. Tarso, Biblos y Alalakh son otros enclaves próximo-orientales con importantes restos indicativos del comercio micénico. López Melero piensa que los micénicos no tuvieron gran éxito en sus intentos de cubrir los mercados egipcios abandonados por los minoicos. Darcque también señala que la presencia de comerciantes micénicos en Egipto fue precoz pero limitada. El mayor depósito de cerámica micénica en territorio egipcio es el de Tell el Amarna, y parece corresponder a mediados del siglo XIV a.C., durante el reinado de Akhenatón (1353 – 1336 a.C.). López Melero considera que la fortaleza de los estados hitita y egipcio impidió a los micénicos hacer más intensa su presencia en el Levante mediterráneo. Algunos de los pueblos del mar que hacia el 1200 a.C. conmocionaron el Mediterráneo Oriental fueron probablemente micénicos. En este sentido son reveladoras las características micénicas de la cerámica filistea. La leyenda de Jasón y los argonautas, que llegaron hasta la Cólquide en busca del vellocino de oro, parece conservar el recuerdo mítico de viajes micénicos a las costas del Mar Negro en busca de lana y otros productos.

A partir de fines del siglo XIII a.C., los lazos entre la metalurgia micénica y la de otras regiones europeas se estrecharon. Armas, alfileres y fíbulas adquieren tipologías similares en amplias zonas del Sureste europeo. Están atestiguados los contactos comerciales esporádicos entre los micénicos y los ilirios. En el Mediterráneo Central la presencia micénica no deja de fascinar a los estudiosos. Dentro de la península Itálica, los materiales micénicos están presentes en Apulia, el golfo de Tarento y Posidonia. Causan cierta admiración los testimonios micénicos hallados en un enclave interior de Etruria: Luni sul Mignone. Ischia y las Lípari ofrecen abundantes pruebas de la presencia comercial micénica. En Sicilia los navegantes micénicos prefirieron las costas Surorientales, si bien hay también restos suyos en puntos tan interiores como Pantálica y Morgantina. En el Sur de Cerdeña destacan los materiales micénicos hallados en el yacimiento de Sarrok. En general se tiende a pensar en nuestros días que la influencia micénica sobre el Mediterráneo Occidental fue más bien leve y de orden cultural, fruto de interacciones discontinuas, que casi nunca implicaron la llegada real de gentes griegas. Darcque incluso prefiere hablar más de influencia oriental que de influencia propiamente micénica. Las ansias que los micénicos mostraron por la adquisición de metal no se correspondían seguramente con una capacidad real para explorar de forma reiterada las costas ibéricas y atlánticas. En el yacimiento del Llanete de los Moros, en Montoro (Córdoba), excavado por Martín de la Cruz, se encontraron en 1985 dos pequeños fragmentos de cerámica micénica. Estos fragmentos no prueban la presencia de comerciantes micénicos en la península Ibérica, pero sí la conexión del enclave con rutas comerciales que alcanzaban el Mediterráneo Oriental.


BIBLIOGRAFÍA:

-Chadwick, John; “El mundo micénico”; Alianza Editorial; Madrid; 1977.
-Blázquez, José María; López Melero, Raquel; Sayas, Juan José; “Historia de Grecia Antigua”; Editorial Cátedra; Madrid; 1989.
-Treuil, R., Darcque, P., Poursat, J. C., Touchais, G.; “Las civilizaciones egeas. Del Neolítico a la Edad del Bronce”; Editorial Labor – Nueva Clío; Barcelona; 1992.
-Ruipérez, M. S. y Melena, J. L.; “Los griegos micénicos”; Biblioteca Historia 16; Número 26; Madrid; 1990.

domingo, 1 de septiembre de 1996

LOS ORÍGENES DE ESPARTA


"Avancemos trabando muralla de cóncavos escudos" (Tirteo)

FUENTES

Las fuentes de que disponemos para acercarnos a los orígenes del estado espartano, aun no siendo muy numerosas, sí que nos permiten trazar unas líneas básicas para comprender las raíces de su emblemática conformación cultural. La historia espartana ha sufrido con frecuencia tratamientos tendenciosos, a veces buscando su idealización y a veces para vituperar la obtusa rigidez del comportamiento de sus ciudadanos. Ya en la antigua Grecia los ideólogos de los oligarcas presentaban a Esparta como un modelo sociopolítico ajustado a sus concepciones e intereses. Jenofonte, especialmente en su obra “La República de los Lacedemonios”, expresa su admiración hacia el tipo de educación militar y los pilares constitutivos de Esparta, para la que combatió en ocasiones, hasta el punto de recibir de ella la proxenia. Algunos fragmentos literarios de Platón revelan también la influencia del austero y disciplinado modelo político espartano en su pensamiento, si bien el filósofo se vio desencantado por la ineficacia del gobierno oligárquico de los Treinta Tiranos, impuesto por Esparta a Atenas en el año 404 a.C. Aristóteles no ocultó tampoco una clara orientación laconófila en varios de sus tratados, lo que le llevó a exponer cruda y misóginamente algunas de las causas que en su opinión provocaron el hundimiento espartano: Escasez de hombres, desigualdad en el reparto de las propiedades, problemas para acceder a la propiedad de la tierra, relajación en las costumbres de los éforos, gusto por el lujo entre las mujeres, sobrevaloración de las conquistas con respecto a la virtud… A todo lo cual podríamos añadir el descuido de facetas productivas y comerciales que habrían hecho menos necesario el constante recurso a la guerra, el robo y la violencia.

Datos bastante objetivos sobre Esparta nos proporcionan Heródoto y Tucídides, que inciden en los hechos bélicos en que con dispar fortuna se vio involucrada la ciudad. Algunos poetas líricos reflejaron en sus versos la realidad sociopolítica de la Esparta de su tiempo, destacando entre ellos Tirteo. Alcmán en cambio se centró en la composición de cantos solemnes y ornamentados para los rituales religiosos. El historiador y geógrafo griego Pausanias, que escribió en el siglo II de nuestra era y que llevaba el nombre de un rey espartano, nos dejó en su “Descripción de Grecia” apreciaciones interesantes sobre lo que él mismo pudo ver en la ciudad de Esparta. La tradición mítica, los hallazgos arqueológicos y los textos de las inscripciones aumentan y matizan nuestro conocimiento de la sociedad espartana y de la imagen que ésta deseaba proyectar de sí misma.


CONTEXTO GEOGRÁFICO

La amplia región en que se encuentra Esparta, situada al Sureste de la Península del Peloponeso, recibe el nombre de Laconia o Lacedemonia. De este territorio deriva etimológicamente nuestro adjetivo “lacónico”, empleado para referirse a un tipo de expresión, breve y concisa, que da idea resumidamente de muchas cosas. Así sería en principio el modo de hablar de los espartanos. Esparta surge en el valle definido por el río Eurotas, concretamente en su curso medio, cerca también de uno de sus afluentes, el Cnación. El río Eurotas fluye entre las cadenas montañosas del Taigeto y el Parnón. Ambas terminan por el Sur en dos largas penínsulas, que conducen respectivamente hasta los cabos Tenaro y Malea, flanqueando un amplio golfo. Las islas de Cythera y Anticythera facilitaban visualmente la navegación desde Laconia hasta Creta. En su parte septentrional, el valle del Eurotas queda cerrado por formaciones montañosas, que sirven de frontera con Arcadia. Las costas orientales de Laconia incluyen algunas bahías que no atrajeron a importantes contingentes poblacionales. Al Oeste de Laconia se encuentra el territorio de Mesenia, fértil y de escasas altitudes, bañado por el río Pamisos y dotado también de un golfo meridional. Las condiciones geográficas de Laconia favorecieron su aislamiento, contribuyendo a demorar toda una serie de tendencias sociopolíticas que afectaron más profundamente al resto de Grecia. Las tierras más aptas para el cultivo en Laconia eran precisamente las del estrecho valle que sirvió de solar a la ciudad de Esparta.


EL YACIMIENTO DE VAPHIO Y EL MENELAION

Uno de los yacimientos arqueológicos de época micénica más importantes de Laconia es el de Vaphio, cercano a la aldea espartana de Amiclas. Allí en 1889 se excavó una tumba principesca de tipo “tholos”, situada sobre una colina. En el ajuar funerario se encontraron gemas, collares de amatista, vasos de alabastro, jabalinas, un hacha, un espejo, así como otros objetos de oro, plata, bronce, hierro, plomo, ámbar y cristal. Destacó el hallazgo de dos copas de oro con decoración repujada en relieve. En una de ellas se representa la captura de un toro salvaje y en la otra su domesticación. Otro antiguo edificio micénico del valle del Eurotas es el Menelaion, que fue objeto de sucesivas reocupaciones. Pudo formar parte de un palacio, algunas de cuyas estructuras servirían como lugar de culto posteriormente. Se trata de una construcción maciza de piedras talladas, con varios locales y niveles, ubicada en un paraje con excelente visibilidad del entorno, pero sin fortificar. Su nombre hace referencia a Menelao, legendario rey espartano, que según el relato homérico marchó a Troya para recuperar a su esposa Helena, raptada por el príncipe Paris, hecho que derivó en una gran conflagración armada. El Menelaion pudo desempeñar entre los espartanos una función destacada en el recuerdo colectivo hacia Menelao y Helena, así como en el culto hacia los Dióscuros. En el entorno del edificio las excavaciones rescataron una gran cantidad de ofrendas votivas.


LOS DORIOS

Los datos arqueológicos señalan que en época micénica Mesenia estuvo probablemente más poblada que Laconia. En Mesenia se encontraba el centro palacial de Pilos, destruido a fines del siglo XIII a.C. La época micénica dio paso a la época homérica, cuyo comienzo coincide con la última gran migración helénica de las agrupaciones tribales en la península balcánica. La tradición mítica alude a la ocupación violenta de la península del Peloponeso por parte de los descendientes de Heracles, que se pusieron a la cabeza de los contingentes invasores. Los heráclidas son relacionables con las migraciones dorias. Belloch cuestionó el que la llegada de los dorios se produjese en torno al 1200 a.C. Pensó que los dorios habían entrado en la península balcánica junto a los demás pueblos griegos muchos siglos antes. Otros autores retardan la penetración doria, negándole la paternidad del eclipse micénico. E incluso hay investigadores que dudan de si verdaderamente se produjo una invasión doria. Estos autores prefieren hablar de problemas internos y de violentos desajustes sociales. Según la leyenda de los heráclidas, éstos, desterrados de sus territorios peloponésicos originarios, entraron en contacto con los dorios, los cuales, tras haber vivido en la Ftiótide, se habían establecido en las costas suroccidentales anatólicas. Los heráclidas, al frente de los dorios, se lanzaron sobre el Peloponeso, conmocionando los centros de poder allí existentes. Los tres jefes de los dorios serían Témeno, Cresfontes y Aristodemo. Según el relato mítico, penetraron en el Peloponeso por el Norte, desde el golfo de Corinto, en el que habían desembarcado. Indagaciones dialectales hacen pensar que ocuparon una extensa porción anular de la península peloponésica. Derrotaron al hijo de Orestes, Tisámeno, que por entonces gobernaba en todo el Peloponeso. A Témeno le correspondió el territorio de Argólida, a Cresfontes le tocó Mesenia, y a los hijos gemelos de Aristodemo, Eurístenes y Procles, se les otorgó Laconia. Estos acontecimientos son fechados por la tradición mítica unos sesenta años después de la guerra de Troya.

Los nombres de Esparta y Lacedemonia aparecen tanto en “La Ilíada” como en “La Odisea”, pero no lo hacen como denominaciones exactas de la ciudad y la región, sino sólo como vagos lugares vinculados al legendario palacio del rey Menelao. La descripción que aparece en “La Odisea” del viaje de Telémaco desde Pilos a Esparta no se ajusta a los elementos paisajísticos reales de ese recorrido, sino que está totalmente fantaseada o alude a una ubicación distinta a la de la Esparta posterior. Las excavaciones arqueológicas realizadas en Esparta indican que los establecimientos poblacionales surgieron allí a principios del siglo IX a.C. Los fragmentos cerámicos, los adornos y las figuritas de marfil del primitivo contexto arqueológico espartano son similares a los de otras regiones griegas. Es reseñable la afinidad existente entre la cerámica geométrica de Esparta y ciertas vajillas de Delfos, importante centro de culto panhelénico.

El surgimiento del estado espartano se encuentra estrechamente relacionado con la supuesta migración de las tribus dorias. Gentes dorias provocarían el que los hablantes de variedades dialectales aqueas quedasen relegados al núcleo central del Peloponeso. Aculturarían progresivamente a la población aquea que les quedó parcialmente sometida. Heródoto suministra una larga lista nominal de reyes espartanos, empezando por Heracles y su hijo Hilos, hasta llegar al siglo V a.C. La parte final de esa lista es históricamente aceptable, mientras que en la parte inicial es posible que se mezclen el mito y la memoria popular. Éforo hace referencia, al hablar de los orígenes de Esparta, a que algunos dorios crearon inicialmente un enclave fortificado en la parte superior del valle del Eurotas, en el distrito que más tarde se llamó Aygitis. Desde el Norte, fueron ocupando de forma masiva y gradual el valle. Éforo no alude a que ese proceso migratorio fuese acompañado de la subyugación generalizada de la población preexistente. Heródoto y Tucídides señalan que tras la violenta ocupación de Laconia por los dorios, hubo en la región un prolongado período de luchas internas, así como enfrentamientos con gentes de otras regiones. Según Tucídides, transcurrió al menos un siglo desde los inicios de la gradual invasión doria del Peloponeso hasta la formación de un sólido régimen estatal en Esparta. Pero estos datos cronológicos resultan imprecisos y difícilmente ajustables. Durante la prolongada lucha desarrollada en Laconia se operó la transición hacia una sociedad clasista, formándose por iniciativa de la clase dominante el estado espartano.


LA ESPARCIDA

En el siglo IX a.C., los conquistadores dorios, que ya controlaban toda Laconia, se concentraron en un lugar estratégico del valle del Eurotas, estableciendo allí cinco poblaciones que configuraron Esparta, “la esparcida”. Este peculiar modo de originar un foro político revela que los dorios tenían una organización social basada en la familia patriarcal. Los dorios estaban divididos en tres fíleas: Panfilios, Hileos y Dimanes. Una vez asentados en Esparta, se subdividieron complementariamente en grupos relacionados con las distintas aldeas. Al sinecismo inicial de las aldeas de Pitana, Mesoa, Limnai y Cinosura se añadió después Amiclas. El territorio lacedemonio fue compartimentado en distritos, llamados “obas”. Esta última división no se basó en las relaciones gentilicias, sino en la voluntad de organizar política y militarmente las tierras sometidas al emergente poder espartano. El entramado de la ciudad de Esparta, que contaba con espacios libres entre las aldeas, se verá progresivamente salpicado por numerosas tumbas de héroes y reyes.

Entre los aqueos que sufrieron las invasiones, algunos optaron por emigrar y otros quedaron sojuzgados. Probablemente parte de la nobleza aquea se integró en el seno de la clase dominante de los conquistadores dorios. Heródoto señala que el rey espartano Cleómenes I, al ser interrogado por la sacerdotisa de la diosa Atenea, respondió que era aqueo, y no dorio. En opinión de Heródoto, una de las dos dinastías de los reyes espartanos era de estirpe aquea. Este mismo autor relata la tradición existente sobre los minios, que, trasladados desde Lemnos a Laconia, pasaron a formar parte de la ciudadanía espartana. Esta llegada provocó luego en Esparta una lucha sociopolítica que se saldó con el envío de los vencidos a la isla de Thera. Los acontecimientos considerados debieron de tener lugar a fines del siglo IX a.C. La tradición que se refiere a los minios puede simbólicamente integrarse en el período de la larga lucha de los dorios por la posesión de Laconia, y parece corroborar la procedencia mixta de la clase dominante espartana. Algunas inscripciones halladas en la isla de Thera están posiblemente relacionadas con el arribo de un importante contingente humano procedente de Laconia.


LOS ILOTAS

Dentro de la compleja sociedad espartana nos encontramos con dos grupos marginados pero numéricamente importantes: ilotas y periecos. Los ilotas constituían una población mayoritariamente agrícola. Hay quien ve en ellos a la original población aquea sometida por los conquistadores dorios. Muchos de los mesenios sojuzgados por Esparta quedaron luego incluidos entre los ilotas. Las tradiciones históricas vinculan el recrudecimiento de la opresión espartana ejercida sobre los ilotas con la agudización de las luchas sociales mantenidas durante generaciones. Parece que fue tras las guerras mesenias cuando la clase dominante espartana, organizada como colectividad militar, distribuyó las tierras del valle del Eurotas en parcelas iguales, “cleros”, que pasaron a ser explotadas hereditariamente por las familias adjudicatarias. Sin embargo, la propiedad jurídica de la tierra quedó en manos de la comunidad de espartanos, que ejercía un control permanente sobre los propietarios de los “cleros”. Los campesinos ilotas fueron fijados a los “cleros”, cuyas tierras debían trabajar y hacer producir, bajo la vigilancia de personas designadas por el estado. A los mismos espartanos les estaba prohibido permanecer mucho tiempo en los “cleros”.

La posición social primigenia de los ilotas es bastante desconocida. Ya en el siglo VII a.C. su situación se aproximaba a la de los esclavos. Pero apreciamos diferencias radicales entre el ilotismo y la esclavitud. Los ilotas no eran propiedad privada de los espartanos. No eran explotados por éstos de forma directa. Tenían autonomía en el trabajo que desarrollaban en las tierras de los “cleros”. Estaban obligados a pagar a los espartiatas un determinado canon sobre sus rentas agrícolas. Podían mantener sus estructuras familiares y vivir en sus tradicionales aldeas. Sólo el estado tenía derechos sobre la vida y la muerte de los ilotas. No se puede llamar a los ilotas esclavos del estado, pues éste no podía venderlos. Pólux definió la posición de los ilotas como intermedia entre la de esclavos y gentes libres. En opinión de Oliva, la dependencia de los ilotas no era resultado de la gradual diferenciación de clases, sino de la agresiva expansión espartana. Al mismo tiempo que los ilotas, existían en Esparta esclavos en el sentido literal de la palabra. Plutarco veía en el ilotismo un sistema cruel e ilegal. Critias afirmó con agudeza que en Esparta podían encontrarse los más esclavizados de todos los hombres y los más libres de los libres.

Sabemos cuáles eran muchas de las penurias por las que pasaban los ilotas. Los espartiatas mantenían hacia ellos una actitud arrogante. Los ilotas tenían que llevar vestimentas especiales y eran azotados anualmente para que recordasen su inferioridad social. Se les emborrachaba para que cantasen y bailasen ridículamente, y de ese modo alejar a los jóvenes espartanos de tales comportamientos. Los éforos, al asumir su cargo, ejecutaban el rito de la declaración de guerra a los ilotas, para así poder matar a unos cuantos, como si de una celebración tradicional se tratase. Algunos espartanos se sentían en cierta manera más confiados y preparados para la guerra al matar iniciática o ritualmente a un ilota. Regularmente se decretaba la realización de expediciones llamadas criptias, durante las cuales los guerreros espartanos se dispersaban por las regiones rurales para realizar matanzas en los villorrios de los ilotas. Pero, paradójicamente, en momentos críticos para la supervivencia del estado, los espartanos recurrieron a los ilotas para fortalecer su desnutrido ejército, concediéndoles a cambio la libertad. Estos individuos, llamados “neodamodeis”, revelan cierta movilidad social en el seno de la rígida sociedad espartana.


LOS PERIECOS

Acerca del origen de los periecos se han propuesto principalmente dos teorías. Pudieran ser descendientes de las primitivas etnias aqueas relegadas a los extremos del territorio lacedemonio. Otra opinión los ve como el resultado de ciertas desigualdades surgidas en el momento de instalación de los dorios. Serían en este sentido dorios poco favorecidos en la apropiación del territorio conquistado. Los periecos residían en comunidades situadas en áreas marginales de Laconia. Ocupaban tierras con menos rendimiento que las del valle del Eurotas o Mesenia. Aunque no tenían derechos políticos, gozaban de cierta autonomía administrativa en sus aldeas. No tenían milicia propia. Su integración en el ejército espartano no era plena, pues constituían escuadrones diferenciados y no podían acceder a los puestos de mando. Tenían que pagar determinados impuestos, y eran económicamente muy activos. Además de cubrir sus necesidades agrícolas, se involucraban en actividades económicas mal consideradas por la oficialidad espartana, como la artesanía, el comercio y la navegación. Todos estos elementos convertían la posición social de los periecos en algo no demasiado desfavorable.

Los poblados de los periecos eran relativamente voluminosos, y estaban marcadamente separados de los enclaves espartanos e ilotas. Se encontraban principalmente en el litoral, en las estribaciones occidentales del Parnón y en la región de la Escirítida. Éforo pensaba que originariamente los periecos habían tenido los mismos derechos que los espartanos. Fue al parecer el rey Agis el que los convirtió en tributarios, arrebatándoles sus prerrogativas políticas. Éforo consideraba que no eran los aqueos los que se habían convertido en periecos, sino los forasteros que se habían instalado en los sitios abandonados por los aqueos. Pudiera ser que los periecos no fuesen incluidos con una sola acción radical en el estado espartano, sino que inicialmente sus comunidades serían aliadas de la potencia militar espartana, que más tarde las sometería. Según la información suministrada por geógrafos e historiadores clásicos, había en la región espartana unos cien enclaves de periecos, los cuales estaban dotados de unos recursos demográficos importantes.

En época tardía algunos periecos ricos pagaron una elevada cuota para ingresar en las prestigiosas asociaciones comunitarias espartanas. Por tanto se desarrollaron diferenciaciones socioeconómicas entre los propios periecos. Oliva considera que los espartanos, tras ocupar el valle del Eurotas, fueron extendiendo su dominio hacia zonas adyacentes menos fértiles en las que se habían establecido otros dorios, a los que convirtieron en periecos. Este autor piensa que los orígenes étnicos de los periecos eran heterogéneos, si bien con una predominancia doria. En los distintos poblados de periecos había peculiaridades étnicas, culturales y profesionales. La supervisión de los asuntos de las comunidades periecas quedó encomendada a oficiales espartanos especiales, los harmostes. Píndaro hace referencia de pasada a veinte harmostes, lo que ha llevado a pensar que el territorio perieco pudo estar dividido en veinte distritos. Entre los periecos y los extranjeros había ciertas similitudes, en cuanto a que ambos grupos no tenían ciudadanía ni derechos políticos. Pero los espartanos veían desde una perspectiva distinta a periecos y extranjeros, pues los primeros podían ser en situaciones de urgencia valiosos aliados militares. Los periecos se enorgullecían de llevar junto a los espartanos el nombre de lacedemonios. El prestigio de las armas espartanas se debió también a ellos. No protagonizaron acciones hostiles combinadas contra los espartarnos, por lo que ganaron fama de ser hombres de honor, cumplidores de sus alianzas.


LA RETRA DE LICURGO

Dentro de las legislaciones arcaicas una de las más peculiares es la de Esparta, tanto por su casi legendario legislador, Licurgo, como por el especial carácter de la normativa que éste otorgó o transmitió a los espartanos. La pieza clave de la normativa ancestral de la ciudad era la Retra, en la que se prohibía la existencia de leyes escritas. Siguiendo la más pura tradición homérica, los magistrados espartanos juzgaban de acuerdo con su propio criterio. Las historias referidas a Licurgo y a su Retra parecen un ejemplo de codificación de normas ancestrales, quizá entremezcladas con algunos elementos novedosos. No es fácil fechar la época en que tuvo lugar la vida y la obra de Licurgo, de cuya existencia han llegado a dudar algunos historiadores en base al probable desarrollo gradual de la legislación espartana. Es posible que Licurgo viviese en los dos primeros tercios del siglo VII a.C. Se ha relacionado su actividad normativa con una situación de conflicto desarrollada en el seno de Esparta. Estas convulsiones podrían corresponderse con las consecuencias de la batalla de Hysias, librada hacia el año 669 a.C., en la que Esparta fue severamente derrotada por una coalición de argivos y mesenios, durante la segunda guerra mesenia. Por entonces parece que Esparta optó por reestructurar su aparato militar, introduciendo el ejército hoplítico. Ello produjo importantes desequilibrios sociales que justificarían la vigorosa acción de un legislador.

Plutarco, biógrafo de Licurgo, afirma que no es posible decir algo de éste que no sea discutible. Como ocurría en ocasiones entre los legisladores arcaicos, Licurgo recibió la sanción divina del Apolo Délfico en su intento de dotar de un buen gobierno, “eunomia”, a su ciudad. La acción codificadora de Licurgo, conocida como la Retra, contempla varios frentes, entre los que cabe destacar la reestructuración política del estado, ejecutada a través de la definición de las funciones de los reyes, el consejo de ancianos y la asamblea popular. De los testimonios conservados parece deducirse la primitiva preeminencia de los reyes y el consejo aristocrático. Esta preponderancia quedó barnizada en el código de Licurgo con un suave color popular que calmase la problemática situación social. Muy pronto, en el reinado de Teopompo y Polidoro, se añadió una norma según la cual, en caso de discrepancia con el “damos”, la decisión última correspondería a reyes y aristócratas. La Retra se ocupó también del problema de la tierra, resuelto mediante la adopción de un expansionismo militarista. Las tierras asignadas a los ciudadanos contarían con trabajadores ilotas, mientras que las tierras poco fértiles se dejarían en manos de los periecos. Los ciudadanos debían participar de comidas en común, “syssitia”, medida pretendidamente igualitaria con la que se llegó a combatir los dispendios privados. Esta institución formaba parte de un amplio conjunto de disposiciones que garantizaban una educación, unas normas de comportamiento y un transfondo ideológico, “agogé”, que sirviese de guía a todos los ciudadanos. Parece evidente la relación de este sistema, basado en una férrea disciplina y obediencia, con la nueva estructuración militar de la falange hoplítica, organizada a partir de las tres tribus dorias y reclutada en función de las aldeas de residencia. Este conjunto de medidas buscaba la materialización de la “eunomia” a través de la acción gubernativa. Simbólicamente los ciudadanos serían llamados “homoioi”, iguales. Se imponía por tanto un régimen comunalista y de corte militar, en el que la educación de los individuos era estrechamente controlada por el estado, que diseñaba así cómo iban a ser sus futuros hombres y soldados.

A Licurgo se le atribuyeron toda una serie de dichos sentenciosos, relacionados con la subordinación de los intereses privados al bien común. Su voluntad de no hacer uso de leyes escritas parece que fue rigurosamente respetada en Esparta. El que a Licurgo se le llegasen a rendir cierto tipo de honores de carácter próximo al heroico no prueba que llegase a ser considerado un dios, como se ha propuesto, relacionándole con la veneración de la luz. El cese de la agitación social provocado por la conquista de las fértiles tierras mesenias favoreció la puesta en práctica de las reformas económicas atribuidas a Licurgo. El “buen gobierno”, marcadamente prooligárquico, fue más bien consecuencia de una adecuada distribución de la tierra. Parece que Licurgo es el punto de llegada de toda una serie de antiguas tendencias legislativas espartanas, adecuadamente reformuladas conforme a las nuevas situaciones sociopolíticas. Tucídides indica que gracias a su peculiar legislación, Esparta se libró de la onerosa presencia de los tiranos. Pero desde sus inicios la “eunomia” tuvo que recurrir a un duro sistema policial que se les hizo especialmente gravoso a ilotas y mesenios. La normativa de Licurgo hacía que el ciudadano quedase sometido al gobierno de los mejores, “aristoi”, que formaban la “gerusía” y que tenían su cúspide en los reyes. Sólo el auge de la magistratura del eforado, cargo al que podía optar cualquier ciudadano, puso en el futuro ciertas trabas al sistema diseñado por Licurgo. Una versión fantaseada de la muerte del legislador indica que se quitó la vida fuera de la ciudad tras haber hecho jurar a los espartanos que respetarían sus leyes hasta que él volviese.


LAS INSTITUCIONES POLÍTICAS

El estado espartano de los siglos IX y VIII a.C. representaba una verdadera organización militar. La misma era liderada por dos reyes, pertenecientes a las dinastías de los Agíadas y los Euripóntidas. Eran los jefes militares supremos. Su poder era más marcado durante las campañas bélicas emprendidas contra enemigos exteriores. En la vida interna del estado sus funciones tenían importantes limitaciones. Formaban parte de la “gerusía”, consejo aristocrático de ancianos. Eran sacerdotes en diversos cultos rendidos a las divinidades. Inspeccionaban la justa distribución y utilización de las parcelas dentro de la colectividad autárquica espartana. En época avanzada los reyes ordenaban los matrimonios de las doncellas herederas de los “cleros” familiares. Hay diversas suposiciones en torno al origen de la diarquía espartana. Puede que ésta reflejase la unión de dos contingentes humanos diferenciados, cada uno de los cuales habría tenido su propio jefe. Pudiera haber ocurrido que la primigenia familia real, debilitada, se hubiera visto obligada a admitir un régimen de igualdad con una familia aristocrática de creciente e intrigante poder. Otra explicación viene dada en relación al hecho de que Esparta tuviese protectores heroicos gemelos, Cástor y Pólux. Y es que pudieron haber nacido dos herederos gemelos al trono, ninguno de los cuales habría sido desposeído de sus derechos dinásticos.

El poder de los reyes estaba ligado a la “gerusía”. Ésta se componía de 28 ancianos no menores de 60 años que, en los tiempos históricamente conocidos, eran elegibles. Junto a los reyes, los gerontes atendían los asuntos que afectaban a la comunidad espartana. La “gerusía” era el tribunal supremo y el consejo militar consultivo. Había tenido un origen muy antiguo, anterior en todo caso a la codificación efectuada por Licurgo. El órgano supremo del estado espartano era la asamblea popular, “apella”, que se componía de todos los espartanos mayores de edad que gozaban de plenos derechos. El papel efectivo de la “apella” en la vida política de Esparta no era grande, pues carecía de iniciativa legislativa. Era la depositaria de la soberanía del estado lacedemonio, en cuanto a que su consentimiento era necesario para emprender muchas acciones. Intervenían en sus sesiones los reyes y algunos altos funcionarios. La asamblea reaccionaba frente a las ponencias con gritos. En torno a los gritos más fuertes se empezaban a arremolinar las distintas corrientes de opinión. Aristóteles, aunque simpatizaba con el régimen espartano, calificaba como pueril el curso de las sesiones de la “apella”. Es probable que durante el período durante el cual se formó el estado espartano la importancia de la asamblea popular fuese bastante más destacada que en tiempos ya tardíos.

Una particularidad del régimen espartano consistía en la existencia de un colegio de cinco éforos. Los historiadores griegos dudaban mucho acerca del origen y carácter intrínseco del eforado. Algunos lo veían como un pilar del régimen lacedemonio. Otros consideraban el eforado como un agregado posterior a la organización estatal primigenia. Mientras que unos autores interpretaban que el eforado era un órgano salvador del estado, otros lo entendían como una institución que perjudicaba los principios fundamentales del régimen espartano. Esta antigua polémica historiográfica se veía alimentada por la encarnizada lucha entre oligarcas y demócratas en la Grecia de los siglos IV y III a.C. Los éforos, que en sus orígenes estaban bastante por debajo de los dos monarcas, llegaron a desempeñar funciones cada vez más destacadas en la vida política de Esparta. El eforado había surgido en calidad de órgano de representantes de las cinco aldeas en las cuales se hallaba dividida la ciudad. El colegio de los éforos llegó a ser independiente, tanto de la “gerusía” como de los reyes. Los éforos estaban incluso contrapuestos a esos poderes, equilibrándolos y rebatiéndolos. Al asumir su cargo, firmaban una especie de tratado con los reyes, garantizándoles el poder a cambio de su fiel observancia de las leyes. Aristóteles veía en la organización estatal espartana una cierta dualidad. En su “Política” afirma que Teopompo había reducido las prerrogativas del poder real recurriendo a la instalación del eforado. A la vez que desempeñaban sus cometidos de control político, los éforos intentaban que ilotas y periecos mantuviesen su obediencia hacia la comunidad espartana. Con métodos bestiales trataban de prevenir las sublevaciones de los ilotas, que se sucedían con notable intensidad. El proceso de elección de los éforos, abierto a todos los espartiatas, es probable que se acompañase de rituales religiosos. Los éforos se convirtieron en garantes del sistema constitucional espartano. Podían actuar como jueces en asuntos civiles e incluso mandar unidades militares. Recibían a los embajadores foráneos, supervisaban las labores de los funcionarios y velaban por la educación de los niños. Uno de los éforos más conocidos de Esparta fue Quilón, que asumió el cargo hacia el año 556 a.C., robusteciendo considerablemente la institución. Quilón favoreció la militarización de la vida cotidiana de los espartanos, la educación castrense de la juventud y una política exterior contundente, difundiendo estos principios desde los órganos representativos y mediante poemas de tipo elegíaco. Se decía que Quilón murió de alegría en los brazos de su hijo al celebrar la victoria de éste en una prueba olímpica.


EUGENESIA VIL

La reducida comunidad espartana, para poder tener dominada a la ingente mayoría de la población laconia, se valía de una constante tensión bélica y de un permanente estado de preparación militar. Estas circunstancias habían marcado las formas de vida de los espartiatas, que se convirtieron en una clase dominante militarizada. El estado espartano había surgido sobre la base de formas muy primitivas de explotación de la sojuzgada población agrícola. El control sobre las tierras de cultivo garantizó a la aristocracia la definición de un rígido sistema estatal. Los aristócratas reformularon de acuerdo con sus intereses las instituciones que fueron surgiendo desde la época de descomposición del régimen comunal. El sistema político espartano fue uno de los primeros pasos hacia la configuración en la antigua Grecia de la ciudad-estado, entendiendo inicialmente ésta como aparato opresor utilizado por la clase dominante. En la organización del régimen espartano ocupaba un lugar determinante la educación político-militar de los ciudadanos. La vida de todo espartano, desde el mismo momento de nacer, se hallaba bajo la vigilancia estatal. Un consejo de ancianos decidía si el recién nacido tenía derecho a vivir o si debía ser eliminado al observársele algún defecto. El monte Taigeto solía ser el lugar donde se abandonaba o desde el que se arrojaba a los bebés que no superaban este examen inicial. Se trata de una práctica bárbara supuestamente justificada para evitar los quehaceres innecesarios de sacar adelante a alguien débil, que previsiblemente podía aportar poco a la comunidad. Es un tipo de eugenesia vil, que coloca a los hombres por debajo de las especies animales, en las cuales los individuos teóricamente más débiles suelen sucumbir antes en el medio natural. El estudio de los huesos arrojados desde el Taigeto revela que muchos de ellos corresponden a adultos, lo que hace suponer que éstos habrían sido despeñados por cometer acciones delictivas o por haber incurrido en alta traición.


LA EDUCACIÓN Y EL MILITARISMO

Hasta los siete años los niños varones vivían con sus familias. En ese período ya se acostumbraban al frío, al calor, a la oscuridad y a diversas carencias de comodidades. Podían ser en ocasiones bañados ritualmente en vino mezclado con alucinógenos cutáneos. A los siete años los niños eran reunidos en grupos que estaban a cargo de educadores estatales. Eran adiestrados con rigor en prácticas gimnásticas. Se les sometía a privaciones e inclemencias, de modo que aprendieran a reaccionar ante el hambre y las adversidades. Se coartaban sus tendencias individualistas. Se le enseñaba a cada niño a competir con sus compañeros, pero aclarándole que todos los espartiatas eran y estaban destinados a ser lo mismo: “Aristoi”, es decir, “los mejores”. Los niños aprendían rudimentariamente a leer, a escribir y a cantar, principalmente los himnos de Tirteo. Desde los doce años crecía su familiarización con las armas y con las marchas en formación. Se les inculcaba una forma de expresarse parca en palabras, pero densa en contenido. Iban con frecuencia descalzos, y vestidos tan sólo con un manto de lana de una pieza. Debían aprender a robar, pero sin ser descubiertos, pues si se les pillaba robando eran duramente castigados. Dormían en un lecho de cañas confeccionado por ellos mismos. Podían tener criados, que paradójicamente vivían a veces mejor que ellos. Hacia los quince años, al convertirse en efebos, podían dejar de estar rapados y empezar a llevar el pelo largo. En él invertían mucho tiempo, para tenerlo limpio y perfumado. Consideraban que les hacía a la vez bellos y temibles. El pasar tanto tiempo entre varones favorecía el inicio de las relaciones homosexuales, si bien para la sociedad espartana eran prioritarias las relaciones heterosexuales, al ser éstas las que podían enriquecer de ciudadanos al estado. Se escogía a algunos de los jóvenes para sufrir o infringir a sus compañeros apaleamientos aleatorios. Su finalidad era aprender a resistir tanto el dolor en carne propia como la contemplación del dolor ajeno, para que llegado el momento del combate nada hiciese titubear al soldado. Algunas de estas prácticas sádicas realizadas a los jóvenes se convirtieron en época romana, cuando ya Esparta había perdido mucha importancia, en cruenta diversión tradicional, contemplada tanto por los habitantes de la ciudad como por curiosos extranjeros. A los dieciocho años el joven, ávido de emular las gestas de sus compatriotas mayores, alcanzaba la mayoría de edad, pudiendo participar en la dirección de los entrenamientos de los menores. Algunos de los jóvenes más capaces eran elegidos para participar en las brutales criptias, infame cacería de ilotas, en las que se mezclaban motivaciones policiales e iniciáticas. A los veinte años el joven pasaba a ser considerado un soldado, obediente hasta el extremo a su cadena de mando.

El militarismo espartano surgió como respuesta agresiva hacia las amenazas internas de descomposición del régimen institucional instaurado, así como para garantizar la defensa del territorio lacedemonio ante los enemigos exteriores. Las permanentes tensiones derivadas de un sistema de segregación social hacían indispensable la existencia de un ejército fuerte que intimidase lo suficiente como para poder mantener el injusto orden establecido. Las proyecciones belicistas de Esparta no rebasaron en mucho las de otras ciudades griegas, cuya afición por los conflictos militares hacía impensable el advenimiento de una Hélade unificada. El imperialismo espartano conoció y respetó sus propias limitaciones. La perfeccionada máquina de guerra espartana no se ponía en funcionamiento por cualquier vana circunstancia, si bien hubo guerras emprendidas más por no generar sombra de cobardía que por necesidad real. El ejército era para las autoridades espartanas un bien tan precioso que normalmente procuraban utilizarlo sólo tras haber buscado soluciones diplomáticas. El espartano entendía su vida dentro del amplio objetivo de la defensa y el renombre de la comunidad. Los espartanos de pleno derecho que nutrían la milicia eran pocos, por lo que el recurso a los periecos e incluso a los ilotas era inevitable en ciertas circunstancias bélicas. Mientras que con los periecos la colaboración fue fluida y respetuosa, con los ilotas se actuó con tremenda dureza, no recompensando siempre la ayuda militar prestada por éstos. Si se hubiese enfatizado más la armonía social el ejército no habría tenido que realizar tantas acciones policiales, y hubiera podido centrarse más en los problemas diplomáticos con las potencias vecinas. Los escasos efectivos espartiatas debían recibir una rígida educación castrense para que el estado pudiera sobrevivir ante revueltas internas y agresiones exteriores. Las tropas espartanas, bien disciplinadas y entrenadas, lograron con frecuencia victorias sobre efectivos militares numéricamente superiores, si bien la multiplicación de sus intervenciones acarreó también sonadas derrotas. La idea de vencer a Esparta suponía vencer al ejército más afamado, lo que infundía un coraje suplementario a los enemigos. A pesar de las reticencias aristocráticas, se observó en Esparta el lento tránsito desde una primitiva nobleza dedicada a la defensa del estado hacia una mayor extensión social de la práctica de las virtudes militares.

En la vida cotidiana de los espartanos existían hábitos de remoto origen. Había establecidas agrupaciones sociales en función de la edad. El asociacionismo era un elemento fundamental para la integración del individuo en el seno de la comunidad. Estas agrupaciones sociales tenían lugares especiales para reunirse, las “lesquias”. En ellos se realizaban ágapes comunes y se organizaban diversiones. Los jóvenes y los guerreros adultos pasaban gran parte de su tiempo en estas reuniones de ocio, las cuales eran financiadas con las aportaciones de todos los espartiatas. Las mujeres, que quedaban fuera de estas agrupaciones, eran en cambio protagonistas en la vida familiar. Se aprecian algunas supervivencias preclasistas en las costumbres espartanas relativas a la vida familiar. Por ejemplo, el rito con que se celebraba el matrimonio consistía en el rapto de la doncella novia. Su inspiración tal vez se remonta a épocas inestables en las que se producían raptos reales de las mujeres de otros grupos gentilicios. La familia más corriente era la monógama, si bien se admitían a veces relaciones sexuales extramatrimoniales, tanto para el marido como para la mujer. Las relaciones extramaritales de la esposa podían tener como fin el proporcionar un heredero a un matrimonio sin hijos. Se daban en Esparta casos de poliandria, en los que varios hermanos compartían la misma esposa y los mismos hijos. Aristóteles se quejaba de que la libertad de las mujeres espartanas era mayor que en otras ciudades griegas. Esta liberalidad de las mujeres lacedemonias tenía expresión directa en sus ropas. Llevaban con frecuencia prendas cortas que facilitaban sus movimientos, y tomaban parte en los ejercicios atléticos. Usaban el peplo arcaico, pero sin coser por el costado, lo que dejaba ver mejor su cuerpo. Luchando en la palestra o participando en competiciones atléticas era normal que fueran desnudas o casi desnudas, al igual que en algunas festividades y ceremonias religiosas. Así mostraban a la vez su fuerza y su belleza. Las mujeres espartanas que asistían como espectadoras a las Olimpiadas eran únicamente las jóvenes que buscaban esposo. En su educación se potenciaba lo físico de cara al alumbramiento de los futuros soldados, en detrimento de las demás formas de cultura. Las mujeres más valoradas no eran las más bellas, finas o con gracia, sino las más atléticas. Podían heredar de sus padres, y solían administrar los recursos familiares. Se las preparaba para que no se dejasen arrastrar por los sentimientos. No debían fomentar en sus hijos y esposos los caprichos o la molicie, sino recordarles su deber: “Espartano, vuelve con tu escudo o sobre él”. Es decir, vuelve habiendo combatido bien, vivo (sin haber huido tirando tu pesado escudo) o muerto (llevado honoríficamente sobre él).

En la sociedad espartana el celibato estaba muy mal visto, pues la procreación era básica para contrarrestar la limitada demografía del estado. Los excesos del culto al cuerpo generaron en Esparta una gran variabilidad de tipos de prácticas sexuales, entre las que figuraba la pederastia. Ésta acarrearía con frecuencia trastornos psicológicos en los menores, por muy admitida socialmente que estuviese. La bisexualidad era común, sin que derivase en amaneramiento. La vida sana y atlética de los espartanos les habría llevado a alcanzar una media de edad avanzada si no hubiese sido por los desgastes, heridas, mutilaciones y enfermedades que conllevaba la guerra. Existía un gran respeto hacia los ancianos, como demuestran las características compositivas de la “gerusía”. Este respeto era aún mayor, según revela Tirteo, si el anciano había sido de joven un buen combatiente: “Al envejecer destaca entre sus conciudadanos y nadie / se atreve a faltarle en su honra y su derecho”. También expresa Tirteo la vergüenza que supone para el estado que, por la cobardía de los soldados jóvenes, un guerrero veterano quede tumbado en el suelo: “Y a vuestros mayores, que ya no conservan ligeras rodillas, / a los viejos, no les abandonéis atrás al retiraros. / Vergonzoso es, desde luego, que caiga en vanguardia / y quede ante los jóvenes tumbado un hombre ya maduro, / que tiene ya blanca la cabeza y canosa la barba / y queda exhalando su ánimo audaz en el polvo, / con el sexo cubierto de sangre en sus manos”. No era extraña la presencia de soldados muy veteranos en las contiendas, yendo la edad del guerrero desde los veinte a los sesenta años.


DE PROFESIÓN, SOLDADOS

El estado ejercía un fuerte control sobre las actividades agropecuarias y sobre el reparto de la producción. El ideal igualitario que se desarrolló entre los espartiatas iba acompañado de la austeridad. Tendían a apartarse de los elementos suntuarios que podían entorpecer y menoscabar su preparación física y militar. El desprecio que los espartiatas mostraron hacia el trabajo artesanal y las actividades económicas relegó estas prácticas principalmente a los ámbitos poblados por periecos. Los espartiatas consideraban que su profesión era la milicia, lo que les llevó a descuidar demasiado toda una serie de resortes económicos que habrían sostenido al estado en pie por más tiempo. Los influjos comerciales exteriores que Lacedemonia experimentó durante el siglo VII a.C. decrecieron en el siglo siguiente, lo que parece indicar la acentuación ideológica del rigor vital espartano. La austeridad no impedía el que se efectuasen operaciones de cambio. Sabemos que en Esparta hubo quienes, saltándose ideales igualitarios y limitaciones institucionales, se sintieron atraídos por la riqueza. Los monarcas y los éforos aceptaron en ocasiones sobornos. Muchos espartanos inscribieron equipos en las carreras olímpicas de carros, algo que entre los griegos era visto como signo de fortaleza económica. Las Olimpiadas eran un buen escaparate propagandístico, como ocurre aún actualmente, para mostrar los logros culturales de las potencias contendientes, circunstancia que no dejó de aprovechar Esparta.


LA ORGANIZACIÓN DEL EJÉRCITO

En el largo período de lucha por el dominio del territorio ocupado se fue formando el régimen militar espartano. El ejército estaba dividido en cinco agrupaciones combativas, “lochas”, una por cada una de las cinco aldeas espartanas. Cada “locha” se componía de destacamentos unidos por un juramento, “enomotias”, cuyos integrantes llevaban incluso en tiempos de paz un modo de vida en común, formando una especie de fraternidad llamada “syssition”. Las supervivencias de las relaciones tribales y gentilicias repercutieron sobre el carácter de la organización militar espartana. Las “enomotias” en tiempos primitivos manifestaban cierta independencia dentro de las circunstancias del combate, lo cual amenazaba la unidad y la disciplina de la milicia. Tal vez por ello en los siglos IX y VIII a.C. Esparta sufrió algunos descalabros en las luchas contra sus vecinos. Estos problemas fueron corregidos poco a poco, de modo que se consiguió una gran cohesión militar, alimentada además por la difusión oficial de una sólida conciencia patriótica. El soldado espartano, aunque se rompiera el orden de las filas, sabía seguir combatiendo hasta las últimas consecuencias. El orden que se quería imponer tanto en el ejército como en otras facetas de la vida comunitaria tuvo que generar al principio resistencias sociales, que se traducirían en inestabilidad interna. Incluso se podría decir que este orden no estuvo prácticamente nunca bien asentado en la sociedad espartana, dado el alto número de individuos que apenas tenían derechos.


LAS GUERRAS DE MESENIA

Las frecuentes conmociones internas de la primitiva Esparta originaron la migración de contingentes poblacionales hacia otros ámbitos, como al parecer las islas de Cythera y Thera. Tucídides narra los choques que mantuvo Esparta contra otras ciudades próximas en estos momentos de gestación de su sistema institucional. En un relato de Heródoto, encontramos una prolongada guerra perdida por Esparta ante Tegea, una de las ciudades de Arcadia. Entre las adversarias de Esparta estaba la ciudad de Argos, principal enclave de Argólida, la cual había conservado de forma más completa la herencia cultural micénica. Argos alcanzó el cénit de su poderío bajo el mando de Fidón, que según los relatos disponibles había sometido a su influencia gran parte del Noreste del Peloponeso. Otra de las tradicionales rivales peloponésicas de Esparta era la región de Mesenia, en cuyas costas durante la época micénica hubo importantes centros de poder estrechamente relacionados con Creta. Las regiones interiores de la llanura mesenia estaban en general culturalmente más atrasadas que las poblaciones costeras. Según las tradiciones históricas, Mesenia, al igual que Laconia, fue invadida por los dorios. Cresfontes, descendiente directo de Heracles, consanguíneo de los reyes espartanos, fundó en Mesenia una dinastía que llevó el nombre de su hijo Epites. Datos arqueológicos y dialectales confirman la presencia doria en Mesenia. Aunque los centros mesenios de cultura micénica fueron destruidos, parece que la población aquea no llegó a ser sojuzgada por la doria. En el fértil territorio mesenio se fusionaron parcialmente aqueos y dorios. Los poemas homéricos aluden a Mesenia como un territorio políticamente unificado. Esta visión también está presente en las tradiciones reformuladas por Pausanias. Las listas de los vencedores en los juegos olímpicos, conservadas en los fragmentos de Hipias de Elis, contienen nombres de mesenios hasta mediados del siglo VIII a.C. Ello testimonia la autonomía política que por entonces tuvo Mesenia, y es igualmente signo de un elevado desarrollo cultural. Eurípides en su tragedia “Cresfontes” habla de la antigua Mesenia como una región libre y autónoma. Pero en Mesenia no había aparecido ninguna formación estatal que fuera capaz de defender ante Esparta su ulterior existencia independiente.

En la segunda mitad del siglo VIII a.C., Esparta se lanzó a la conquista de Mesenia. Las guerras de Mesenia se nos han conservado bastante fabuladas en Pausanias, el cual utilizó como fuente dos epopeyas alejandrinas escritas por Mirón y Rhianus. Material más fidedigno halló su reflejo en los versos del poeta Tirteo, mucho más próximo a los hechos. La primera de estas guerras se presenta como una invasión de los espartanos en las ricas tierras de Mesenia con el propósito de anexionarlas a Laconia. El héroe mesenio en el conflicto fue Aristodemo, el cual, tras resistir durante algún tiempo en el monte Itome, sucumbió a las armas espartanas. Mesenia se sometió a Esparta, y se comprometió a pagar a ésta un tributo consistente en la mitad de cada cosecha anual. Los mesenios quedaron en una situación similar a la de los ilotas. La victoria sobre Mesenia no mejoró esencialmente la posición de los espartanos, que tenían que emplear enormes fuerzas para mantenerla en la obediencia. Tras esta guerra se sublevaron en Esparta los partenios, pertenecientes al sector de la población privado de derechos civiles. Los partenios eran los hijos nacidos fuera del matrimonio y los hijos que tuvieron las mujeres espartanas que se unieron durante la primera guerra mesenia a otros varones lacedemonios o periecos. Su rebelión fue aplastada. Los insurgentes se vieron obligados a abandonar Esparta y a emigrar hacia el litoral meridional de Italia, donde fundaron hacia el año 706 a.C. la colonia de Tarento, ciudad que prosperó, y que sigue siendo en la actualidad un gran centro portuario. El encargado de dirigir la empresa colonial como “oikistés” fue Falanto.

Los mesenios se revolvieron de nuevo contra el yugo laconio hacia el año 670 a.C., dando lugar a la segunda guerra mesenia. La rebelión estalló en la parte septentrional de la llanura mesenia, en la región de Andania. Los sublevados, liderados por el rey epítida Aristómenes, se aliaron con Arcadia, Élida y Argos. Durante los primeros compases de la guerra, los espartanos sufrieron constantes derrotas. La más significativa fue la de Hysias, en la que los enemigos de Esparta usaron las nuevas técnicas de choque de la falange compacta. Los trovadores mesenios compusieron por entonces canciones épicas para alentar al pueblo. Los soldados mesenios combatieron con brillantez, pero la traición de sus aliados hizo que los avatares de la guerra empezasen a favorecer a los espartanos. Entre los traidores destacó especialmente el rey arcadio Aristócrates. En la decisiva batalla del Gran Foso, librada hacia el décimo año de la guerra, Mesenia fue derrotada. En esta batalla Esparta aplicó por vez primera el tipo de combate hoplítico, cuyo perfeccionamiento desde entonces entre los lacedemonios fue constante. La resistencia de los mesenios continuó durante más de una década en el monte Ira, ya en los límites de Arcadia. Los mesenios capitularon bajo la condición de poder trasladarse libremente a otras regiones peloponésicas. Los que decidieron quedarse en las regiones del interior de Mesenia adquirieron el status de ilotas, mientras que a los de la costa se les trató como a periecos.


TIRTEO, EL POETA PELIGROSO

La lírica de Tirteo alude al duro enfrentamiento que los espartanos sostuvieron con los mesenios. Expresa los deberes que los ciudadanos espartanos tienen hacia su polis. Tirteo describe coloristamente los combates y exhorta a los soldados lacedemonios a mantenerse en su puesto hasta la muerte. Los ideales que defiende tienen claras resonancias aristocráticas, y son al mismo tiempo el paradigma de la naciente ideología hoplítica. Uno de los fragmentos poéticos de Tirteo recoge lo que pudiera ser una paráfrasis de la Retra de Licurgo, puesta en boca de Apolo: “Que manden en consejo los reyes que aprecian los dioses, / ellos tienen a su cargo esta amable ciudad de Esparta, / y los ancianos ilustres, y luego los hombres del pueblo, / que se pondrán de acuerdo para honestos decretos. / Que expongan de palabra lo bueno y practiquen lo justo / en todo, y que nada torcido maquinen en esta ciudad. / Y al conjunto del pueblo le atañe el poder y el triunfo”. En estos versos se aprecia la búsqueda de la “eunomia” o buen gobierno en medio de las difíciles circunstancias bélicas. Suena algo demagógico el atribuir el poder al pueblo, cuando en realidad la gran mayoría de los espartanos apenas tenía derechos políticos. Tirteo alienta a los soldados espartanos para que su coordinado comportamiento militar sea valeroso: “Avancemos trabando muralla de cóncavos escudos, / marchando en hileras Panfilios, Hileos y Dimanes, / y blandiendo en las manos, homicidas, las lanzas. / De tal modo, confiándonos a los eternos dioses, / sin tardanza acatemos las órdenes de los capitanes, / y todos al punto vayamos a la ruda refriega, / alzándonos firmes enfrente de esos lanceros”. Se alude aquí orgullosamente a las tres fíleas en que se dividían los antepasados dorios de los espartanos. Se aprecia el recurso a lo trascendente para reforzar el ánimo de los guerreros, práctica habitual en muchos ejércitos, al estar dirimiéndose algo tan serio como la posibilidad de morir. También se incide en la importancia de la disciplina y de la velocidad en el cumplimiento de las órdenes de los superiores, factores decisivos para imponerse a los contrarios.

Los versos de Tirteo, que quizás personalmente participó en la guerra, hacen referencia también a la integración del individuo dentro del organismo de la polis, concebida ésta como un conjunto de contrapartidas mutuas: “Que lo más amargo de todo es andar de mendigo, / abandonando la propia ciudad y sus fértiles campos, / y marchar al exilio con padre y madre ya ancianos, / seguido de los hijos y de la legítima esposa. (…) Entonces con coraje luchemos por la patria y los hijos, / y muramos sin escatimarles ahora nuestras vidas”. El sentimiento que debe unir al espartano con su ciudad natal le exige, en caso de necesidad, el supremo esfuerzo de su sacrificio personal en favor de la colectividad, entregar su vida para alargar la vida del estado. Sus hijos le revivirán, su familia se prolongará en el tiempo mientras exista la ciudad. De ahí la obsesión por alumbrar nuevos ciudadanos, capaces de mantener vivo el legado de los anteriores, y a ser posible incrementarlo. La memoria colectiva impedirá que sean olvidados los que murieron defendiendo la causa de su polis. Late en los poemas de Tirteo el peligroso y manido ideal de la “bella muerte”, utilizado por los estados para conseguir la fidelidad a ultranza de sus soldados. Esta muerte teóricamente hermosa consiste en morir combatiendo, morir joven, en la vanguardia del ejército, no por la gloria personal, sino por la gloria de su ciudad, por la perduración de la misma: “Todo es bello en un joven, / mientras la flor flamante de amable juventud posee. / Es admirado por los hombres y suscita amor en las mujeres / mientras está vivo, y hermoso es si cae en la vanguardia. / Así que todo el mundo se afiance en sus pies / y se hinque en el suelo mordiendo con los dientes el labio”. Estas ideas nos pueden escandalizar ahora, pero en un antiguo contexto bélico encontraban eco en los ciudadanos, pues si ninguno de ellos estuviese dispuesto a defender su polis, ésta desaparecería o quedaría sometida a la voluntad de otra. Más difícil es conseguir el sacrificio de los ciudadanos si lo que está en disputa no es la soberanía y la defensa del propio territorio o de su ordenamiento civil, sino simplemente una caprichosa expansión, difícilmente justificable.

Tirteo contribuyó a extender en la sociedad espartana los ideales de la aristocracia, numéricamente escasa, pero sin llegar a convencer totalmente a la población del valor de su sacrificio, pues la representatividad política de cada hombre estaba sometida a filtros tremendamente clasistas. El estilo de Tirteo presenta fórmulas y tópicos homéricos, pero ya no para cantar las hazañas individuales, sino para motivar a los soldados que se instruyen en la novedosa forma de combatir hoplítica, en formación cerrada, con armamento pesado, avanzando en falange, uniendo los escudos y empuñando las lanzas o las espadas: “Id todos al cuerpo a cuerpo, con la lanza larga / o la espada herid y acabad con el fiero enemigo. / Poniendo pie junto a pie, apretando escudo contra escudo, / penacho junto a penacho y casco contra casco, / acercad pecho a pecho y luchad contra el contrario”. Entre los débiles argumentos con los que Tirteo intenta infundir valor a los soldados está la consideración de que ningún mortal va a escapar de la muerte, y siendo así, es mejor escoger una forma gloriosa de morir. El poeta Calino de Éfeso expresaba esa misma idea así: “Porque no está en el destino de un hombre escapar / a la muerte, ni aunque su estirpe viniera de dioses. / A menudo rehuye alguno el combate y el son de los dardos, / se pone a cubierto, y en casa le alcanza la muerte fatal. / Pero ése no va a ser recordado ni amado por el pueblo, / y al otro, si cae, lo lamentan el grande y el pequeño. / Pues a toda la gente le invade la nostalgia de un bravo / que supo morir. / Y si acaso pervive, es rival de los héroes, / porque a su paso le admiran cual si fuera una torre del muro”.

La mención de la noble estirpe y del favor de los dioses está en la siguiente arenga lírica de Tirteo: “Vamos, ya que sois del linaje de Heracles invencible, / tened valor, que aún Zeus no desvió de vosotros su rostro. / No os espante ni asuste el tropel de enemigos, / mas que cada soldado sostenga contra ellos su escudo, / y, sin tener en aprecio la vida, las Keres oscuras / de la Muerte acepte tan gratas como rayos de sol”. No se sabe con seguridad si Tirteo, el poeta “nacional” de Esparta, era realmente espartano o si llegó allí desde otra ciudad. Una hipótesis sitúa su lugar de nacimiento en Mileto. Otra teoría algo novelada indica que nació en la aldea ática de Aphidne. Según este último relato, los lacedemonios, obedeciendo al oráculo, pidieron a los atenienses que les enviasen un general que les dirigiese en la guerra contra los mesenios. Atenas les envió burlonamente a un maestro de escuela cojo y tuerto, Tirteo. Éste se ganó el favor de los espartanos, y empezó a componer para ellos cantos de guerra motivadores, conocidos como “peanes”. No sólo sirvieron para superar la difícil prueba de la guerra contra Mesenia, sino que se convirtieron luego en enseñanza habitual para los jóvenes guerreros espartanos, que los usaron como himnos. Tal vez algunos de estos versos resonaron en la mente de los soldados lacedemonios que en las Termópilas, en el 480 a.C., vieron junto a algunos cientos de guerreros tespios y tebanos cómo venía hacia ellos el inmenso ejército persa. Es de veracidad cuanto menos sospechosa el que fueran los atenienses los que enviasen a Tirteo a Esparta. Tal vez este relato surgió tras la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), en la que Esparta venció a Atenas, para señalar como causa profética de la derrota ateniense a Tirteo, cuyos versos contribuyeron a convertir a los soldados espartanos de muchas generaciones en extremadamente exaltados. Y es que hay poetas peligrosos. Quizás ni el mismo Tirteo esperaba que su lírica épica impregnase tan eficazmente durante siglos la ideología espartana: “¡Adelante hijos de los ciudadanos de Esparta, / la ciudad de los bravos guerreros! / Con la izquierda embrazad vuestro escudo / y la lanza con audacia blandid, / sin preocuparos de salvar vuestra vida; / que ésa no es costumbre de Esparta”.


ALCMÁN, EL LÍRICO CORAL

Junto a Tirteo hubo en Esparta, también en el siglo VII a.C., otro afamado poeta: Alcmán, dominador de los recursos literarios y líricos del dialecto dorio. Alcmán fue un agudo observador de su entorno, amante de la naturaleza y de la vida. Su obra se compone principalmente de cantos que coros de jóvenes recitaban en las fiestas en honor de las divinidades veneradas en Esparta. Alcmán apenas hace mención de las instituciones políticas de su tiempo. La temática de su lírica se centra en la naturaleza, que describe con gran intensidad. Alaba por ejemplo la paz de las noches espartanas, en las que todas las bestias duermen. La poesía de Alcmán se caracteriza por su rica ornamentación, su adjetivación prolija y su delicadeza sentimental, remitiéndonos a una Esparta todavía no tan austera como la de época clásica. Incorpora un aire solemne y sentencioso, y se pone al servicio de los ritos religiosos celebrados en la ciudad. El canto más extenso que de Alcmán se conserva es un “partenio”, escrito para ser cantado por un coro de mujeres jóvenes. En un fragmento del mismo se habla de dos mujeres, cuya rivalidad en belleza es comparada con una carrera de robustos corceles: “Pero yo canto la luz de Agido. / La veo como un sol, como ése / que Agido invoca que brille / para nosotros. Pero ni elogiarla / ni hacerle reproches me permite / la famosa directora del coro, en nada. / Porque ella me parece que se distingue / así como si uno colocara entre un rebaño / un caballo robusto, ganador de trofeos, / de cascos resonantes por los sueños alados. / ¿Acaso no la ves? Es un corcel del Véneto. / Pero la cabellera de mi prima Hagesícora / florece en destellos como el oro sin mácula. / Y es de plata su rostro. / ¿A qué decirlo más claramente? / Hagesícora está ahí. / Pero Agido, la segunda en belleza, tras ella, / corre como un corcel escita junto a uno lidio. / Porque con nosotras, que a la Aurora / le llevamos el arado ritual, / compiten las Pléyades que surgen / cual la estrella de Sirio en la noche divina”. Algunos de los poemas de Alcmán eran entonados por muchachas durante la ceremonia que, al amanecer, tenía lugar el día del comienzo de la primavera, pretendiéndose ahuyentar así a los espíritus malignos de las plantas que empezaban a germinar. Otros poetas lacedemonios fueron Espendo, Dionisodoto y Gitiadas. De la cercana isla de Cythera procedía el lírico Xenodamos. Desde el siglo V a.C. no hay casi datos que señalen el cultivo de la poesía entre los espartanos. Su progresivo abandono pudo deberse a considerarla poco compatible con el ardor militar.


LIDERAZGO PELOPONÉSICO

El fin de la segunda guerra mesenia marcó el inicio de una nueva época para Esparta. Pronto se sucedieron reformas de todo tipo que configuraron los rasgos más característicos del régimen espartano, que en el futuro será voluntariamente arcaizante. Se consolidó la igualdad de bienes de los espartiatas. El estado trató de librarse en lo posible de la influencia de las relaciones mercantiles y monetarias. Se prohibió el atesorar metales preciosos, considerándose que la verdadera riqueza estaba en la tierra. Se confirmó el uso del hierro como valor de cambio. El sistema de pesos y medidas de Fidón de Argos, difundido por casi todo el Peloponeso, no fue aceptado en Esparta. Se cerró a la mayoría de los extranjeros la entrada a la ciudad, para evitar que pudiesen convertirse en fuerza contraria al estricto orden impuesto, impidiendo así la difusión de ideas consideradas peligrosas. Las tierras, consideradas de propiedad estatal, quedaban repartidas en parcelas iguales entre los ciudadanos de pleno derecho, que las explotaban a través del trabajo de ilotas y periecos. El férreo control de los inquietos ilotas se convirtió en objetivo prioritario para los poderes espartanos. Las rebeliones de los ilotas estallaban a veces con tanta fuerza que el estado buscaba apoyos para reprimirlas en otras comunidades peloponésicas. Progresivamente Esparta, valiéndose de su prestigio militar, fue trazando alianzas con otras ciudades del Peloponeso. Estos tratados no estaban exentos de ciertas amenazas con las que Esparta intentaba asegurarse la fidelidad de sus “poleis” aliadas. A mediados del siglo VI a.C., el proceso aliancístico mencionado desembocó en la Liga del Peloponeso, cuyos miembros, aun conservando su autonomía, aceptaban el liderazgo espartano.


LA RELIGIOSIDAD

Esparta se vio inmersa en las corrientes tradicionales de la religión griega. A juzgar por las descripciones que de sus lugares sacros hace Pausanias, las principales divinidades adoradas en Esparta debieron ser Zeus, Atenea, Ártemis y Apolo. También se rendía culto a dioses y héroes locales. Menelao y Helena, la pareja mítica relacionada con el origen de la guerra troyana, reinaban sobre Esparta. En la figura divina de Ártemis pudo converger la de Ortia, posible diosa antigua de la fertilidad. El santuario de Ártemis Ortia fue uno de los principales centros de culto de la ciudad. Estaba situado entre la aldea de Limnai y la orilla occidental del río Eurotas, en una depresión natural. Fragmentos cerámicos del período geométrico remontan la existencia del santuario al siglo IX a.C. En él un elemento destacado era el altar, en el que eran sacrificadas las víctimas animales. En su origen se sacrificaron también víctimas humanas, rito cruel que suprimió Licurgo, sustituyéndolo por el de la flagelación de los efebos, que eran azotados hasta que la sangre salpicaba el altar. Estas flagelaciones rituales debieron quedar reducidas con el tiempo a un espectáculo similar a una representación de tipo religioso y teatral. Ártemis Ortia era una diosa sanguinaria, vinculada a la caza. También estaba relacionada con la agricultura, como demuestran los arados y las hoces entregadas como ofrenda por jóvenes de ambos sexos. En las excavaciones efectuadas en el santuario se encontraron máscaras de arcilla y figuritas de terracota, plomo y marfil, utilizadas como exvotos. Según la tradición, en el santuario se adoraba a la diosa a través de la estatua de madera que Orestes e Ifigenia robaron en la Táuride. En el siglo VI a.C., bajo el reinado de León y Agasicles, se construyó en el lugar un templo alargado de planta rectangular, realizado en piedra caliza.

Al Norte del santuario de Ártemis Ortia había un “heroon”, en el que se celebraban ritos para rendir culto y honores a los antepasados. En relieves votivos aparecía el difunto sentado o recostado, con el “kantharos” o la granada en una mano y la serpiente junto a él. La granada tenía un significado funerario, ctónico, telúrico. Muchas de las tumbas se señalaban sólo con una estela pétrea, que a veces incluía una inscripción, especialmente si el difunto había muerto combatiendo. Los dorios llamaban al Apolo panhelénico “Apellon”. Este dios asimiló en Amiclas a un antiquísimo dios de la vegetación de raíces creto-micénicas, que en el Peloponeso recibía el nombre de Hyakinthos. Un relato mítico expresa poéticamente la relación existente entre Hyakinthos y Apolo, así como su relevo en las preferencias del culto. Ambos eran amigos, amantes y compañeros de diversiones. Un día en que los dos se ejercitaban en el lanzamiento del disco, Hyakinthos se precipitó al intentar recoger el disco que Apolo había lanzado. El disco fue repelido por la tierra y alcanzó al muchacho en la cara, causándole la muerte. Apolo se entristeció de manera profunda. Su dolor obró el prodigio de que la sangre de Hyakinthos hiciese brotar de entre las hierbas una flor roja, el jacinto.


MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS

Esparta no destacó en el cultivo de las artes mayores. Apenas experimentó cierta monumentalización hasta época helenística. Una famosa cita de Tucídides incide en la desproporción de la escasa entidad física de la ciudad con su gran poder político y militar: “Si se despoblara la ciudad de los lacedemonios y quedaran los templos y las plantas de las construcciones, me imagino que andando el tiempo los venideros dudarían mucho de su fuerza comparándola con su fama (…) (porque) como la ciudad no está construida formando unidad, ni tiene templos ni edificios lujosos (…) aparecería inferior”. En este sentido Esparta se diferenció de las “poleis” que, a través de un ambicioso programa arquitectónico, pretendieron expresar los logros de sus diversificados resortes socioeconómicos. Conocemos los nombres de algunos escultores que trabajaron en Esparta. Baticles de Magnesia, al frente de un grupo de artistas de su ciudad, realizó por encargo de los espartanos el trono de la estatua de Apolo Amícleo, el cual contaba con numerosos bajorrelieves y estaba coronado por esculturas exentas. Entre los artistas propiamente espartanos destacó Gitiadas, que diseñó el templo de Atenea Calcieco y esculpió su estatua. Gitiadas dominaba también diversas técnicas artesanales, y compuso además obras líricas. No se conservan apenas de Esparta esculturas monumentales en piedra o mármol. Quizás la piedra local era poco apta para el tallado, lo que contribuiría al auge de otras técnicas, como el trabajo del bronce. Son abundantes los pequeños bronces provenientes del ámbito lacedemonio. En ellos se aprecia una evolución desde tipos geometrizantes hasta figuras humanas muy estilizadas. Su amplia cronología se extiende entre los siglos VIII y V a.C. Los bronces más antiguos son figuritas de animales comunes. Pronto aparecieron esfinges y otros animales fantásticos. Los bronces de divinidades y adorantes corresponden ya al siglo VI a.C. Un tipo frecuente de estos bronces es el de los “kouroi”, figuras masculinas musculosas, desnudas o parcialmente vestidas con corazas, cascos, grebas… Son la versión reducida de los “kouroi” de piedra. Las mujeres solían ser representadas con el clásico peplo. En marfil, material suntuario, se realizaron también pequeños exvotos de cierta calidad artística. A mediados del siglo VI a.C., se empezaron a realizar relieves funerarios de jóvenes pensativos o realizando libaciones y ofrendas.

La cerámica espartana alcanzó un destacado desarrollo, llegando a ser objeto de exportación, lo que permite estudiar los mercados foráneos vinculados a su producción. Desde aproximadamente el 575 a.C., las cerámicas laconias de figuras negras se exportaron hacia otras ciudades griegas, e incluso llegaron a Sicilia y Etruria. Destacó en Esparta la realización con vistas al comercio de copas con una profusa decoración animal. En soportes cerámicos mayores la distribución ornamental de los animales se podía organizar en varios frisos. Un producto cerámico característico de Esparta son las cráteras con asas rematadas en volutas y con intensa decoración en sólo una de sus dos caras. Estas cráteras eran a veces utilizadas como ofrendas funerarias que se colocaban en la tumba horizontalmente, con el lado no decorado en contacto con la tierra. Otras cráteras de tipología similar eran fabricadas en bronce.


CRÍTICA

Entre los escritores que más duramente criticaron el sistema político espartano estuvo el historiador francés Fustel de Coulanges, que en su obra “La Ciudad Antigua” (1864) abordó entre otros temas las revoluciones experimentadas por Esparta a lo largo de su desarrollo como ciudad-estado. En su libro, Coulanges recoge la cita en que Tucídides señala que Esparta “fue perturbada por las disensiones más que ninguna otra ciudad griega”. Para el autor francés, una primera revolución habría sido la dórica, de modo que en el momento en que los dorios se asentaron en el Peloponeso ya habría desaparecido entre ellos el antiguo régimen gentilicio, distinguiéndose sólo soldados bajo la autoridad monárquica. Según el polémico planteamiento de Coulanges, rebatido luego por muchos otros historiadores posteriores, en la época en que apareció Licurgo había en Esparta dos clases enfrentadas. Licurgo se habría puesto del lado de la aristocracia, sojuzgando al pueblo y debilitando a la monarquía. Coulanges cuestiona los ideales comunitarios e igualitarios que las fuentes refieren sobre Esparta, limitándolos a los aristócratas. Pero reduce excesivamente el número de los “aristoi”, queriendo así remarcar el carácter socialmente opresivo del régimen lacedemonio. Considera que no era la virtud, sino la riqueza, principalmente en forma de tierras, la que permitía a algunos de los “aristoi” integrarse en la oligarquía dirigente. Coulanges no se cree por tanto el desprecio del dinero de que en teoría hacían gala los espartiatas. El despotismo ejercido por los pocos privilegiados que podían acceder a las instituciones representativas suscitó terribles odios y frecuentes insurrecciones. El que no hubiese sido derribado este sistema, vigente durante siglos, se habría debido a la división reinante entre las clases inferiores. Los reyes habrían entrado repetidamente en connivencia con el pueblo para minar el poder de los éforos y de la “gerusía”, cayendo en opinión de Aristóteles en la demagogia, y siendo con frecuencia desterrados.

La amplia conspiración antioligárquica urdida hacia el año 397 a.C. por Cinadón fracasó, al igual que otras muchas que en vano quisieron poner a prueba la solidaridad y el corporativismo de los “aristoi”. El rey euripóntida Agis IV (244-242 a.C.) quiso llevar a cabo reformas políticas que supusiesen la abolición de las deudas y el reparto de las tierras, que por entonces estaban concentradas en muy pocas manos. Pero los titubeos del pueblo a la hora de mantenerle el apoyo y la recomposición de la oligarquía acarrearon la ejecución del rey reformista. Sus proyectos fueron retomados con éxito por el rey agíada Cleómenes III (235-222 a.C.), que optó por una vía radical y tiránica. Ordenó matar a cuatro de los cinco éforos, desterró a los ochenta principales latifundistas e instigó el asesinato de su colega, el rey euripóntida Arquídamo V. Repartió la tierra en cuatro mil “cleros”, extendiendo así el derecho de ciudadanía. Todo esto se realizaba en nombre de la restauración del idealizado orden creado por Licurgo, que en cambio en opinión de Coulanges era claramente filoaristocrático. En la batalla de Selasia, librada en el año 222 a.C., los macedonios vencieron al ejército democrático espartano, cuyos diez mil miembros fueron exterminados casi en su totalidad. Esparta se vio obligada a entrar en la Liga Aquea, restaurándose en la ciudad la preeminencia de la vieja oligarquía. Los problemas internos continuaron, acentuándose la oposición entre los éforos y los líderes populistas que iban surgiendo. Entre éstos estuvo Macánidas (211-207 a.C.), tutor del joven rey Pélope. Tras la derrota de Macánidas por la Liga Aquea y la muerte del rey Pélope, el cabecilla del partido popular de Esparta, Nabis (207-192 a.C.) se hizo proclamar único rey. Nabis en política exterior osciló entre el apoyo a Macedonia o a Roma en la guerra que enfrentaba a estas potencias. En política interior convirtió en realidad la gran revolución social que reclamaba Esparta, pero sosteniéndola con un régimen de terror. Arrebató a los aristócratas sus propiedades, repartiéndolas entre el pueblo, cuyas deudas quedaron abolidas. Emancipó a los ilotas y manumitió a los esclavos, concediendo a todos el derecho de ciudadanía, acrecentando así el cuerpo político. Hizo que las mujeres y las hijas de los aristócratas exiliados se casasen con sus antiguos esclavos, ya hombres libres. Procedió a un reparto igualitario de la tierra. Quiso restaurar el poderío militar espartano y su hegemonía peloponésica. Rompió con conceptos militares anteriores, ordenando la construcción de una gran flota y la edificación de murallas, las primeras con que contó Esparta.

La derrota de Nabis frente a los romanos y su posterior asesinato por un oficial etolio hicieron entrar nuevamente a Esparta en la Liga Aquea, pero ya sin que las reformas sociales realizadas fuesen suprimidas, pues Roma se convirtió en garante de las mismas. La independencia de Esparta llegaba a su fin, precisamente cuando habían triunfado en la polis principios más democráticos, sin que debamos ver en éstos la causa del final de la soberanía espartana. A pesar de que la visión de Coulanges sobre la génesis y el desarrollo de la sociedad de Esparta ha sido ya superada, su mención es conveniente como contrapeso a la habitual idealización que del régimen espartano se viene haciendo en las sociedades modernas. El clasismo y la violencia intrínseca del sistema político espartano no deben hacer que dejemos de admirar numerosos episodios históricos protagonizados por sus ciudadanos. ¿Hasta qué punto un individuo puede anonadarse en el cumplimiento de su teórico deber hacia la comunidad de la que forma parte? ¿Cómo de rígida tuvo que ser la “agogé” para “fabricar”, física e ideológicamente, semejantes soldados? El obsoleto régimen lacedemonio tardó muchos siglos en experimentar un proceso democrático, aunque de corte populista. Tras la disolución de la Liga Aquea en el 146 a.C., Esparta se convirtió en ciudad federada de Roma. Las antiguas ciudades periecas formaron por su cuenta la Alianza de los Lacedemonios, que ya no quedaba bajo la autoridad espartana. La polis fue perdiendo progresivamente importancia, diluyéndose en el seno del Imperio romano. Podemos afirmar que el paradigmático militarismo de Esparta dejó ejemplos de gran valentía frente a los enemigos exteriores, pero también otros de cruenta represión interna. Este estudiado desequilibrio social mantuvo a la ciudad de Esparta entre las más poderosas de Grecia durante muchos siglos, pero a costa del sufrimiento de las clases que componían la base productiva y económica del sistema.


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